Cuando hablamos, nos encontramos con una serie de palabras que parecen estar vinculadas, pero que no son iguales en el uso y, por ende, en su valor significativo. Concretamente, me refiero a los vocablos ‘virtual’, ‘virtuoso’, ‘virtud’ y ‘virtualidad’.
Para ser ordenada, primero voy a analizar el origen y aplicaciones de la palabra ‘virtud’: derivado del latín ‘VIRTUS’, en esa lengua el término no tenía como significado primero el de “virtud”, sino el de “conjunto de cualidades que dan al hombre y a los demás seres su valor físico y moral”, significado en el que se destaca, fundamentalmente, el concepto de “valor”. También significaba “poder, facultad, potestad, fuerza, eficacia”.
De allí, entonces, las múltiples acepciones que para ‘virtud’ encontramos en los diccionarios de español: en primer lugar, “actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos”; así, por ejemplo, “La lectura de ese autor tuvo la virtud de hacerme reflexionar”; otro significado es el de “fuerza, vigor o valor”, como en “Son increíbles las virtudes terapéuticas de esa flor”.
Las acepciones más comunes en nuestro hablar cotidiano son la de “integridad de ánimo y bondad de vida” y la de “disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales, como el bien, la verdad, la justicia y la belleza”: “Él es un dechado de virtudes”.
En el habla formal, utilizamos la locución prepositiva ‘en virtud de’, que significa “como consecuencia de lo expresado anteriormente”, así “En virtud de lo expuesto, el juez dispuso la inhabilitación del local”.
La razón de encontrar en la mayoría de las acepciones una base significativa común, la de “fuerza”, “valor” y “vigor”, radica en las dos etimologías que se asignan a ‘virtud’ y al vocablo latino original ‘virtus’: según algunos etimólogos, el término se relaciona con el sustantivo ‘vir’, cuya traducción al español es “varón”; la ‘virtus’ parecía, entonces, una característica de la masculinidad.
Por ello, cuando se encuentra este sustantivo en un texto latino, se lo traduce, ordinariamente, como “valor militar, ardor guerrero, fortaleza del carácter”. Según otras fuentes, el étimo original es el sustantivo ‘vis’, que traducimos al español como “fuerza” y que no está reñido con la primera etimología pues siempre se ha considerado que la fuerza es un atributo varonil.
El adjetivo derivado de ‘virtud’, es ‘virtuoso’, que se aplica a las personas, con el significado de “que tiene virtudes”, “que es característico de una persona” o “que ha alcanzado una gran habilidad para hacer una determinada actividad”: “Ella es una mujer virtuosa”, “Desarrolló una vida cívica virtuosa” y “Esa película muestra a tres virtuosas del piano: abuela, madre e hija”. En relación con esta última acepción, encontramos el sustantivo ‘virtuosismo’, que se define como “perfección en cualquier arte o técnica”: “El bailarín demostró un alto grado de virtuosismo”.
En el ámbito educativo, se insiste cada vez más en la necesidad de hacer virtuales nuestras clases. Y aquí no estamos aludiendo a la virtud ni al virtuosismo, pues en el mundo virtual encontramos más de un contenido desarrollado de cualquier forma y que resulta inútil para el que quiere realmente aprender; el Diccionario integral del español de la Argentina nos indica que el adjetivo ‘virtual’ señala un objeto “que solamente existe en internet o en soporte informático”: “Esa obra se encuentra en la librería virtual”.
Se contrapone el valor significativo de ‘virtual’ al de ‘efectivo’ o ‘real’: “No ando con efectivo en la cartera, me muevo con dinero virtual”. Por ello, también significará “implícito, tácito”: “Es un objetivo virtual, no se explicita, pero es el que permanece latente detrás de esa propuesta”. Otro valor, cercano a los anteriores, es “que aún no es real, pero tiene muchas posibilidades de serlo, de acuerdo al estado actual de los hechos”: “Podemos hablar de un virtual acuerdo entre las dos partes, que aún no fue concretado”.
Si una de las acepciones que hemos mencionado es la que opone lo virtual a lo real y efectivo, ¿por qué se ha acuñado la expresión ‘realidad virtual’? ¿No resulta contradictoria? Ella aparece en el ámbito informático y sirve para designar la representación de escenas o de imágenes de objetos, producida por un sistema informático y que da la sensación de existencia real.
Tenemos, por último, el sustantivo ‘virtualidad’ que, en el diccionario académico, se define, con esa circularidad característica que nada nos aclara, como “cualidad de virtual”. En cambio, nuestro Diccionario integral ya mencionado nos da tres definiciones, con sus ejemplos respectivos, que nos dicen: “Posibilidad de ser de una cosa, una persona, un lugar o una situación que aún no existe: “El conflicto dejó de ser una virtualidad cuando estalló la guerra”. “Irrealidad de una cosa, una persona, un lugar o una situación”: “La virtualidad de un mundo mágico”.
¿Se pueden combinar virtualidad y virtud/virtuosismo? A eso debemos aspirar quienes transitamos la docencia en este siglo XXI: la no presencialidad no debe implicar ligereza ni facilidad. Se debe ser hábil para aliar lo virtuoso y lo virtual; hago mía la reflexión del educador Gustavo Iaies, publicada recientemente en este matutino: “Nuestros alumnos no podrán ingresar en esos nuevos desarrollos si primero no aprenden a leer, a comprender lo que leen, a escribir textos diversos, a resolver problemas matemáticos, a convivir en una escuela con otros, bajo un sistema de normas que les permitan trabajar juntos. De nada sirve enamorarnos de grandes cambios que luego no podremos desarrollar, cubrir, alcanzar… Esa escuela del esfuerzo, del trabajo, del respeto debe convivir con la de la creatividad, la innovación, el trabajo en equipo.
No se trata de cambiar una por otra sino de partir de un orden, de un encuadre, de un modo de hacer para avanzar hacia otro que es diferente, pero que no nos hace perder el que teníamos. Debemos cambiar, no fracturar, nuestra historia, avanzar sobre lo nuevo no es romper con lo viejo sino integrarlo, hacerlo convivir”.