El 12 de Octubre de 1492 se inscribe entre los hechos más notables de la historia. Aquellos reyes, Isabel y Fernando, que han quedado grabados en nuestra memoria como los Reyes Católicos, no sólo lograron la unidad política de España sino también fueron grandes gestores de su época, el conocido Siglo de Oro español, en el que se destacó la pluma de Cervantes, la cultura y la ciencia de la Universidad de Salamanca y la fe religiosa de Teresa y Juan de la Cruz. Es más, su gran obra no se agotó en España, sino que fueron capaces de transmitir su diseño político, cultural y religioso a un continente ignoto: América.
América resultó ser la mejor obra de España, cincelada con lo mejor que ella tenía: sus mejores hombres, sus mejores instituciones, su fortuna y el entusiasmo transmitido para emprender una difícil cruzada. Como afirmara Ramiro de Maeztu “toda España es misionera en el siglo XVI”. Obra épica-cultural-religiosa que se plasmó con obras: entre 1538 y 1812 se crearon alrededor de 30 universidades, numerosas escuelas de primeras letras (conventuales, parroquiales y las llamadas escuelas del rey, sostenidas por los cabildos) y escuelas de gramática, que certificaban los estudios necesarios para ingresar a la Universidad. Se tradujeron al idioma de los nativos, especialmente el náhuatl, las principales obras literarias; en 1539 se introdujo la imprenta; y como si todo ello fuera poco se fundaron multitud de misiones (organización socio-política-religiosa para la formación del nativo), poblados y parroquias. En 1530 encontramos aztecas como Antonio Valeriano que hablan y escriben perfectamente su lengua (el náhuatl), el castellano y latín, ejemplo de la labor educativa iniciada.
De España recibimos su idioma, su cultura que no fue otra que la cultura greco-latina-medieval y la religión católica. Por ello, hablar del Descubrimiento es hablar de la identidad de Hispanoamérica. América en tanto hija espiritual de la Madre Patria, adquirió de ella su “propio” rostro.
Desde la California mexicana hasta la Patagonia rioplatense, el nativo, considerado desde el primer momento hijo de España, fue elevado en su condición humana, fue educado por los misioneros y formado para vivir de manera orgánica, política y económicamente. De este modo, las tribus se organizaron en ciudades y aprendieron de los españoles la agricultura, la ganadería y la música entre otras cosas.
Su desprestigio
Ahora bien ¿qué sucedió para que nuestra idea acerca de la evangelización de América sea mostrada como la obra de un reino despiadado, avaro y que, para lograr su objetivo mercantil, aniquiló una cultura y civilización superior? Frente a cualquier acontecimiento siempre existe una causa que la genera y en este caso no fue la excepción. La historiografía liberal (ingleses y holandeses), interesada políticamente en desprestigiar a España y arrebatarle territorios en América, amplificó sus errores (que los tuvo como toda obra humana), ocultó sus muchos aciertos y negó el conocimiento de la realidad que vivía la cultura nativa: una civilización en decadencia que permitía la esclavitud, el sacrificio humano cruento e incruento y en la que abundaron los atropellos permanentes y violentos de los más fuertes (Incas y Aztecas) sobre las tribus menores, sometidas por la fuerza.
Detrás de la mentira histórica, se vislumbra un deseo de menoscabar a España y, como consecuencia, las tradiciones que nos legara. Así, desacreditada la obra española, se logra desdibujar nuestra identidad cultural haciendo más sencillo la difusión de ideologías que nada tienen de relación con nuestras raíces.
Este intento de desvanecer nuestra identidad explica los acontecimientos propios del siglo XIX que llevaron a tener un país dividido, entre aquellos que intentaron mantenerse fieles a la herencia recibida de España y los que anhelaban cambiar el rostro de nuestra nación bajo pretexto de progreso y modernización. Si uno desconoce esto, desconoce las raíces más profundas del conflicto que enfrentó a federales y a unitarios. De allí, se comprende que derrotados los federales en 1852, comenzara un proceso de secularización del país a través de sucesivas legislaciones que pretendían el olvido de nuestra identidad y cultura que hicieron y hacen peligrar “nuestro ser nacional”.
Luego del liberalismo, se harán sentir en nuestras tierras las inclemencias del marxismo radical. Así, a las aguas de los mares agitados por el liberalismo acérrimo se sumará el marxismo que todo lo confunde. Y por supuesto, como lo hizo el liberalismo, el marxismo se propuso hacernos otro país. Los bolcheviques querían un soviet americano y, por supuesto, este soviet no podía tener un rostro hispano.
Entrados al siglo XX, a través de un indigenismo desmedido, se ha continuado atacando con renovado encono la obra de España, cuestionando una vez más nuestras tradiciones y raíces hispanas y profundizando una leyenda negra que desconoce la obra política y educativa que España llevó adelante por muchos años en América a través de la obra impulsada por la Orden Jesuita y Franciscana, particularmente.
Conclusión
La obra de España fue una verdadera epopeya, hoy lamentablemente desconocida. Y digo lamentablemente porque una gran nación no se puede edificar ignorando sus raíces. Por ello, lo que debe realmente preocuparnos es el desconocimiento objetivo de nuestra Historia.
Si consideramos la insigne y centenaria sentencia que indicaba que “nadie ama lo que no conoce”, urge preguntarnos ¿se puede amar la patria si desconocemos sus raíces y tradiciones? Como afirmara Nicolás Berdaieff en El sentido de la Historia: “La ruptura entre el pasado y el futuro nos sume en las más profundas tinieblas… Y es, precisamente, esta separación la que realizan aquellos que quieren apartarse del magno pasado histórico: con lo cual ya no son capaces de concebir el magno futuro que nos espera”.
* El autor es doctor en Ciencias de la Educación.