lunes 3 de agosto de 2020

Rubén Lepez destina una habitación a los trenes miniatura. Foto: Mariana Villa / Los Andes
Sociedad

Las vías de la pasión: padre e hijo comparten su amor por los trenes a escala

Rubén Lepez adquirió de grande el fanatismo ferroviario. Hoy fabrica con Martín complejas maquetas y colecciona máquinas en miniatura.

Rubén Lepez destina una habitación a los trenes miniatura. Foto: Mariana Villa / Los Andes

Rubén Lepez subió a un tren por primera vez cuando tenía 32 años. Sin embargo, desde mucho antes de su viaje debut se había encendido en él la pasión ferroviaria. La misma que lo ha llevado a ser hoy el presidente del Ferroclub Trasandino Mendoza, y también a tener más de 100 maquetas de locomotoras, casi 800 de vagones y una habitación completa en su dúplex, donde “fundó” un mini pueblo de montaña.

Esa representación incluye los tendidos de vías, las casas, los pequeños pobladores y toda una vida que gira en torno al ferrocarril. Un pueblito -en el sentido literal del diminutivo- con locomotoras que, por medio de un circuito eléctrico, Rubén y su hijo Martín (15) hacen funcionar cual gigantes maquinistas que miran todo desde las alturas.

Rubén Lepez y su hijo Martín. Ignacio Blanco | Los Andes

“Siempre le digo a Martín que es afortunado, porque ya tiene muchos más trenes de los que yo tenía a su edad”, reflexiona, sonriente, Rubén, mientras junto con su hijo coloca unas gotas de aceite especial para que una de las locomotora expulse humo desde su chimenea.

El propio Martín, también con una sonrisa, asiente y demuestra que la pasión ya fue heredada. “Cuando tenía 4 años me regalaron mi primera locomotora, y ya tengo 10 mías. Mis maquetas preferidas son la del TGV de Francia y la de un Amtrak, de Estados Unidos”, agrega el adolescente emocionado, mientras las muestra. “Me gusta mucho pasar tiempo con mi papá y los trenes” confiesa.

Ignacio Blanco | Los Andes

Bienvenidos al tren

Como buen coleccionista, Rubén -profesor de inglés y gestor cultural- recuerda la primera maqueta que compró. Tenía 20 años y la encontró de casualidad en una casa de telas. “Estaba en una caja y era el remanente de un stock de juguetes para regalos. Recuerdo que el encargado del local me la vendió a 50 pesos -serían unos 500 pesos de ahora- sin saber realmente cuánto valía”, rememora Lepez.

Por entonces aún no había viajado en tren ni era dueño de uno de juguete. Pero sí tenía presente el primero que lo había marcado: el de un amigo de la infancia, un Lima, escala H0 1/87, es decir, una maqueta 87 veces más pequeña que la locomotora real.

Ignacio Blanco | Los Andes

Con 23 años, Rubén ya había comprado sus primeros sets, y que son los más antiguos de su colección. “En la época del ‘uno a uno’ (como ferroviario de ley, Lepez aclara que no nombra al expresidente Carlos Menem por considerarlo sinónimo del ocaso del ferrocarril en el país) compraba una revista de trenes en los Estados Unidos, y allí había anuncios de las maquetas. Me fui a un cíber y pedí 10 locomotoras a Estados Unidos”, rememora.

Aunque Rubén mudó algunas locomotoras al living (hay fotos y libros sobre ferrocarriles diseminados en todos los rincones), la habitación ferroviaria de los Lepez está en el primer piso. Tiene tres por tres metros, y la gran maqueta ocupa más del 90%.

Ignacio Blanco | Los Andes

A los trenes, protagonistas principales, se suma todo el entorno. Casas, locales, vecinos, puentes, túneles, árboles y montañas; todo en miniatura. “A los muñequitos los hemos modificado para que tengan que ver con la secuencia. Con alambre y el contenido de los saquitos de té hicimos los árboles, mientras que el piso y las montañas están hechos con servilletas y papel higiénico”, detalla Rubén. Mientras tanto, Martín exhibe con orgullo las maquetas de los trenes de dos películas clásicas: la del Expreso Polar y la del Orient Express. “Un modelo a escala no es solo el modelo del tren, sino de todo el contexto”, agrega con sapiencia el hombre.

En la vía

No sólo Rubén hizo su primer viaje en tren a los 32 años, sino que los dedos de ambas manos le alcanzan para enumerar las veces que ha estado en el lugar de un pasajero. Tres veces -ya como miembro del ferroclub- estuvo de acompañante de los maquinistas en las locomotoras, también ha viajado en el Mitre y en el Tren de la Costa (Buenos Aires), dos veces lo hizo en La Trochita de Esquel y otras tantas en el tren de que une Valparaíso con Viña del Mar (Chile).

Otro momento bisagra lo vivió durante los primeros años de la década de 2000, cuando se propuso cumplir dos metas: completar caminando el recorrido del tren Trasandino (meta que cumplió con su esposa) y buscar a “otros locos” a los que les gustaran tanto los trenes como a él. “Un día fuimos a la vieja estación del Belgrano (Mitre y Godoy Cruz, Guaymallén) y me detuve fascinado, tanto que un sereno me preguntó si necesitaba algo. Cuando le dije lo que estaba buscando, me indicó que en los talleres que daban a calle Víctor Hugo solían juntarse algunas personas. Así conocí a quienes habían fundado el Ferroclub Trasandino: se juntaban todos los domingos en un vagón”, cuenta Lepez sobre sus inicios en el club.

Ignacio Blanco | Los Andes

Ese fue su primer paso en la ONG; que tuvo continuidad con varias muestras, con un espacio para el intercambio de conocimiento y curiosidades, y también para el encuentro de los más de 30 ferroviarios y apasionados que lo integran actualmente.

Reclamo por el tren Trasandino

Para Rubén Lepez, los trenes “son como las venas de un país”. En 2020 se cumplieron 110 años del primer viaje del tren Trasandino, que cruzaba la Cordillera de los Andes y permitía el traslado de carga y de pasajeros hacia Chile. “El tren permitía unir los dos océanos, los puertos de Buenos Aires con el de Valparaíso. Que hoy no esté funcionando es un crimen. Todos los inviernos ves la cantidad de transportistas varados por el cierre del Paso. Eso se reduciría mucho con el Trasandino”, argumenta Lepez.

El coleccionista pone de ejemplo el ferrocarril de Alaska, donde este es el principal medio de carga.

Para el aficionado, la importancia del ferrocarril que cruzaba los Andes es la misma que la de los canales de Suez o de Panamá. “El Corredor Bioceánico no tiene otra chance que el tren trasandino. Pero se necesita voluntad política”, concluyó.