4 de abril de 2015 - 00:00

Papelitos de colores

El público de televisión es distinto del público de cine; un cerebro espera estímulos distintos de la pantalla grande que de la pantalla televisiva y un televidente profundamente cretino puede también llegar a ser un exquisito cinéfilo. Por eso la conjunción entre pantalla grande y chica suele ser engañosa. El paso de una historia entre formatos siempre debería tener en cuenta esto.

Muchas series geniales, que marcaron estéticas y movimientos, engendraron sus propios fracasos cinematográficos (no exclusivamente en términos económicos). Productos televisivos exitosos (con un sello propio) como “Los expedientes secretos X” o “Sex and the city” tuvieron sus decaídos productos cinematográficos que las siguieron. La sola intención de exprimir más y más a los personajes televisivos siempre deriva en vaciamientos de la trama y el espíritu mismo de la serie. La fumadora e incorrecta Carrie Bradshaw de las primeras temporadas encontraría insoportable, superficial y decadente a la Carrie de las películas.

Otro fenómeno es la ola de películas que se produjeron basadas en series viejas, con distintos resultados. Los consiguientes fiascos en como: “Scooby Doo”, “Sombras tenebrosas”, “Los duques de Hazard”, “Starsky y Hutch”, todas fracasaron en su intento por repetir ese éxito de antaño. Y los consiguientes éxitos: “Los locos Adams”, “Misión imposible”, “Los ángeles de Charly”; todas películas exitosas que se desprendieron de series icónicas, 40 años atrás, y que supieron reformular ese sello.

Con el advenimiento de las series como nuevo juguete narrativo post televisivo y muy internet no tardó en producirse el movimiento inverso: de las películas a la serie. El estiramiento o spinoffismo de la trama de la película (que dura dos horas) en una serie (que dura doce horas) es traspaso delicado que muchos transitaron con éxitos, transformando la esencia misma del film en favor de una serie en otro registro pero con cierta nostalgia por la película.

“Bates Motel” es uno de estos casos, la historia que se desprende de “Psicosis” y se centra en una especie de serie precuela de los eventos que ocurren en la película logró una independencia y a la vez una extensión del mundo de Hitchcock. Algo parecido a “Las crónicas de Sarah Connor” donde se narra lo ocurrido entre “Terminator 2 y 3”.

En animación la serialización de la película es casi una regla. En los 80 y principios de los 90 casi todas las películas familiares de éxito acababan convertidas en serie animada. Los ejemplos son muchos: “Los Cazafantasmas”, “La Máscara”, “Ace Ventura”, “Loca academia de policía”, “Robocop”, ”La sirenita”.

Todo esto es para hablar sobre una nueva serie que llega, desprendida de una película de 1995, a su vez desprendida de un cortometraje de 1962 llamado “La jetee”. La serie “12 monos”  parte de la misma premisa que la película de Terry Gilliam: James Cole viaja desde un futuro postapocalíptico (2043) al presente (2013 y, luego, 2015) para descubrir y eliminar la fuente de un virus que eliminará a 7 mil millones de personas en 2017.  Las historias que involucran en su trama principal el viaje en el tiempo escapan a todo intento de explicación lógica y en ocasiones son derrotadas por su propia iniciativa. “12 monos” queda un poco así atrapada en el inverosímil o confuso mundo del los bucles temporales y las paradojas.

El actor Aaron Stanford (quien interpreta a “Pyro” en “X-Men 2 y 3”) se pone en la piel –como lo hizo Bruce Willis en la película-  de Cole, el héroe protagonista. La dirección corre a cargo de Jon Cassar (“24”, “Terra Nova”, “Fringe”).

Claramente Aaron Stanford no es Bruce Willis, interpreta un Cole un poco más desesperado y mucho menos cínico y carismático, un viajero en el tiempo con pelo muy sucio y tremendamente angustiado. Hay algo de “Fringe” mezclada con “Helix”, las conspiraciones, los virus, la memoria, son temas que retoma con menos profundidad que las obras originales.

El problema de esta “12 monos” hecha serie es que revela que la ciencia ficción televisiva está estancada, en comparación a terrenos mucho más fértiles donde la ciencia ficción está marcando tendencia, como en el animé o el comic o incluso las películas. Varios de los éxitos cinematográficos de 2014 se han valido de la ciencia ficción para traer propuestas interesantes, desde “Her” de Spike Jonze a “Interstellar” o “X-men” o incluso “El planeta de los simios”. Películas de cine independiente, como “Coherence”, han sabido aprovechar las ideas de la ciencia ficción para metaforizar sobre los males y displaceres del mundo actual.

El problema principal de esta “12 monos” televisiva es de una evidente y completa falta de imaginación tanto a niveles formales como argumentales.

Hay futuros proyectos relacionados con la serialización de lo que alguna vez fue película. Desde que hicieron la primera película de “X-men” que no pararon de maltratar la franquicia de los mutantes deformándola hasta que finalmente la cadena Fox acaba de anunciar que está desarrollando una serie de televisión sobre los X-Men. Temor y curiosidad se mezclan.

También está generando mucha expectativa el proyecto de llevar a serie la película de “Scream” de 1996, cuyo piloto correrá a cargo del mismo Wes Craven, creador de esta ya clásica saga de terror. Los rumores hablan ya de una serialización compulsiva de todo aquello que supimos gustar como película: “La niebla” de Stephen King, “Tiburón” de Steven Spielberg y hasta “Django” de Tarantino, están empezando a plantearse como futuras series. ¿Todo es serializable? ¿Todo se puede estirar sin que se quiebre?

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