18 de octubre de 2026 - 13:52

En un paraje de San Martín donde no hay iglesia y muchos jóvenes se van, la comunidad eligió al Cura Brochero como patrono

En El Ramblón, uno de los parajes más alejados y menos poblados de San Martín, unas 80 familias impulsaron la elección del Santo Cura Brochero como patrono y celebraron su primera fiesta. Sin capilla propia, la comunidad busca ahora un terreno para construir su capilla, mientras enfrenta las dificultades económicas que llevan a muchos jóvenes a buscar su futuro lejos del lugar donde nacieron.

En El Ramblón, las cosas importantes suelen empezar sin demasiados recursos, pero con la voluntad de quienes están dispuestos a hacerlas posibles. En este paraje rural del noreste de San Martín, donde las familias viven dispersas entre fincas y los kilómetros separan a los vecinos tanto como las dificultades económicas, la comunidad católica acaba de dar un primer paso: eligió al Santo Cura Brochero como patrono y celebró su primera fiesta patronal.

No hay todavía una capilla propia ni un templo donde reunirse. Tampoco existe, por ahora, una estructura formal que organice la vida religiosa del lugar. Lo que hay es un grupo de familias que participa de la catequesis, sostiene actividades solidarias y comenzó a imaginar un espacio propio para compartir la fe. En ese camino apareció la figura de José Gabriel del Rosario Brochero, el sacerdote cordobés que hizo de la cercanía con la gente y del trabajo en los lugares más apartados, una forma de vida.

La primera fiesta patronal se celebró este sábado 17 de octubre, un día después de cumplirse diez años de su canonización, ocurrida el 16 de octubre de 2016. Para los vecinos de El Ramblón, la fecha tuvo un significado que va más allá del calendario religioso: fue la primera vez que la comunidad se reunió para celebrar a un santo al que decidió encomendar su futuro.

La historia comenzó el año pasado, durante una misa. Según contó el padre Esteban Pavés, párroco de Nuestra Señora del Carmen de San Martín, surgió entonces la posibilidad de que el paraje tuviera un templo propio y una figura religiosa que identificara a sus habitantes. La propuesta de elegir a Brochero nació entre las personas vinculadas a la catequesis.

«Lo plantearon con mucha convicción», recordó el sacerdote. Les pidió que rezaran y conocieran mejor su vida antes de tomar una decisión. Los padres comenzaron a investigar su historia y, a medida que descubrieron su trayectoria, se entusiasmaron con la idea de convertirlo en patrono.

La respuesta fue ponerse manos a la obra. Los vecinos comenzaron a reunir fondos para encargar una imagen a una artista de Córdoba. La figura llegó hace aproximadamente dos meses y se convirtió en el centro de una iniciativa que creció a partir del compromiso de los propios habitantes.

No hubo una decisión impuesta desde arriba. El patronazgo nació de una propuesta compartida y de un consenso que fue tomando forma con el tiempo. Pavés explicó que, más adelante, podría ser necesario un decreto del arzobispo para formalizarlo dentro de la estructura de la Iglesia. Pero, en esta primera etapa, lo que importa es el impulso de la comunidad y la convicción con que asumió la elección.

Para esta primera celebración habían invitado al arzobispo de Mendoza, monseñor Marcelo Colombo, quien no pudo asistir por compromisos previos. Según señaló Pavés, prometió acompañarlos el año próximo.

Mientras tanto, en El Ramblón ya tienen una imagen, un patrono y una fecha para reunirse cada año. No es poco para un lugar que todavía sueña con levantar las paredes de su primera iglesia.

El padre Esteban Pavés celebrando la primera misa con el Cura Brochero como patrono.

El padre Esteban Pavés celebrando la primera misa con el Cura Brochero como patrono.

Una comunidad rural que pierde habitantes

El entusiasmo por el nuevo patrono convive con una realidad que preocupa a quienes habitan en El Ramblón. Pavés conoce la zona desde hace dos décadas y recuerda que entonces había más habitantes. La situación de la vitivinicultura y las dificultades económicas empujaron a numerosas familias a buscar oportunidades en otros lugares.

La disminución también se nota en las escuelas. El paraje cuenta con dos establecimientos primarios y, según el párroco, sus directoras han advertido una baja en la matrícula. No se trata solamente de una cuestión educativa: detrás de esos números hay familias que se van y una comunidad que pierde parte de su población.

Pavés calcula que actualmente quedan unas 80 familias en el área con la que trabaja la comunidad religiosa. La cifra es aproximada y corresponde a su estimación sobre las familias de la zona, no al total de habitantes del distrito.

La dispersión geográfica agrega otra dificultad. En El Ramblón no hay un centro urbano que concentre a los vecinos: las casas se encuentran separadas por caminos rurales y fincas. Esa distancia obliga a organizar de otra manera los encuentros y vuelve más difícil sostener actividades compartidas.

La mayoría de las familias que permanecen está integrada por matrimonios de mediana edad, personas mayores y niños. Los adolescentes pueden trasladarse en micro hasta San Martín para cursar la secundaria, pero las oportunidades se reducen cuando terminan sus estudios.

«Muchos terminan emigrando», explicó Pavés. Quienes quieren iniciar una carrera universitaria, conseguir otro tipo de empleo o mejorar sus ingresos suelen buscar alternativas fuera del paraje.

La situación contrasta con la historia de un lugar que tuvo un papel en los primeros tiempos de la ocupación rural del noreste mendocino. El Ramblón fue una escala para troperos, carreros y puesteros que se dirigían hacia San Martín. Su extensión supera los 66 kilómetros cuadrados y conserva una identidad ligada al trabajo agrícola.

Hoy, mientras algunas familias se marchan, otras siguen apostando a permanecer. En ese contexto, la iniciativa religiosa también funciona como una manera de recuperar el encuentro entre vecinos.

Primero, la comunidad; después, la iglesia

La elección de Brochero tiene una relación directa con esa realidad. El sacerdote cordobés recorrió caminos difíciles, visitó comunidades alejadas y dedicó buena parte de su vida a acompañar a quienes tenían menos posibilidades de acceder a servicios y oportunidades.

Para Pavés, esa cercanía es parte de lo que vuelve significativa su figura en El Ramblón. «Estamos aquí como el Cura Brochero, que salía al encuentro de todos», señaló.

La comunidad también empezó a pensar en un lugar donde reunirse. Algunos bodegueros manifestaron su disposición a ceder un terreno para levantar el templo, aunque todavía quedan gestiones por realizar y no hay una fecha para comenzar la construcción.

El párroco, sin embargo, pone el acento en otro orden de prioridades. «Lo primero es construir la comunidad y lo segundo es construir el templo», dijo, advirtiendo que ese templo se parecerá más a un salón comunitario en donde se puedan realizar otras actividades sociales. El cura dijo que esto tiene sentido en un paraje donde todavía no existe un edificio propio para las celebraciones y donde cualquier iniciativa depende, en buena medida, de la participación de los vecinos.

La imagen encargada a Córdoba, los fondos reunidos por las familias y la primera fiesta patronal son señales de ese proceso. No resuelven las dificultades económicas ni garantizan que los jóvenes encuentren un futuro en el lugar, pero muestran que hay un grupo dispuesto a organizarse alrededor de un objetivo compartido.

En El Ramblón, la fiesta de Brochero no fue la inauguración de una iglesia ni el cierre de un trámite institucional. Fue el comienzo de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil de sostener: una comunidad que busca reconocerse, reunirse y proyectarse en un territorio donde la distancia y la falta de oportunidades empujan a muchos a partir.

La capilla todavía es un sueño. La primera fiesta patronal, en cambio, ya forma parte de la historia del paraje.

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