Estamos escuchando las noticias del país y del mundo e, inquietos por el vertiginoso devenir de los acontecimientos, buscamos escuchar entrevistas a gente responsable y comprometida con los diferentes cambios. Sin embargo, hay algo que distrae nuestra atención, en forma permanente, hasta transformarse en una molestia porque no nos permite seguir, de modo ininterrumpido, el hilo de la conversación: se trata de la repetición del vocablo ‘digamos’ antes de la emisión de una opinión o de un parecer.
¿Qué significa ese término, más allá de saber que es una forma verbal, que involucra a la primera persona del plural y que puede pertenecer al presente del subjuntivo o al imperativo del verbo ‘decir’?; advertimos que no se trata de esa solución, aunque la palabra esté disfrazada de apariencia verbal: nos hemos chocado con una ‘muletilla’. Al decir ‘muletilla’, inmediatamente pensamos que es el diminutivo de ‘muleta’.
¿Qué tienen que ver los dos elementos, uno de carácter material y el otro, de índole lingüística? Nos quedamos con dos conceptos de la definición académica, aplicables a las ‘muletillas’: se usan como apoyo y sirven de ayuda para mantener, en este caso, el discurso oral espontáneo. ¿Por qué? Sencillamente porque el que habla, ya sea porque debe responder a una pregunta improvisadamente, ya sea porque no conoce a fondo el tema que aborda, está inseguro, pero debe llenar el espacio que le corresponde a su turno de conversación, sin dejar blancos.
Las muletillas admiten diferentes grados: las hay mínimas, reducidas a la vocal ‘e’, prolongada en el tiempo y articulada como [eee], pasando por preguntas que buscan el asentimiento y la complicidad del interlocutor, tales como ‘¿no?’, el repetitivo y cansador ‘¿sí?’, y los conocidos ´¿no es cierto?’, ‘¿está claro?’. También se consideran muletillas el ‘bueno’, que suele insertarse en el comienzo de una afirmación, y el demostrativo ‘este’, con una “e” final alargada.
La Real Academia dice de la muletilla que es una voz o frase que se repite por hábito; también recibe el nombre de ‘bordón’ (“voz o frase que inadvertidamente y por hábito repite alguien con mucha frecuencia en la conversación”); ‘ripio’ (“conjunto de cosas inútiles dichas de palabra o por escrito”); ‘estribillo’ (“voz o frase que por hábito vicioso se dice con frecuencia”).
Según José Martínez de Sousa, hay distintos tipos de muletillas:
a. Los latiguillos: son las muletillas que se repiten constantemente en la conversación y en ciertos medios y que se ponen de moda en períodos determinados hasta que, por fin, se dejan de usar. El 'digamos' es un latiguillo en boga en el momento actual, sobre todo en el ámbito de las entrevistas.
b. La empuñadura: a diferencia de los otros tipos de muletillas, esta clase se define como una frase de carácter tradicional, usada como una fórmula de arranque en las narraciones", tales como "Érase que se era…", "Había una vez…".
c. El timo: es, según la Academia, un dicho o una frase que se repite en el interior de una alocución, del tipo "válgame Dios", "ve tú a saber".
¿Para qué se usan esos apoyos y ayudas insertados en el interior de un discurso espontáneo? Las finalidades son diversas:
a. Pueden servir para llamar la atención y mantener el interés del receptor; todos recordamos a algún profesor que, a medida que avanzaba en su explicación, iba diciendo casi rítmicamente "¿me entienden?", mientras cada uno de sus alumnos, cómplices de esa muletilla o para fingir una total atención, asentía levemente.
b. También pueden ser útiles para indicar que le toca el turno de conversación: "escúcheme", "espere un momento".
c. Cuando no se ha encontrado la palabra precisa o si se desea ganar tiempo para expresar mejor la idea sobre la que se está exponiendo: "digamos", "como muy…", "como quien diría…".
Fuera del ‘digamos’, se pliega a esta finalidad ese casi histérico “¿sí?” o el españolísimo “vale” de muchos hablantes que tratan de transmitir seguridad al receptor, cuando en la realidad lo que nos brindan es la sensación de querer vendernos un producto no terminado o no confiable.
d. Validar o justificar lo que se está diciendo: a esta finalidad obedecen muletillas largas como "no es porque lo diga yo", "por decirlo de algún modo", "como aquel que dice…", "te (les) juro por Dios".
e. Indicar disenso o desacuerdo con lo que se está diciendo: "¿qué querés que te diga?", "¿para qué te voy a contar?".
f. Invitar a la reflexión: Se trata, en general, de verbos en imperativo, del tipo de "imagínese", "figurate", "fijate".
g. Dar por terminada una idea, ya por falta de vocabulario, ya por verdadera pobreza argumental. Aquí ubicamos el tan usado en la actualidad "bueno… y… nada", que en principio fue característico del habla juvenil, pero que, lamentablemente, se ha extendido a las demás edades.
Al releer las páginas del Boletín de la Academia Argentina de Letras, en su número LXXVII del año 2012, encontramos un hermoso artículo de la Dra. Alicia Zorrilla, acerca de las muletillas, verdaderos “tics verbales”.
Ella nos dice sabiamente: “Las muletillas acuden a la boca por dependencia, para no dejar baches en el aire, para que el interlocutor no pierda la atención, para evitar que el muy temido silencio torne embarazoso el instante o interrumpa el diálogo que se desea continuar. […] Hay sonidos virtuosos, meditados, que nacen del espíritu, y ruidos que quiebran la unidad y la armonía de la sintaxis. Las muletillas son esos ruidos, que se corresponden, sin duda, con el ruido incoherente en que vivimos. […] La sociedad actual usa muletillas por discapacidad verbal y espiritual o para ocultarse y huir del compromiso que significa hablar en plenitud […]”