A Sebastián Pérez se le humedecen los ojos cuando habla del Negro. La voz le tiembla un poco, pero sigue contando. No es fácil explicar lo que significa que alguien te espere todos los días, sin importar el clima, la hora o el cansancio. Menos todavía cuando ese alguien tiene cuatro patas, el hocico canoso y ninguna obligación de hacerlo.
El Negro es un perro mestizo, de esos que parecen haber aprendido a arreglárselas solos. Sin embargo, hace años que tiene una rutina, un lugar y alguien a quien esperar. Su territorio es la esquina de Corvalán y Delfín Álvarez, en Junín, casi sobre el límite con San Martín. Allí, entre una ruta y un canal, tiene su casita. Y allí también está Sebastián, con su carro de café y tortitas.
La historia empezó hace unos seis años, cuando Sebastián llegó con su puesto. El Negro apareció por esos días. Al principio tenía una casa, a unos 300 metros de la esquina, y cada mañana se acercaba al carro, atraído por el movimiento de la gente y, seguramente, por alguna tortita que alguien le convidaba.
Se quedaba hasta el mediodía. Después regresaba a su casa. Cuando Sebastián levantaba el puesto, el perro también se iba. Al día siguiente, volvía a aparecer por el mismo lugar, a veces después de cruzar las fincas de los alrededores.
Primero encontró refugio debajo de un puente. Allí dormía, mientras por las mañanas volvía a la esquina para encontrarse con Sebastián. El hombre llegaba con su carro y el perro estaba ahí, como si nada hubiera cambiado. Pero había cambiado todo: ya no tenía un lugar al que regresar.
—Hasta que le compré la casita para que pasara el invierno. Si no, no lo iba a pasar —cuenta Sebastián.
La casita está instalada junto a la ruta, en ese pequeño espacio que el Negro parece haber elegido como propio. Desde allí observa el movimiento de los vehículos, a la gente que se detiene a desayunar y a los que siguen viaje después de tomar un café. A unos metros funciona también un destacamento móvil de la Policía de Mendoza, que llegó a la esquina hace unos tres años.
Por las mañanas, el lugar es un punto de encuentro para viajantes, trabajadores y vecinos que hacen un alto para comer algo a media mañana. Hay conversaciones breves, pedidos de café y tortitas que pasan de una mano a otra. En medio de ese movimiento, el Negro tiene su sitio. La esquina, en realidad, parece pertenecerle.
Una espera de todos los días
Sebastián vive en La Colonia, en el barrio Citón, a media cuadra de la plaza. Trabaja allí desde hace aproximadamente cuatro años, aunque ya había estado antes, durante la pandemia. En ese tiempo, el vínculo con el perro fue creciendo sin grandes declaraciones ni ceremonias.
El Negro comenzó a reconocer sus horarios y el sonido de su llegada. Después convirtió esa costumbre en una rutina que Sebastián cuenta con una mezcla de ternura y asombro.
—A mí me espera todas las mañanas. Se va como 200 metros para allá y me espera. Ve cuando vengo en el auto con el carro y sale corriendo atrás del auto y el carro para llegar acá.
El Negro, el perro que vive desde hace cuatro años junto a un puesto de venta de café y tortitas, en Junín.
(Enrique Pfaab - Los Andes)
La escena se repite casi a diario. Sebastián todavía ni siquiera terminó de estacionar cuando el perro ya está encima, ansioso por saludarlo. No hace falta llamarlo ni silbarle. El Negro sabe quién viene.
—Antes de abrir la puerta del auto, no me deja ni parar. Primero le tengo que hacer cariño a él y después me bajo.
Lo cuenta y vuelve a emocionarse. No parece avergonzado. Hay cosas que no necesitan demasiadas explicaciones, y esta es una de ellas: un perro que podría haberse marchado a cualquier otro sitio eligió esperar a un hombre que, cada mañana, llega con un carro de café y tortitas.
Sebastián no lo considera una mascota en el sentido habitual. El Negro tiene su libertad, sus recorridos y su carácter. Pero también tiene comida, agua y un techo. Él se ocupa de que no le falte nada.
—Todos los días le traigo alimento. Tiene su casita, su agua y su comida. Yo el domingo no trabajo, pero vengo al mediodía a traerle comida al Negro.
No lo dice como quien enumera sacrificios. Lo cuenta como parte de la rutina, algo que ya está incorporado a sus días. Si hay que venir un domingo, se viene. Si hace frío, el perro tiene que tener dónde resguardarse. Si llega la hora de comer, su platito tiene que estar servido.
El cuidado se sostiene así, en gestos pequeños que se repiten sin necesidad de testigos.
El destacamento móvil de la Policía y la casucha del Negro, en la esquina de Corvalán y Delfín Álvarez.
(Soledad González - Los Andes)
Un lugar para sus últimos años
Sebastián habría querido llevarlo a su casa. Lo pensó desde que el Negro quedó en la calle. Pero hay una dificultad: su mamá tiene tres perras caniches, y por ahora no pudo encontrar la manera de incorporarlo a la familia.
La idea, sin embargo, sigue en pie.
—Está grande, está viejito ya. Por lo menos, que tenga los últimos años de vida en un hogar, en una casa.
El pelaje del Negro empieza a blanquearse. Los años se le notan, aunque todavía conserva la energía suficiente para correr a recibir a Sebastián cada mañana. Su casita lo protege y el carro le garantiza compañía durante buena parte del día, pero el hombre sabe que eso no es lo mismo que tener un hogar.
Por eso, cuando habla del futuro, vuelve sobre aquella posibilidad que todavía no pudo concretar.
—La idea era llevármelo a mi casa.
No hay una fecha ni una promesa que dependa solamente de él. Por ahora, la vida del Negro transcurre en esa esquina, entre el canal, la ruta y el movimiento de quienes se detienen a desayunar. Allí tiene su techo, sus platos de comida y una persona que se ocupa de él. Y cada mañana, cuando escucha o reconoce la llegada del carro, sale a recibir a Sebastián.
El hombre dice que se emociona. Lo repite sin intentar disimularlo. Después agrega que sabe que llegará el día en que podrá llevarlo con él.
—Va a llegar el día en que lo podré llevar conmigo, lo sé.
Mientras tanto, el Negro seguirá en su casita, atento al camino por el que aparece su amigo. No conoce los planes de Sebastián ni sabe cuánto falta para que ese deseo se cumpla. Conoce, en cambio, una certeza más sencilla: cada mañana, el hombre vuelve.
Y cuando llega, antes de que pueda bajarse del auto, el Negro ya está ahí para saludarlo.