26 de diciembre de 2013 - 23:15

¿Qué es un "comodín” y cómo evitarlos?

El mes de diciembre está concluyendo y una de las últimas tareas que hemos realizado como docentes es la toma de exámenes. Uno de los defectos comunes que se evidencia entre los estudiantes es la falta de vocabulario y la dificultad para aplicar, de modo preciso, términos específicos de una asignatura a casos concretos; la situación empeora a la hora de tener que dar una definición: falta de lenguaje académico, uso y abuso de comodines, fallas en la sintaxis, mezcla de registros, desconocimiento de reglas y, por supuesto, desprecio por la memoria.

¿Qué queremos decir al hablar de “uso y abuso de comodines”? ¿Qué es un comodín? Así como se usa el vocablo en los juegos de naipes para nombrar la  carta que se puede aplicar a cualquier suerte favorable, en la vida se aplica el vocablo para designar aquel objeto que se hace servir para fines diversos, según conviene a quien lo usa. Veámoslo, ahora, desde el punto de vista lingüístico: nuestra lengua, como las otras lenguas modernas, posee infinidad de términos que, a lo largo del tiempo, se fueron cargando de acepciones y enriquecieron, así, su carga semántica.

Esta virtud, la de la riqueza, pertenece a las palabras, pero no al usuario de ellas quien debe tratar de no caer en la pobreza de utilizar siempre esos vocablos, para cubrir todo tipo de situaciones. En efecto, un consejo para el escritor inexperto radica en evitar el abuso de esos “comodines” que posee la lengua y en buscar en su repertorio léxico términos más precisos que den cuenta de su propia riqueza de vocabulario. Un ejemplo lo constituye el polisémico verbo ‘hacer’, cuyo valor es el de “realizar” y el de “provocar que”, en oraciones como El gobierno hizo mucha obra pública o El excesivo tránsito hizo que se bloquearan todos los accesos a la ciudad.

Sin embargo, lo hallamos utilizado en expresiones como Esa empresa HIZO edificios de propiedad horizontal. Un aumento en la producción HACE sólida la situación económica. Las diferencias culturales HACEN estratos en la sociedad. La actual conducción educativa HA HECHO varias ramas en el área de las humanidades. En esa obra teatral, la actriz HACE el personaje de Antígona.  Aquella sociedad HACE permanentes beneficios a la infancia abandonada. Ese ente de beneficencia HA HECHO importantes donaciones para la construcción del nuevo hospital. Los ruralistas HICIERON un pedido dramático de ayuda a las autoridades. No ha logrado que se HICIERAN eco de su pedido. HICE caso omiso de su reclamo.

Todos estos son ejemplos de pobreza y de comodidad léxicas. Si el usuario hubiera reflexionado un poco acerca del contenido de sus mensajes, podría haber empleado una mayor precisión y haberse expresado así, respectivamente: Esa empresa LEVANTÓ (o CONSTRUYÓ) edificios de propiedad horizontal. Un aumento en la producción CONSOLIDA la situación económica. Las diferencias culturales GENERAN estratos en la sociedad. La actual conducción educativa HA CREADO varias ramas en el área de las humanidades. En esa obra teatral, la actriz INTERPRETA (encarna) el personaje de Antígona.

Aquella sociedad BENEFICIA permanentemente a la infancia abandonada. Ese ente de beneficencia HA ENTREGADO importantes donaciones para la construcción del nuevo hospital. Los ruralistas ELEVARON un pedido dramático de ayuda a las autoridades. No ha logrado que RESPONDIERAN a su pedido. IGNORÉ su reclamo. A estos usos del verbo ‘hacer’, hay que sumar uno más: el hecho de funcionar como proverbo, al lado del pronombre personal ‘lo’, para recoger, de manera sintetizadora y anafórica, una información ya brindada; actúa así como cohesivo y se carga del significado de un elemento previo y reciente, cuyo contenido está aún presente en la mente del receptor.

Ejemplos de ello son: Los escaladores llegaron ayer a Plaza de Mulas, donde permanecerán dos días antes de emprender el ascenso al Aconcagua. LO HACEN para lograr la aclimatación a las condiciones de altura. (Lo hacen = permanecerán dos días en Plaza de Mulas). Los agricultores continúan aún con el paro y con los cortes de rutas. LO HACEN para protestar por las excesivas retenciones que les practica el gobierno central. (Lo hacen = continúan con el paro y con los cortes de ruta).

Favorita de los que carecen de un vocabulario rico y preciso es la palabra ‘cosa’; si acudimos al diccionario, las acepciones más importantes de este término son dos: la primera nos dice que, bajo esa denominación, se incluye todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracta; además, se llama ‘cosa’ a todo objeto inanimado, por oposición a ser viviente.

La primera acepción, “todo lo que tiene entidad…”, permite que se use esta palabra en los contextos más diversos: Mis cosas no andan bien. Tengo una cosa en el pecho que me impide respirar bien. Arreglaron ya la cosa. Entonces, se me acerca como quien quiere la cosa. La cosa está que arde. Después de ese resultado tan negativo, el imputado se alejó como si tal cosa. No se confunda ni diga una cosa por otra. No se olvide de su paraguas, no sea cosa que llueva. Nada se puede hacer: es cosa juzgada. A él le interesó saber cómo van mis cosas. Experimento por él una cosa muy extraña. No me queda otra cosa que hablarle.

En verdad, es muy cómodo el término ‘cosa’ y no siempre es sencillo sustituirlo. Pero intentémoslo, cambiando el comodín por una expresión que no desvirtúe el sentido de cada oración; obliguémonos a pensar, a buscar el término equivalente y exacto. Entonces, veremos convertidas aquellas oraciones: Mis asuntos no andan bien. Tengo una opresión en el pecho que me impide respirar bien. Arreglaron ya el problema. Entonces, se me acerca con disimulo.

El conflicto está que arde. Después de ese resultado tan negativo, el imputado se alejó como si no le importara. No se confunda ni diga un concepto por otro. No se olvide de su paraguas, por si llueve. Nada se puede hacer: hay sentencia firme. A él le interesó saber cómo van mis problemas. Experimento por él un sentimiento muy extraño. No me queda otra solución que hablarle.

Otras veces, tropezamos con el uso y abuso de vocablos que no parecen ser adecuados para utilizar en una situación formal, sobre todo en lenguaje académico. Tal es el caso del sustantivo ‘ninguneo’ y del verbo ‘ningunear’: para sorpresa de muchos, ambos vocablos están autorizados por las Academias. Se forman a partir del indefinido ‘ninguno’ y adquieren el valor, si se trata del sustantivo, de “acción y efecto de ningunear” y, si se trata del verbo, su significado será  “no hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración”. También, “menospreciar a alguien”.

Pero, más allá del reconocimiento de estas voces en los diccionarios, nos resistimos a usar estos vocablos si nuestro registro es formal. No nos rasgamos las vestiduras ante su utilización, pero elegimos términos equivalentes: ‘menosprecio’, ‘desconsideración’, ‘ignorancia’ de alguien o de alguna situación.

Y, por fin, la palabra favorita de los grupos jóvenes, con un uso oral cada vez más extendido a los comunicadores y a los adultos que quieren mimetizarse con la moda de los menores: estoy hablando del vocablo ‘nada’. Cuando se carece de argumentos, cuando no hay modo de cerrar una enumeración, cuando contar el final de una narración  de manera prolija puede parecer aburrido, cuando se quiere acelerar el proceso de comunicación, cuando, finalmente, el repertorio léxico del que está en uso de la palabra se ha agotado, entonces, se recurre a la forma ‘nada’.

Al pronunciar el término, parece que ya no existe otra cosa para decir, se está forzando al interlocutor a dar por terminado un interrogatorio o una indagación acerca de algún asunto, por comodidad, por desidia, por prisa, por negligencia o, simplemente, por pobreza de vocabulario. Obliguemos a los que dialogan con nosotros a ser precisos, a salir de la indefinición de esta ‘nada’ que nos está invadiendo, como si la amplitud del español no tuviera suficientes vocablos para expresar lo justo en la ocasión precisa.

Como docentes del bello español, como educadores de este controvertido siglo XXI, que creemos en el valor de la palabra, exijamos a los jóvenes exactitud y precisión en el decir, elegancia y rigor, excelencia y calidad. Hagamos nuestras las ideas plasmadas por Blas de Otero en aquellos versos de su poema “Me queda la palabra”: Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra. Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra. Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.

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