¡Qué maravilloso poder descubrir con los alumnos una etimología clásica en palabras usuales en esta segunda década del siglo XXI! Quienes no han tenido la fortuna de acceder al latín y al griego en sus estudios secundarios o universitarios se han visto privados de conocer la incomparable riqueza de aquellas lenguas, a las que mal se denomina “muertas” cuando, en realidad, son clásicas por su permanente vigencia. Una palabra de origen griego o latino puede, después de haber atravesado siglos de historia, iluminarnos una perspectiva o aclararnos un uso.
El otro día, una colega me preguntaba qué significaba la expresión “persecuta” y el vocablo “quía” y si era legítimo usarlos. En relación con “persecuta”, debemos decir que el diccionario académico de la lengua española no registra el vocablo, pero que sí figura en otros diccionarios: el término tiene raíz latina, pues deriva del verbo deponente de tercera conjugación “persequor, persequeris, persequi, persecutus sum”, cuyo significado era "perseguir".
El vocablo deriva del participio pasado de ese verbo, que era “persecutus, -a, -um”. Sí aparece registrado en el Diccionario de americanismos (Perú, Santillana, 2010), obra de la ASALE (la asociación que nuclea a las veintidós Academias de lengua española del mundo).
Al respecto, dice este diccionario: "Sustantivo femenino usado en Chile, Argentina y Uruguay, con el valor de "delirio persecutorio"; es propio del habla espontánea. Este mismo diccionario añade que en Argentina y en Chile, se llama "persecuta", con forma invariable para masculino y femenino, a la "persona que padece delirio persecutorio". Criterio semejante sigue el Diccionario integral del español de la
Argentina, que define esta palabra como “creencia obsesiva de ser objeto de persecución o mala voluntad por parte de alguien”. Da como ejemplo “Anda con la persecuta de que lo quieren echar”.
Muy interesante es también la explicación que da el Diccionario etimológico del lunfardo, de Oscar Conde (Bs. As., Taurus, 2004) que dice de “persecuta” que es “paranoia, manía persecutoria, obsesión, idea fija, generalmente no relacionada con la realidad”. Según esta fuente, se forma por abreviación de la frase 'manía persecutoria', con apócope del adjetivo, derivado de 'perseguirse', con el valor de "obsesionarse". En todos los casos señalados, hay que destacar que el vocablo tiene uso coloquial.
En cuanto a “quía”, es necesario diferenciarlo de “quia”: la primera de estas palabras, según Conde, se origina en el pronombre indefinido latino “quidam”, cuyo significado era “cierto, alguno”; en lunfardo, se usa “quía” para indicar a una persona indeterminada, a alguien vil, a un sujeto despreciable y de poco valor, cuyo nombre se ignora o se quiere omitir. En forma coincidente nos dice el Diccionario integral ya nombrado que “quía” es un vocablo de uso coloquial, que designa a una persona sin mencionar su nombre: “Pedile permiso al quía para salir”.
En cuanto a “quia”, sin tilde, su registro se da en la última edición del diccionario académico, en que aparece como una interjección coloquial, proveniente de la expresión “¡qué ha de ser!”. De ella se callan los últimos elementos y la “e” del “qué” se pronuncia como una “i”, de lo cual resulta “quia”. Esta interjección denota incredulidad o negación.
Cuando estudiamos la descripción de los ríos, para hablar de los cursos de agua en la llanura, con muchas sinuosidades, se habla de “meandros”. Con respecto al origen del término, la Fundéu (Fundación del español urgente) nos dice: “Pocos saben que el origen de esta palabra está en el nombre del río llamado Maiandros por los griegos, que pasó al latín como Meander y hoy es conocido como Büyük Menderes.
Este río fluye a lo largo de casi cuatrocientos kilómetros en Anatolia, la península más occidental de Asia, que en la actualidad forma parte de Turquía y es más conocida como Asia Menor. Sus aguas desembocan en el mar Egeo después de un curso extremadamente sinuoso. Durante la civilización griega, en una de sus márgenes se encontraba la ciudad de Mileto, cuna de la escuela filosófica de Tales”.Hoy, la definición de “meandro” nos dice que corresponde a cada una de las curvas que describe el curso de un río y, por extensión, se denomina así a las curvas de un camino.
Por último, ¡cuántas palabras acabadas en –nte (-ante, -ente, -iente) hay en nuestro idioma! Ellas son un vestigio del participio presente de los verbos latinos: hoy pueden actuar como adjetivos o como sustantivos. Así, un “amante” es alguien que ama; un “estupefaciente” es una sustancia que produce estupefacción, pasmo o estupor; un “estante” es un anaquel, pero etimológicamente es “lo que está de pie”; un “presidente” es el que está sentado adelante y que, por lo tanto, preside un país, un consejo, un tribunal, etc.; alguien “inteligente” es alguien “que entiende”; “paciente” es el “que soporta” y el “tolerante” es el “que tolera”.
Y ya estoy oyendo la pregunta: ¿verdad que no puede decirse “presidenta”? La respuesta es que sí puede decirse la forma femenina; al respecto, leemos en la Nueva gramática de la lengua española, aparecida en 2009: “Se dan algunas oposiciones –ante/-anta, -(i)ente/-(i)enta, sin connotaciones particulares o significados sobreñadidos: cliente/clienta; comediante/comedianta; congregante/congreganta; dependiente/dependienta; figurante/figuranta; intendente/intendenta; presidente/presidenta; sirviente/sirvienta.
No obstante, en algunos países se emplean estos sustantivos como comunes con respecto del género. Así, por ejemplo, “la cliente” alterna con “la clienta” tanto en el español europeo como en el americano (…) y coexisten las formas “la presidente” y “la presidenta” en muchos países americanos”.
Se ha observado que la forma femenina añade algunas connotaciones diferentes a los valores que corresponden al sustantivo común. Entonces, por ejemplo, “una gobernante” es una mujer que gobierna un país, mientras que “una gobernanta” es la mujer que tiene a su cargo personal de servicio; “asistenta” toma el sentido de “empleada de hogar”, mientras que “asistente” se referirá a la mujer u hombre que hayan elegido esa carrera y profesión: el/la asistente social.