Su muerte desencadenó una manifestación masiva de dolor en Polonia. Su beatificación produjo una explosión de orgullo y gozo. Pero días antes de que Juan Pablo II sea declarado santo de la Iglesia Católica, muchos de sus compatriotas reciben el acontecimiento casi sin inmutarse.
Un motivo es que Juan Pablo II ya es desde hace tiempo un santo en el corazón de los polacos, de modo que oficializarlo con la pompa del Vaticano es apenas como ensartar la última cuenta en el collar de perlas. Pero también es evidente que, menos de una década después de su muerte, el entusiasmo que los polacos tenían por su gran compatriota parece ir disipándose.