22 de noviembre de 2012 - 21:52

Néstor Perlongher: militante del deseo

Pocos casos tan fascinantes como el del escritor Perlongher: marxista, homosexual, sociólogo, poeta, pasó de la militancia política de los ’70, en las filas más audaces de la izquierda argentina, a la “mística del éxtasis” practicada en una secta brasileñ

Asomado a la ventanilla de un micro que lo arrastra a su exilio brasileño, Néstor Perlongher encuentra el ritmo trajinado del poema: "Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres".

De cara a la ruta: ésa es la primera imagen que aparece en el documental "Patria Rosa" (2009), filme que intenta reconstruir la biografía de Perlongher a través de fotos y voces claves. Allí está Fogwill, su primer editor; allí, de espaldas, un militante del Frente de Liberación Homosexual; también allí, los compañeros de rutas y bares y los que lo perciben aún (a 20 años de su muerte) en trances y sueños.

¿Quién era? Poeta del sexo y la revolución, hacedor y teórico de un estilo que llamó "neobarroso", un muchacho incómodo de Avellaneda que se animó a declararle la guerrilla a su tiempo. En plena efervescencia montonera, mediante su estilo "amanerado", opuso la "voluntad de hacer pasar el aullido, la intensidad".

Cualquier camino que se tomen para llegar a Perlongher conduce al éxtasis.
Se puede empezar diciendo que abrazó la mejor premisa de los '70: la idea de que toda experiencia política pasa, primero, por el cuerpo.

Tomemos el primer atajo: Néstor Perlongher nació en un barrio bonaerense en la Navidad de 1949. Fue militante trotskista, luego libertario y uno de los principales referentes del Frente de Liberación Homosexual en la década del '70. En el verano del '76, se lo llevaron detenido y fue procesado penalmente.

En el '81 se recibió de sociólogo en la Universidad de Buenos Aires y se trasladó a San Pablo, Brasil. Allí realizó su maestría en Antropología social con una tesis tremenda que dio pie a su ensayo: "La prostitución masculina".

Fue poeta. Inventó un estilo que él denominó "neobarroso" ya que, según su explicación, fundía el barroco (el de Góngora pero también el de Lezama Lima) con el barro del Río de la Plata.
Falleció a causa del VIH, en San Pablo, el 26 de noviembre de 1992.

Cinco años antes, abrazó en Brasil la religión del Santo Daime, una secta en cuyos rituales la ayahuasca es primordial.

Perlongher sostenía que "la poesía es un ramo del éxtasis".

El destierro

"Cadáveres" fue escrito en 1981, durante el largo viaje por tierra que llevó a Perlongher desde Buenos Aires a San Pablo, desde "el terrorismo de Estado de la Junta Militar" al "Brasil de la apertura".

En el trayecto, una certeza machacante iba asimilando en el paisaje la presencia corpórea de aquellos que Videla borraba bajo la palabra "desaparecidos": "En la trilla de un tren que nunca se detiene/ En la estela de un barco que naufraga/ En una olilla, que se desvanece/ En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones/ Hay Cadáveres".

Y así, hasta que adquieren la densidad de una novela gótica. Hasta que el poema, polifónico, los convierte en testigos fantasmales de todas las miserias de la época, para acabar en la negación escalofriante del discurso oficial.

"Cadáveres", ya se ha dicho, lo convierte en el máximo exponente del barroco de combate.
Guerrillera con tacones

"Nena, si querés salvarte, nunca te olvides el saquito, el largo Chanel, el rodete...", escribió en un ensayo ya famoso: "Nena, lleváte un saquito". Perlongher puso en evidencia las profundas relaciones entre erotismo y violencia, parodió los clichés con maestría y desató a "la loca" como guerrillera estética, como dispositivo eficaz para el escándalo. La loca, marica, ese personaje capaz de dinamitar tan sólo a su paso los convencionalismos de la clase, el color, la nacionalidad, el deber de estar en el cuerpo correcto.

"Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas (tan derramadas, tan abiertas) y abriremos la puerta de calle al monstruo que mora en las esquinas", pregunta desde el inicio en "Por qué seremos tan hermosas".

Y claro que había -hay- monstruos y peligros en ese manifiesto homosexual furioso donde la poesía se fundía con el cuerpo.

Perlongher solía contar, burlonamente, que lo habían echado del Partido Obrero por "puto".
Recordemos que, entre los cantitos ideológicos de la época, se escuchaba el "No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de FAR y Montoneros".

Su "Evita vive" (casi una nouvelle) también se corre de la imagen de víctima abnegada que había canonizado la izquierda en torno a la figura de Eva Perón. La suya es una Eva deseante, desafiante, viva. La resucita como una travesti que deambula por los puertos, una zombie de uñas verdes con aires de cabaret arrastrada por el fango.

Escribió ese texto en 1975, el año de mayor actividad de los asesinatos de la Triple A. La idea, dijimos, era hacerle la guerrilla a su tiempo.

Decepcionado por el aburguesamiento gay de los '80, Perlongher propuso una forma de resistencia alternativa: "Abandonamos el cuerpo individual. Se trata ahora de salir de sí". Y se dedicó por completo a "la disolución del cuerpo en lo cósmico (o sea, en lo sagrado) donde se da el éxtasis total, la salida de sí definitiva".

Lo político y su tiempo

La ayahuasca, una droga consumida en los rituales del Santo Daime, lo llevó a reflexionar sobre el carácter político del asunto: "Hay también una dimensión sociopolítica, pues esta religión propugna un modelo comunitario de gestión de la vida, superando la propiedad privada; así, el carácter "libertador" no se restringiría al nivel místico, sino que debería concernir, se espera, al plano material".

En el mismo lodo

Toda esa mélange: Evita, Marlene Dietrich, los nazis, los desaparecidos, la prostitución masculina, la religión del Santo Daime, las iluminaciones de la ayahuasca. La escritura de Perlongher es una alucinante adaptación barroca (la forma recargada, empalagosa) al universo marginal del Riachuelo. Implica una crítica de las vanguardias y las posturas estéticas complacientes y una invitación a la fiesta verbal.

Influido por autores como George Bataille, Deleuze, Guattari, Foucault, liberó una nueva concepción del deseo. "Yo tenía un espíritu plebeyo, de barrio de extramuros, que me llevaba a sentir la poesía como algo muy bello. Mezclado con lo bestial, enchastrado, embarrado, pero lleno de brillos y de lujos, feo jamás", explicó.

Derroche de poesía

Príncipe y plebeyo: la poesía como lujo y derroche y como crítica y fango social son en él dos corrientes que alimentan.

El crítico Adrián Cangi, que prologó sus "Papeles insumisos", tiene razón: "Hay que leer a Perlongher como a un revolucionario de los estilos y la vida cotidiana, un militante que abre la puerta en medio del debate y sin saber de qué va primero, dice: "Yo me opongo", un activista que descree de la poesía social, un homosexual que rechaza la "identidad gay", un escritor que huía de todas las fijaciones".

El 26 de noviembre de 1992 falleció de una septicemia como consecuencia del VIH que padecía desde algunos años atrás. Su último poema se llama "La muerte en bicicleta".

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