Anna Forés Miravalles, pedagoga y especialista española en neuroeducación, advierte sobre una escena cada vez más naturalizada dentro de muchas familias: cuando aparece aburrimiento, frustración, espera o necesidad de atención, la primera respuesta adulta es entregar una o más pantallas.
“Si por cada cosa que necesitan se le da una pantalla, estamos perdiendo otro tipo de relación con nuestros hijos”, explicó en una entrevista con El País.
Forés, directora de la Cátedra de Neuroeducación UB-Edu1st de la Universidad de Barcelona y especialista en pedagogía, utiliza para esa dinámica la expresión “chupete digital”.
No se refiere simplemente a que un niño mire dibujos o utilice tecnología, sino a convertir el dispositivo en la respuesta automática para distraerlo cada vez que surge una demanda emocional o cotidiana.
Qué significa el “chupete digital” del que habla Anna Forés
La especialista introdujo el concepto al hablar de la necesidad de construir vínculos antes de que los chicos lleguen a la adolescencia.
Su razonamiento es que la comunicación no puede improvisarse cuando aparece un problema serio si durante años muchas oportunidades pequeñas de conversación fueron sustituidas sistemáticamente por una pantalla.
Forés reconoce además que muchos padres llegan a esa situación cansados, con poco tiempo o atravesando dificultades laborales y familiares.
Su crítica no apunta a culpabilizar a las familias, sino a advertir que educar requiere tiempo, límites, conversación y presencia, elementos que un dispositivo puede interrumpir cuando se convierte en recurso permanente.
Por eso, el problema no sería una película o un videojuego aislado, sino el patrón: comida difícil, celular; espera en un restaurante, celular; enojo, celular; aburrimiento, celular. Cada una de esas situaciones también podría ser una oportunidad para aprender a esperar, conversar, identificar una emoción o buscar otra actividad.
Las recomendaciones de salud también limitan las pantallas en los más chicos
La preocupación por el tiempo sedentario frente a pantallas no pertenece únicamente al debate pedagógico.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que los menores de un año no tengan tiempo sedentario de pantalla y que, a los 2 años y entre los 3 y 4, ese tiempo no supere una hora diaria; menos es considerado mejor.
La OMS agrega otro detalle que conecta con el planteo de Forés: cuando un chico pequeño está en una actividad sedentaria, recomienda favorecer lectura y narración de historias con un cuidador, es decir, experiencias en las que la presencia adulta forma parte de la actividad.
Esas recomendaciones están dirigidas a menores de cinco años y no significan que una pantalla sea dañina en cualquier circunstancia. La edad, el contenido, el tiempo de uso, si hay acompañamiento adulto y qué actividad está siendo desplazada son variables fundamentales para interpretar sus efectos.
La relación empieza mucho antes de la adolescencia
En la entrevista, Forés conectó el “chupete digital” con un problema más amplio: esperar que un adolescente explique espontáneamente lo que le pasa cuando no se generaron previamente espacios cotidianos de confianza y comunicación. Para ella, esos vínculos también son relevantes en la prevención de problemas dentro de la escuela.
La pedagoga insiste en que la educación debe incorporar bienestar emocional, empatía y reconocimiento del otro. Desde esa perspectiva, dejar que los chicos atraviesen pequeñas dosis de aburrimiento, espera, conversación o frustración acompañada puede tener más valor que eliminar inmediatamente cualquier incomodidad mediante estímulos digitales.