15 de mayo de 2018 - 11:09

Legrotaglie: el ídolo de la ciudad

Por Gabi Jiménez (escritor y ganador del Premio Vendimia)

El Víctor no escribió un libro, escribió una leyenda. Sí, es verdad que hay un libro sobre su vida, le confirmé una vez a un amigo que vive en Rosario y vino a Mendoza preguntando por él, lo hizo un periodista y creo que ya se agotó, habría que consultar en el club, agregué. Ernesto lo buscó sin suerte y volvió a Rosario sin el libro, pero con una historia más sobre las aventuras de El Víctor, una de tantas que tampoco iba a poder comprobar. Nosotros pertenecemos a la generación que no alcanzó a verlo, pero que creció alimentándose de primera mano con su leyenda, relatos de cosas increíbles que le empañan los ojos a los que les toca contarlos.

Quizás exista gente que no sepa quién es El Víctor (no en Mendoza), es posible, hoy se ve mucha Champions y se charla poco con los más grandes. De todas formas, para los más europeos también hay oportunidad de enterarse, hace poco un diario español publicó un ranking donde lo señalaban entre los que más goles de tiro libre habían hecho en la historia del fútbol mundial. Lo cierto es que si le sumaran los doce “olímpicos” quedarían muy lejos de alcanzarlo todas las grandes figuras que son nombradas en esa lista. Pero al Víctor poco le importa eso, como tampoco le importó rechazar las ofertas del Real Madrid, del Cosmos de Pelé y Beckenbauer, entre tantas otras, con tal de quedarse cerca de los suyos.  Yo no lo vi jugar (insisto porque me duele), pero sí he podido hablar con él y preguntarle si es verdad todo lo que se dice. Una vez me contó que cuando era técnico de Gimnasia los dirigentes le pusieron un pizarrón en el camarín, para que diera la charla técnica, pero él lo sacó y lo donó a una escuela del Bº San Martín porque, dice, “al fútbol se juega, los pizarrones son para las maestras”.

De algún modo, no sé cómo, El Víctor se enteró que Ernesto se había quedado sin conseguir el libro. Tampoco sé cómo consiguió el teléfono pero una mañana lo llamó a Rosario para pedirle la dirección y mandarle el libro. Le dijo: “ya que usted ha estado buscando mi libro, yo se lo obsequio, y ni se le ocurra nada raro ¿me entiende?”. Esto lo sé porque me lo contó Ernesto, emocionadísimo.  A mí no me sorprende, pero no deja de ser raro en épocas donde las estrellas se esconden de la gente y los gestos son solo virtuales. Imaginate esto: un tipo que hacía lo que quería, que además se divertía haciéndolo, que antes de ir a entrenar jugaba a la pelota por la gaseosa, que en los partidos apostaba con sus compadres a ver quién le pegaba con la pelota al fotógrafo que estaba detrás del arco, que no duda cuando lo paran por la calle para sacarse una foto y que siempre (insisto, siempre) tiene tiempo para la gente. El Víctor es una leyenda por todas las epopeyas que conquistó dentro de la cancha pero también por todas las cosas simples que hace afuera, continuamente. Un tipo de “buen pie” que se lo puede ver feliz junto a “los de a pie”, bailando en el barrio con los más pibes en la previa a un partido, o teniendo gestos silenciosos para alegrarle el día a algún desprevenido.  El Víctor es el ídolo de la ciudad.

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