Es uno de los autores contemporáneos más importantes de la dramaturgia nacional. Recibió el Premio Podestá 2017 y aquí nos cuenta todo.
Mauricio Kartún: “El mío es un Dios zurdo”
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Con humildad, enjundia y sentido del humor, el gran dramaturgo y director profundizó sobre ciertos aspectos definitorios de su teatro. Un artista que invita a ver un poco más allá de los discursos hegemónicos del presente, haciendo hincapié en el valor de la tradición, el pasado y la historia.
- A través de personajes de tu dramaturgia, has hablado de los derechos humanos. ¿Coincidís en que, de un tiempo a esta parte y sin que haya mucha diferencia entre un gobierno u otro, hay algunos que prevalecen muy desproporcionadamente sobre otros?
- No me parece que unos prevalezcan definitivamente sobre los otros más que ocasionalmente. Me parece sí que es una época felizmente dialéctica, dinámica. Los derechos son conquistas, nunca concesiones. Son siempre inexorablemente un avance sobre otros derechos instalados y defendidos por otra tradición. La defensa de todo status quo se ampara siempre en ellos y habrá siempre otra fuerza con avance dialéctico para invadirlos y modificarlos. Sólo así se producen los cambios. De manera que siempre habrá antes de esos cambios un territorio de derecho invadido, de colegio tomado, de calle cortada, de costumbre violada, de huelga, de desafío, literalmente desafiar, quitar la fe en lo anterior. Los derechos cambian sin parar, son absolutamente dinámicos, metamórficos. Pensemos en que hace apenas setenta años que las mujeres votan, y un poco más, apenas, del límite de ocho horas al laburo. Y para eso hizo falta habitar ese territorio incierto de la rebelión. Tendemos a momificar a los derechos como intocables, pero los cambios son siempre resultado de esa rebeldía a los anteriores. El poder se amparará siempre en los derechos como si fueran algo inamovible, sagrado, incuestionable, monolítico. Hablará de derechos como si el reclamo de nuevos fuera un verdadero delito, como si cambiarlos fuera un pecado.
- Tu teatro tiene una riqueza muy impresionante en su lenguaje. ¿Cómo lo fuiste construyendo?
- El teatro en toda su historia hizo del lenguaje su campo material. Se trataba de tomar esa materia degradada que es lo oral, lo coloquial y procesarlo poéticamente, reciclarlo. En el último siglo, resultado seguramente del diario lidiar con el cine y luego la tele, la escena se puso naturalista y el modelo viró de lo verosímil a lo verdadero, y del precioso texto poético a ese “naturalito” tan desalado, tan choto, que terminó de sustrato televisivo. En ese sentido me considero un clásico. No porque mis obras puedan alcanzar esa categoría, claro, ni mucho menos, sino porque trabajo sobre aquellos procedimientos hoy anacrónicos.
- ¿Con qué vocación te sentás a escribir un texto?
- Cuando me pongo a escribir una obra nueva lo único que me propongo -y le prendo velas a San Willy- es tener la suerte de terminarla. Y demasiado pedir (risas). Lo que se consiga en el proceso lo conseguirá la obra misma. Creo que las piezas no se nos ocurren, no hay ocurrencia; ocurren, son un acto de autocreación. Un acto de revelación. Cuando termino de escribir alguna, si lo consigo, vienen con ella un sinnúmero de cosas. Y soy el primero en sorprenderme. Por supuesto una vez que reviso el bulto y hago inventario hablo de su contenido haciéndome el canchero, como si fuera el dueño, el taumaturgo, pero la verdad es que a las cosas no las ponemos, las cosas salen.
- Tu obra "Terrenal" está protagonizada nada más y nada menos que por Abel, Caín y "el Tata" Dios. ¿Sos creyente? ¿En qué términos?
- Digamos que creo en el Dios Mito. Y lo respeto como tal. Creo en su relato bello, ansiolítico y ordenador. Como te decía antes, ¿qué sería de nosotros sin esos relatos que nos permiten pensarnos, explicarnos, ordenarnos a través de sus metáforas? Lo único que nos concierta como humanidad son nuestros relatos en común. Acepto su cosmogonía, esas metáforas que hablan sobre todo de nosotros no de Él, del hombre, retorciéndolo, tironeándolo durante siglos para que diga siempre otra cosa. Para que sostenga un poder económico o tremendas matanzas. O para que pueda detenerlas y hacernos llorar a todos en éxtasis comunal. O para que te lleve a la meditación y te encuentres adentro tuyo gracias a él. Pero si voy a elegirlo como relato, y ésa es tu libertad, busco el que me da, el que me construye. Entonces digo como Einstein que era un raro ateo: “Creo en el Dios de Spinoza”. No me jodan con el represivo. Los mitos tienen tantas exégesis como exégetas y yo elijo aquella que lo aleja de toda oscuridad, de todo carácter vengador. Ése habla del mundo con el que sueño. Un Dios anti represivo, libertario. El mío es un Dios zurdo.