14 de marzo de 2015 - 00:00

La riqueza se vuelve pobreza

Hablábamos en la columna anterior acerca de los comodines que se usan en el habla, que llenan el espacio, pero que indican pobreza léxica y pereza intelectual por parte de los usuarios.

Nos habían quedado pendientes dos de ellos, muy conocidos por todos nosotros: en primer lugar, ese “nada” que tanto se escucha en boca de los adolescentes y, lo que es más grave, de los que quieren imitar su hablar informal; en segundo lugar, el ¡dale!, con sus variantes, usado con distintas intenciones.

El hablante que cierra un relato o una enumeración con un “y… nada”, lo hace porque no sabe cómo precisar sus afirmaciones o cómo completar una serie de elementos o de argumentos; sucede con este “y… nada” o su variante “y bueno… nada” lo mismo que ocurría cuando se estaba enumerando hechos y no se sabía qué otro agregar; entonces, se recurría al salvador “etcétera”, que parecía sellar de modo convincente una serie incompleta.

En efecto, escuchamos las entrevistas en los programas televisivos y ya no nos sorprende oír respuestas como “Cambié el dinero y bueno… nada”. ¿No sabía qué decir o no quería contar el final? Nos queda la duda, pero es muy probable que, ante la falta de un contenido preciso, se cierre la comunicación con esa fórmula estereotipada que da por finalizado el diálogo.

Al respecto, nos dice la Dra. Zorrilla en el Boletín de la Academia Argentina de Letras (LXXVII, 14): “Las muletillas –para muchos, verdaderos residuos verbales- profanan la inteligibilidad del mensaje, le rinden culto a la superfluidad”.

Al decir “nada”, nos dice esta lingüista, el hablante “no puede decir más porque no hay más. Se niega la realidad por cómodo descontento, se ignora la poesía de cada instante por ceguera espiritual y se acude a la sonoridad de lo insustancial, que es la forma más acabada del silencio de lo dicho”.

El Diccionario de la lengua española, de la Real Academia, nos dice que “nada” puede ser un pronombre indefinido que significa “ninguna cosa” y que es de género masculino: “Nada nuevo bajo el sol”.

También puede desempeñarse como sustantivo femenino, con el valor de “no ser, carencia absoluta de ser”: “Su frivolidad nos conduce a la nada”. Otras veces, “nada” puede desempeñarse como un adverbio que modifica a un adjetivo o a otro adverbio, con el valor de “en modo alguno, de ninguna manera”: “Me dio una noticia para nada agradable” y “No me siento nada bien”.

Es también frecuente el uso de “nada”, más la preposición “de” y un adjetivo, junto a los verbos “haber” y “tener”: “Su discurso no tuvo nada de extraordinario” y “No hay nada de raro en su propuesta”.

Ninguno de estos usos, considerados correctos en el habla culta, aparece en los ejemplos detallados al principio, en los cuales cumple la función de llenar un espacio sonoro, pero vacío de contenido.

El otro vocablo que actúa como un comodín es “¡Dale!”, forma verbal imperativa con un pronombre enclítico, que se ha lexicalizado con propiedades de interjección y que se carga de diferentes significados: el primero es el que sirve para estimular, con el valor de “Vamos, adelante”. En este sentido, puede repetirse en la locución “dale que dale”. Así, lo percibimos en esta canción del cordobés Pablo Tamagnini; allí vemos la expresión “dale que va”:

"Si los miedos te dominan, y no encuentras la salida,
Dale que va, dale que va, dale que va,
Nunca bajes los brazos,
Aunque te quieran bajar,
Es mejor estar peleando,
Que entregado y sin soñar,
Dale, dale que va, dale, dale que va".

Un sentido similar es el que le confiere al “dale” un valor exhortativo, para generar entusiasmo por una tarea o actividad: “Vos dale a la informática que te va a ir bien”; también, el valor que insta a seguir en una línea de conducta, aunque ella no sea la correcta. Así, en el tango “Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo, escuchamos:

"¡Siglo veinte, cambalache 
problemático y febril!... 
El que no llora no mama 
y el que no afana es un gil! 
¡Dale nomás! 
¡Dale que va!"

El diccionario académico mencionado registra la forma “dale” como equivalente a “vuelta”, con dos significados: el primero, como interjección, usado para reprobar con enfado la obstinación o terquedad: “Dale vos con esas ideas”; el segundo, para mandar a alguien que vuelva algo hacia alguna parte: “Dale a la derecha con cuidado”.

Al contrario, puede servir para rogar: “Dale, no seás así, perdoná a tu padre”. El ruego puede hacerse exigencia: ¡Dale, que vamos a llegar tarde!”

El uso que se registra más es el que indica consentimiento o el que señala que algo está bien: “-¿Rindamos ahora? –Dale”. “-Ya te llamo a Pablo. –Dale”.

Otras veces, indica incredulidad: “-Anunciaron aumentos de sueldo. –Dale, te voy a creer”. Y, también, puede ser un sinónimo de “comience”: “¡Dale, empezá a cantar, que la gente está impaciente!”

Llegó la onda
Existe otro vocablo que, si bien no es un comodín, se convierte en un favorito en el ámbito juvenil, para señalar diferentes situaciones: nos estamos refiriendo al sustantivo "onda".

Vemos que, en determinados contextos, no tiene su valor original de “ondulación”, “movimiento” o “curva”, sino otros relacionados con la moda o con la buena o mala fortuna de alguien. Así, si decimos que algo o alguien “está de onda”, se quiere indicar que está de moda: “Ese corte de cabello está de onda”.

También, si decimos que alguien “está en la onda”, habremos querido significar que está al corriente de las últimas tendencias o que tiene un cabal conocimiento de lo que se habla”: “María está siempre en la onda”. Lo contrario, también como una locución coloquial, es “estar fuera de onda”, para señalar que se está desfasado o que se está desconectado de la realidad: “Ya hace tiempo que ella está fuera de onda”.

Cuando nos enteramos de algo o tenemos una noticia, decimos que nos “llegó la onda”; si tenemos “buena onda”, significa que tenemos una actitud positiva hacia alguien, mientras que si “tenemos onda con alguien” habremos querido indicar que sentimos por esa persona una inclinación afectiva y espontánea.

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