21 de octubre de 2013 - 02:21

El Molino, un barrio que levantaron agricultores de La Consulta

Es uno de los más antiguos del distrito, cuenta con 60 viviendas y está entre la zona urbanizada y la rural, una combinación ideal, según afirman sus pobladores.

En medio de la gran fiesta que se armó aquella noche de marzo de 1972, después de haber recibido las llaves de sus viviendas, decidieron por votación que llamarían al barrio El Molino. El viejo molino harinero de Bustos era el único emblema que sobresalía en esta porción rural de La Consulta, que hasta entonces sólo había estado cubierta por viñedos y bodegas.

La mayoría eran amigos o, por lo menos, "buenos conocidos". Gente de campo que vivía de las labores rurales y en las casas que le asignaban sus patrones temporalmente. Pero este grupo de sancarlinos se empezó a entusiasmar con la idea de tener el techo propio.

"Nos costó completar la lista. Los obreros rurales estábamos acostumbrados a vivir en lo que nos daban, criar nuestros animales... era lo habitual", relató Pedro Soria, uno de los primeros pobladores.

Con la iniciativa de estas familias nació el barrio El Molino, uno de los más antiguos que tiene el distrito La Consulta, en San Carlos. En sus comienzos, se alzaba como un puñado de casas en medio de las viñas. "Nadie nos conocía. Las indicaciones eran 'el barrio nuevo detrás del canal (Consulta)", recuerda Lucas González.

Con el crecimiento exponencial que la población de La Consulta ha tenido en las últimas décadas; este pintoresco complejo habitacional ha quedado en una zona resguardada y tranquila, pero que no dista más de cinco cuadras del casco urbano del distrito sancarlino.

Ese estar 'a medio camino' entre lo urbano y lo rural les ofrece no pocas ventajas a sus pobladores. Allí la gente se da "el gustito" de irse a dormir con el aroma a "uva triturada" impregnado en el ambiente (hay siete bodegas en actividad en las inmediaciones). Además, doña Mercedes Tapia señala "y cuando la tarde está tranquila, se puede escuchar cómo baja el río Tunuyán a kilómetros de aquí".

En El Molino estos placeres de campo vienen de la mano de las comodidades citadinas.  Por su cercanía con el microcentro, los vecinos cuentan con una variada oferta educativa y comercial. Aunque, en más de una oportunidad prefieran recurrir a la atención personalizada que le brindan 'doña Ruiz', 'la María' o 'la Emilia' en los almacenes del barrio.

A estas 60 casas que se extienden a lo largo de tres cuadras se accede por el bulevar San Martín, uno de los ingresos al centro distrital. Las que se ubican por la zona este del barrio colindan con la tradicional bodega Hom, cuyos propietarios eran los dueños de las tierras donde hoy se levantan las viviendas del complejo. Pegado al mismo, al sur, se encuentra el barrio Aconcagua y al oeste la calle Bruno Villegas.

Una de las características que dota al barrio de color y de un permanente y relajante ruido de agua corriendo es el canal Consulta que lo atraviesa. También, en verano, se suma la dinámica de las bodegas que lo circundan: Fapes, Hom, O. Fournier, la cooperativa San Carlos Sud, entre otras.


En 1970 se comenzaron a reunir estos obreros rurales en las mismas fincas donde trabajaban para pelear por una vivienda. "Todo fue muy rápido", acota el actual presidente de la unión vecinal, Marcelo Gómez. En marzo de 1972, le estaban entregando las carpetas de las 60 viviendas.

Claro que la rapidez pocas veces es sinónimo de calidad. Las construcciones que entregó el IPV entonces no tenían revoque, ni puertas interiores, ni cierre perimetral, ni acequias, ni asfalto en las calles y menos aún los accesorios -que asemejaban un lujo en ese contexto- como mesada, griferías o muebles de cocina. Además, no tenían luz eléctrica y al poco tiempo se empezaron a llover los techos.

"Igual no nos podemos quejar, porque fueron un regalo. La cuota mensual equivalía al precio de un jornal. Hasta daba vergüenza ir a pagarla", rememora González, uno de los que más trabajó por el barrio. "Eran dos casitas pegadas. Cada una tenía dos habitaciones y un baño. Después la mayoría, la fue ampliando cuando pudo", acota María Rosa Caballero.

"Aunque estábamos con los militares, nosotros empezamos a pelear. Había dos o tres autos en el barrio y todos juntábamos la plata para pagarle el combustible a los que iban a la ciudad de Mendoza a reclamar mejoras", cuenta don Lucas.

Así a los seis meses "se hizo la luz" (durante ese tiempo se manejaban con lámparas a garrafa y vela) y poco después llegó el alumbrado público. En 1973, el gobierno asfaltó las calles e hizo las veredas. La llegada de la democracia y del intendente Miguel Natalio Firpo les trajo lo que faltaba.

En ese tiempo, la unión vecinal logró la personería jurídica. "Empezamos a gestionar de otra manera. Todos los días íbamos a pedir a las oficinas de Firpo. Un día lo encontramos de buen humor porque había cobrado unas regalías y nos ofreció de todo", cuenta Lucas. Fue cuando los vecinos pidieron encausar el canal Consulta, construir la plazoleta -que luego llamaron Los Altamirano en homenaje al grupo folclórico- y edificar un salón comunitario.

Hoy por hoy este establecimiento es el centro de reunión del barrio, pero también está abierto al resto de la comunidad. Allí se brindan distintos talleres, entre ellos de apoyo pedagógico para adultos y clases de gimnasia. También es alquilado por la unión vecinal para fiestas y eventos sociales, de esta manera reúnen el dinero necesario para el mantenimiento.

LAS MAS LEIDAS