1 de junio de 2014 - 00:00

La ternura y la crueldad

Él, guitarra eléctrica al cuello, sube por las gradas de la Sala Circular y susurra entre la gente: “¿más o menos estáis entendiendo?”, al compás de su cabeza. Luego, enciende lamparitas de cotillón sobre su frente y desliza una estremecedora canción de amor con la oscuridad.

Antes ha dicho con su vocecita más inocente: “Quisiera que la policía me detuviera...Y a todo lo que me pidieran les diría NO”. Frase que introduce uno de sus canciones discursivas más demoledoras.

Poeta de vísceras hispánicas, Albert Pla demostró una vez más que, de su magnífico trabajo textual, resulta el hechizo. Claro que sostenido por ese talento actoral  y, sobre todo, por su vena (tan goyesca) de juglar de los márgenes.

En el intento de sitiar con palabras lo indecible, el vértigo es también un invitado en esta escena, donde Pla se desenvuelve sin cortes acompañado por la gitarra gitana de Diego Cortés.

Hábil en el arte de convertir frases en navajas, Albert enciende un cigarrillo en el centro del círculo y pregunta como si nada  “¿Tú que quieres quemar? Digamos...por ejemplo...que quieres quemar todo Estados Unidos” a modo de intro de “La colilla”, una épica explosiva e irónica que cuenta las peripecias de cómo una simple colilla pisoteada hace estallar estrella por estrella el circo americano. “Esta es la historia de un cigarrito/ o mejor dicho de la colilla/ de un cigarrito que fue rodando/ desde Laredo hasta Washington./ Pa' una colilla la chispa de la vida/ no es la coca-cola, que es la gasolina/ ¿Que es lo que pasa si una colilla/ se cuela en una gasolinera?”.

Pero quizá alguien, quien no conozca la obra de Pla, se pregunte si es “aceptable” esa arenga incendiaria. Precisamente por eso fue censurado en España (recordemos esa polémica “invocación al Rey”, donde sincera literalmente “me cago en las dinastías”). Hay que oírlo y verlo para entender desde qué lugar crea y dice.

Heredero de los apaleados príncipes de la lucidez, cambia el chaleco de fuerza por la camisola rústica del pastorcillo y usa la ironía como veneno y antídoto a la vez. Así, reclama la inocencia detrás del crimen y apunta a los ojos: “Más vale pregunta en mano que cien respuestas volando”.

Por supuesto, el público pidió bis. Y lo que siguió fue una canción de amor surreal.

Lástima que no podamos retenerlo aquí para que los que no fueron el viernes puedan tener la experiencia. Es que tiene que partir a Córdoba y luego a Buenos Aires para contunuar con su “Todo es mentira”. Pero están advertidos para no perdérselo la próxima: todos terminamos aplaudiendo de pie.

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