15 de octubre de 2026 - 18:52

El juguete eléctrico de don Velasco: cuando Mendoza descubrió el teléfono y casi nadie se dio cuenta

En 1893 el teléfono ya se colaba en los avisos de este diario, y su primer gran título llegó en 1895, para anunciar que se suspendía el servicio. Tomado por un juguete en Western Union y usado en París para escuchar ópera, el aparato hoy sirve para todo menos para hablar por teléfono.

Estoy desacidificando una página de 1893. La sumerjo a fondo y espero a que el agua se meta en las fibras, que es esa parte del oficio en la que el restaurador no puede hacer otra cosa que quedarse mirando el vacío con cara de especialista. Como el vacío aburre rápido, miro el papel recién transparentado. Ahí, apretado entre unos baños termales en Puente del Inca que prometen ida y vuelta desde Mendoza "EN EL DÍA" y una confitería porteña que despacha media botella de cerveza norteamericana Fénix a cincuenta centavos, asoma el aviso de don Julio de Velasco. El hombre tiene un negocio de ramos francamente inabarcables: compra "cueros vacunos, pieles lanares, lana de oveja, cerda caballar, astas, pluma de avestruz, nueces, cera, semilla de alfalfa". Y abajo, como quien no quiere la cosa, tira el dato: "Teléfono número 257".

El número me deja recalculando frente a la batea. Yo no tenía idea de que en esa Mendoza ya hubiera doscientos cincuenta y siete teléfonos dando vueltas, pero se ve que para comprar plumas de avestruz y cerdas de caballo hacía falta estar en la cresta de la ola tecnológica. Lo más raro no es que Velasco tuviera teléfono, sino el silencio sepulcral del diario. En todos los tomos que llevo bañados y secados no me crucé con una sola línea que anunciara la llegada del invento a la provincia. Se ve que en este diario la administración le cobraba el centímetro de columna a Velasco sin hacer preguntas, pero la redacción tenía el futuro impreso en sus propias páginas y no le parecía noticia.

Aprovecho que el papel sigue tomando agua y saco el celular del bolsillo para espiar cómo empezó esta historia en el país. Resulta que arrancó, justamente, en otra redacción: en 1878 dos ingenieros conectaron el diario La Prensa con el Telégrafo usando unos aparatos caseros que habían armado ellos mismos. Tres años después le instalaron la primera línea oficial al canciller Bernardo de Irigoyen, que quiso estrenarla con solemnidad patriótica llamando al presidente Roca. Cuentan que del otro lado atendió un sobrinito del general, se adueñó del tubo y no lo dejó meter bocado, inaugurando en un solo acto las telecomunicaciones argentinas y el terror universal a llamar a una casa con chicos. Poco después las compañías inglesas se repartieron Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, y al resto del mapa, Mendoza incluida, le desearon mucha suerte.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Igual, mirar para otro lado frente a una revolución no era un privilegio de provincia. A fines de 1876, a William Orton, presidente de la todopoderosa Western Union, le ofrecieron las patentes de Bell por cien mil dólares. Para una empresa que valía cincuenta y cinco millones, cien mil dólares eran el cambio chico de la caja chica. Pero Orton dijo que no: preguntó para qué diablos podía servirle ese "juguete eléctrico". Dos años más tarde habría pagado veinticinco millones con los ojos cerrados. Uno tiende a reírse de Orton desde la comodidad del siglo XXI, pero con el diario de 1876 el hombre tenía sus razones: era dueño de un país tapizado de cables de telégrafo y le venían a vender un cachivache con interferencias que, encima, no dejaba nada por escrito.

La duda me queda picando, así que en cuanto pongo la hoja a salvo entre los secantes voy a buscar los tomos de 1893 en adelante y los hojeo a toda velocidad, cazando titulares. Busco el corte de cinta, el discurso inflamado de algún gobernador entusiasta del progreso, una crónica maravillada. Nada. El teléfono vive exclusivamente en la clandestinidad de los clasificados: sigue firme don Velasco con sus astas y sus nueces, y se suma un corralón de San Juan y Entre Ríos que ofrece harina, cal viva del Retamito, leña de algarrobo, jabón, velas, postes y, recién en el último suspiro del aviso, aclara: «La casa recibe órdenes por teléfono».

Hasta que por fin, entre el 30 y el 31 de diciembre de 1895, el teléfono se gana su primer gran título en letras de molde. Ocupa media columna y dice: "EL TELÉFONO. Para mejorar el servicio se suspende á partir del primero de Enero hasta nuevo aviso". Es decir que la única vez que el aparato fue noticia en estas páginas fue para avisar que dejaba de andar. Más abajo, en letra chica, aparece una súplica misteriosa: "Se ruega á los señores abonados no permitan llevarse los aparatos á personas que no tengan autorización escrita de LA EMPRESA", así, con mayúsculas y sin firma, lo que sugiere que en la Mendoza de 1895 el teléfono todavía no andaba del todo bien pero el cuento del tío ya funcionaba a la perfección. Justo arriba del apagón telefónico, la Rotisería de París invita a "principiar bien el año nuevo", y justo abajo el Gran Hotel Club Social detalla el menú del 1º de enero de 1896: minestrón a la genovesa, puchero a la española, cabrito asado a la criolla y bifes conpapas fritas. Mendoza iba a recibir el siglo nuevo incomunicada, pero con las arterias al límite.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Con la ventaja del almanaque sabemos que el servicio algún día volvió, porque para 1912 ya figuraban 1.040 abonados en la provincia, aunque todavía no encontré en qué página salió publicado aquel famoso "nuevo aviso". Mientras tanto, en el resto del mundo el teléfono hacía muchísimo ruido, pero para casi cualquier cosa menos para conversar. En el París de 1881 la gente hacía colas eternas para ponerse unos auriculares y escuchar cinco minutos de la Ópera; Victor Hugo, a los 79 años, llevó a los nietos y anotó en su diario que los chicos habían salido fascinados, y él también. Al sistema lo bautizaron teatrófono, y cuando Marcel Proust se suscribió en 1911 tardó apenas unos días en quejarse por carta de que se escuchaba horrible, aunque con Wagner no le importaba tanto porque se sabía las óperas de memoria y las partes que se comía la fritura de la línea las cantaba él en su cabeza.

Diario en París de 1881.

Diario en París de 1881.

En Budapest fueron más lejos y en 1893 fundaron el Telefon Hírmondó, un diario hablado que leían a pulmón unos locutores seleccionados por su vozarrón de barítono, mientras a los usuarios comunes se les rogaba que no gritaran frente al tubo. Todo el sistema se iba armando sobre la marcha y a los codazos. De hecho, las centrales automáticas existen gracias a la paranoia de Almon Strowger, un empresario de pompas fúnebres de Kansas City que veía cómo se le escapaban los clientes porque la telefonista del pueblo era la esposa de su competidor y le desviaba los difuntos al marido. Strowger, hombre práctico, resolvió el conflicto conyugal y comercial inventando una máquina que jubilara a la telefonista

Viendo ese catálogo de desvíos, estuve a punto de armarme una teoría preciosa: que todas las fantasías grandilocuentes del teléfono —la ópera a domicilio, el diario hablado—terminaron mudándose a la radio, y que al pobre tubo le tocó quedarse con la prosaica rutina de encargar cal viva en el corralón. La hipótesis me duró cinco segundos, que fue el tiempo que tardé en bajar la vista hacia mi propio celular, tirado al lado de la prensa. Ahí adentro está el teatrófono de Proust, el locutor húngaro, el diario entero y, de yapa, el corralón, que ahora te cotiza el ripio por WhatsApp. Con el teléfono en la mano hago absolutamente de todo, salvo hablar por teléfono.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Aviso en diario Los Andes de 1893.

Le pongo el peso encima al secante y pienso en el mendocino del 2 de enero de 1896, amaneciendo con el cabrito del Club Social todavía atravesado en el estómago y comentando, café de por medio en la Confitería Nacional de José Ottone, que lo del teléfono había sido un fiasco previsible. Ya me lo imagino al de la mesa de al lado dándole la razón: a quién se le ocurre que la gente va a aprender a hablarle bajito a una caja de madera colgada de la pared.

La confitería de Ottone ya no existe y aquella charla de café ahora sucede en los grupos de WhatsApp —o sea, adentro del teléfono—, donde todos los días algún visionario decreta qué tecnología nos va a salvar la vida y cuál es humo pasajero. Si me apuran, sospecho que el invento que de verdad nos va a dar vuelta el mundo debe estar ahora mismo, como en 1895, escondido en la última línea de algún aviso que nadie mira, mientras nosotros usamos la cumbre de la ingeniería humana para reenviarnos el video de un robot que baila cumbia. Miro la pantalla iluminada: ciento treinta años después, el "juguete eléctrico" de Orton me avisa que ya es hora de volver a casa.

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