Durante una clase de sinonimia, daba a los estudiantes la diferencia etimológica entre ‘discípulo’ y ‘alumno’. Uno de ellos levantó su mano y me dio, para ‘alumno’, una etimología que ya había escuchado alguna vez y que es falsa; en efecto, ha circulado en algunos apuntes estudiantiles un origen errado para el vocablo pues se ha considerado erróneamente que la ‘a-‘ inicial tiene valor privativo y que significa “sin”, mientras que para el resto del término se ha traído a colación el término latino ‘lumen’, cuya traducción es “luz”.
Así, pues, esta falsa etimología atribuye a la palabra ‘alumno’ el valor de “aquel que no tiene luz, que vive sin luz”. En realidad, quienes dan esa explicación desconocen que el término ‘alumno’ se relaciona, ya en latín, con el verbo ‘alere’, que significaba “alimentar, sustentar, criar, nutrir, hacer crecer, desarrollar, favorecer, engrandecer”.
El Diccionario por raíces del latín y de las voces derivadas, de Santiago Segura Munguía -autor español fallecido en febrero de este año, que consagró su vida al estudio de los clásicos-, nos da el término ‘alumno’ como derivado del verbo mencionado, con el significado de “educado, criado”.
Lo interesante es, además, que ‘alumno’ se vincula por su raíz al adjetivo ‘alto’, cuyo primer significado, por ser el participio de ‘alere’, es “nutrido, alimentado, criado” y, luego, “alto, elevado”.
También, el adjetivo ‘almus’ y su femenino ‘alma’ provienen del mismo origen y se traducen, por lo tanto, como “que alimenta, que vivifica, nutricio”; de allí, entonces, la traducción de la expresión “alma mater” como “madre que vivifica” y que se refiere, por lo general, a la universidad.
Si debemos anteponer un artículo a esta locución latina, deberemos decir “la alma mater”, porque ‘alma’ no es aquí el sustantivo –el alma– que, por comenzar con la vocal A tónica, toma el artículo masculino, a pesar de ser femenino; se trata de un adjetivo –en latín, “almus, alma, almum”– y la concordancia la haremos con el sustantivo de esta locución, que es “mater” y que tiene género femenino.
Otro vocablo cuya etimología suele darse de modo equivocado es el término “adicción”: erróneamente, se interpreta de nuevo la A inicial como “sin” y el vocablo “dicción” como “palabra”; entonces, para este punto de vista, el significado etimológico de “adicción” es “sin palabras”; no es así: el término latino era “addictio” y tenía dos partes: la preposición AD, con el valor de “a, hacia” y el sustantivo “dictio”, derivado de un verbo “dicere”, que toma con la preposición el valor de “consagrarse, dedicarse, abandonarse”.
Así, pues, quien posee una adicción se abandona a una actividad, se consagra a ella; si la adicción es negativa, podemos pensar en “adicción a la droga, al juego, al placer”; si la adicción es positiva, podemos decir, figurativamente, “adicto al trabajo”, pues se consagra a él y se dedica sin medir esfuerzos.
Otros casos en que el hablante hace asociaciones falsas tienen que ver con el parecido externo que tienen entre sí vocablos de diferentes idiomas; ese parecido externo lleva al traductor y al usuario a realizar una mala utilización del término.
Estamos en presencia de los llamados “falsos amigos” o “falsos cognados”; así, si en un texto latino hallamos el vocablo ‘margarita’, nuestra primera asociación, falsa por cierto, es la de traducir el término con el nombre de la flor; pero una rápida búsqueda en el diccionario nos lleva a ver que la palabra latina, igual en su significante a la española, no nombraba a ninguna flor, sino que significaba “perla”.
De allí, entonces, la mala traducción de la locución “echar margaritas a los chanchos” –iactare margaritas ad porcos–, que debió ser “echar perlas a los chanchos”, para indicar que se entrega algo delicado a quien no es merecedor de ello.
En la actualidad, muchas veces escuchamos decir a los estudiantes que se postulan para alguna estadía en el exterior que “van a aplicar para determinada beca”.
El uso de ‘aplicar’ nos llama la atención y es porque se ha calcado el valor del verbo inglés “to apply”. Al respecto, nuestro Panhispánico de dudas nos recomienda: “El verbo ‘aplicar’ no debe emplearse con el sentido de “solicitar, especialmente por escrito”, uso frecuente en el español americano por calco del inglés to apply: *aplicar a un trabajo, *aplicar a una beca. Lo mismo cabe decir del uso de “aplicación” por “solicitud”, calco censurable del inglés “application”.
Otro ejemplo es el inglés ‘exit’, que no traduciremos como “éxito”, sino que deberemos traducir como “salida”, pues se vincula al verbo latino ‘exire’, que tenía el valor de “salir, ir afuera”.
También vemos que en inglés ‘library’ significa ‘biblioteca’, no ‘librería’; ‘success’ significa ‘éxito’, no ‘suceso’. También, en portugués aparece el vocablo ‘vassoura’ y la primera tendencia es traducir el vocablo como “basura”; sin embargo, su significado es “escoba”.
En italiano, hallamos el verbo ‘guardare’, que no traduciremos como “guardar”, sino como “ver, mirar”. El traductor y el hablante común no deben dejarse llevar por el parecido externo de los vocablos extranjeros con las palabras españolas: son falsos amigos que pueden traicionar al usuario desprevenido, si no conoce el riesgo que implica el dejarse llevar solamente por la engañosa apariencia externa.