Tranquilo, en su silla de las tardes, Eduardo intenta sostener con firmeza el mate que en pocos segundos caerá al suelo, hará un desparramo y provocará el inmediato reclamo de su mujer.
Tranquilo, en su silla de las tardes, Eduardo intenta sostener con firmeza el mate que en pocos segundos caerá al suelo, hará un desparramo y provocará el inmediato reclamo de su mujer.
Sucede lo predicho. Una seguidilla de insultos cuya última sílaba no llega a pronunciase se escucha desde el comedor. Susana llega como siempre, con una sucesión de pasitos cortos y arrastrados. "Te dije, te dije que con la mano izquierda, pero vos no me escuchas". La mujer limpia con una rapidez inaudita. En un instante todo vuelve a la normalidad. O casi.
Eduardo hunde su mirada en la mano que lo traicionó y que viene clavándole puñaladas certeras por la espalda día a día. Primero lo notó en el pulso, luego le empezó a tomar parte del brazo y ahora es casi imposible que cargue un vaso con agua.
Lo que el silencio de Eduardo no cuenta es que el mate sí lo tenía en la mano izquierda, la que estaba mejor. Ahora parece que son las dos las que se complotan para delatarlo.
La última vez que Eduardo visitó al médico le preguntó en tono catastrófico si se iba a morir. El doctor le aseguró que no y Eduardo no quiso escuchar nada más. "Vamos Susana", le susurró a su mujer y la tomó de la mano, o más bien al revés.
La consulta al médico vino después de que le salieran los trámites de la jubilación. El diagnóstico llegó como un bonus de retiro, o más bien como una trompada al hígado, knockout técnico.
El hombre que ahora mira fijamente su mano derecha tiene rabia, pero no lo demuestra, nunca lo hizo.
Muchos de sus compañeros y amigos han sabido reconocerle esa característica, pero a Eduardo se le escapa meditar sobre esas cosas, se le escurre perder tiempo en esas "ideas", qué es eso pensar sobre lo que le pasa o lo que vive. Para él nunca fue un pasatiempo. De todos modos, ahora parece hacerlo, es como un hobby de jubilado.
Quien conoce a Eduardo nota que ya no se afeita con la prolijidad que solía hacerlo, eso Susana se lo critica. Quien conoce a Eduardo sabe que no le gusta reír a carcajadas. Cuando algo le causa mucha gracia, se tapa la boca y estremece el cuerpo como si tuviera un ataque de tos, luego larga un suspiro.
Quien compartió alguna vez una cena amigable con Eduardo sabe que en algún momento, él va a contar "su" anécdota. Aquella que dice que le contaron o que escuchó por ahí. Eduardo suele aprovechar esos momentos de tensión, cuando la política, la religión y hasta el fútbol, atragantan a más de un comensal. En esos momento Eduardo calla, hasta que alguien le dice: "Y vos, qué pensás Eduardo"
Entonces es cuando Eduardo se envalentona, toma aire, lo junta en el pecho y dispara:
Una vez, en una aldea alejada de China, un antropólogo encontró a un anciano que, según sus cálculos, tenía alrededor de 150 años. El científico lo interrogó y le preguntó que cómo había hecho para estar tan saludable a esa edad.
El viejito contestó que nunca había contradicho a nadie. ¡Pero sólo haciendo eso no puede llegar a tener más de cien años, eso es imposible!, se exaltó el hombre de ciencias. Sí, es imposible, le contestó el longevo oriental.
Eduardo se ríe como él sabe y llama la atención de Susana, que como una topadora ya limpió la cocina, el comedor y empezó con el living.
El hombre larga un suspiro extenso y se acomoda en su silla de las tardes, la que arrinconó cerca de la ventana que da a la calle.
El atardecer parece postergarse y se despide con una luz trémula, al igual que su mano derecha, que últimamente temblequea más seguido. Siente que su meñique y su anular a veces responden, a veces no. De hecho, prácticamente ninguna de las articulaciones de su hemisferio derecho le responden con firmeza. Tampoco sus músculos, que se atrofian y pierden fuerza día a día.
Ahora Eduardo lee el futuro de su mano izquierda. Lo ve clarito, no hay adivina gitana que pueda contradecirlo. Entonces, entiende el concepto de "extremidad". Allá lejos, su mano derecha vive sola, alejada, independiente. Pronto, su mano izquierda la acompañará en el exilio.
De la última consulta con el médico recuerda que le dijo que el dolor puede aparecer y desaparecer, incluso a veces mientras esté descansando. Hace pocos días Eduardo siente eventuales crujidos.
Son ruidos extraños, como chasquidos, como cuando alguien hace crujir sus manos para estirarlas o como el gesto que hace un rufián que se prepara para la pelea y estruja sus puños. Sin embargo, estos ruidos son distintos, hay algo de resentimiento en ellos.
Susana vuelve, le dice que es hora de ir a descansar. Con esfuerzo la mujer lo lleva hasta la habitación que huele a sábanas recién lavadas. Le ayuda a desprenderse los botones de la camisa y del pantalón. Lo carga suavemente entre sus brazos y lo ayuda a reposarse en la cama, luego lo arropa, como a un niño, como al hijo que nunca tuvieron.
Eduardo se acomoda de lado y le pide a Susana que se quede, vuelve a mirar su mano derecha. "Que pensás", le dice la mujer. Eduardo está todo junto, pero a la vez un poco separado. Se ríe, pero no hace su típico gesto como de tos y como puede, casi con un golpe, apaga el velador.