8 de agosto de 2015 - 00:00

La reapertura de embajadas y los jóvenes cubanos

Pese al reciente restablecimiento de relaciones con EEUU, aún no se advierten cambios significativos en la calidad de vida de los cubanos. Muchos jóvenes siguen sin motivación, practicando rutinas monótonas y con la expectativa de emigrar.

Entre una obra en construcción y los cascos de lo que alguna vez fueron majestuosas residencias coloniales, estaba en marcha un juego de básquetbol. Todo el barrio llegaba a la calle repleta de escombros para un poco de entretenimiento nocturno. No era gran cosa.

Una cancha de cemento poceada, un tablero rajado y, por aro, un pedazo doblado de un caño. Nadie pagaba absolutamente nada por gozar de la brisa del mar, la puesta del sol o el juego.

Mientras, los medios informativos zumbaban de actividad en torno a la nueva Embajada de Estados Unidos en La Habana, la cual había reabierto por primera vez en más de 50 años, a duras penas corrió la noticia entre los jóvenes cubanos sobre los muchos cambios en puerta en su nación.

“¿Cambio? Mi vida no cambiará”', dijo Yunior Rodríguez Soto, de 17 años, parado junto a la cancha con unos pocos amigos. “Quiero decir, mire cómo estamos viviendo, mire cómo estamos jugando”, dijo, apuntando al aro, que había sido derribado y estaba torcido.

Hizo una pausa. La pelota salió volando lejos de la cancha y un amigo corrió a recuperarla. En su mente, el cambio vendría a pesar del gobierno, no debido a él. “Ellos no permitirán que pase”, dijo, refiriéndose al gobierno cubano. “Simplemente son así”.

Se ha dado mucha prensa al histórico cambio en proceso en Cuba, donde el gobierno está progresando a grandes pasos a fin de abrir la deficiente economía a mercados mundiales y restablecer las relaciones con EEUU por primera vez en medio siglo. Para muchos, eso ha elevado la esperanza de nueva prosperidad.

Sin embargo, hay un aire de cinismo entre jóvenes cubanos que consideran los ideales de la revolución de Fidel Castro tan anticuados como los destartalados automóviles que recorren las calles de La Habana.

Pese a la bienvenida a la apertura política y la reforma económica, es improbable que ese tipo de cambios afecte sus vidas en el futuro cercano. El cambio mensurable vendrá lentamente, entre el deseo de la dirigencia de prosperidad y su determinación a mantener el control.

Incluso con evidencia del cambio en las calles de La Habana -nuevos centros nocturnos, bares y luminosos restaurantes que rivalizan con aquéllos de vecinos caribeños más ricos- la vida para muchos cubanos ha mejorado realmente muy poco. Y eso bien pudiera significar el mayor desafío de las autoridades cubanas en los próximos años: administrar las expectativas.

“Hasta ahora, la única manera de ver el cambio es hacer un bote y zarpar”, dijo Dayán Roa Santana, de 20 años de edad, jugador cubano de béisbol, quien hizo eso precisamente a finales de diciembre.

El 30 de diciembre, alrededor de dos semanas después de que el gobierno anunciara que restablecería relaciones diplomáticas con EEUU, Roa Santana partió con rumbo al norte en un endeble bote que él construyó con un amigo. Tras unos pocos días en el mar, fue capturado por la guardia costera de EEUU y enviado de vuelta a casa, donde fue obligado a pagar una onerosa multa. Ni bien pueda ahorrar dinero para la próxima travesía, dice, se marchará.

Casos como los de Roa Santana no son nuevos y los funcionarios son bien conscientes de que ellos agravan un problema demográfico que ya está socavando una reforma económica.

A diferencia de muchos países en desarrollo, que gozan de grandes poblaciones de jóvenes, Cuba se asemeja a las comunidades de residentes ya entrados en años del norte de Europa o Japón, sociedades con grandes dificultades para financiar a sus viejos sin el motor de la juventud. Casi 20%de la población cubana es mayor de 60 años, convirtiéndola en la más vieja de toda América Latina.

Funcionarios y analistas dicen que el cambio económico forma parte de una estrategia enfocada a persuadir a los jóvenes a que se queden y tengan familias, reemplazando al cuantioso sector público con más empleos privados, promesa que ha tardado en cobrar forma.

Durante varios años, el gobierno ha intentando fomentar más desarrollo del sector privado. Restaurantes, peluquerías y alrededor de otros 200 negocios aprobados dan empleo actualmente a casi 400.000 personas, según cifras del gobierno. La reforma de los bienes raíces ya fue promulgada, en tanto el sector turístico está en auge, aunque sin la infraestructura para soportarlo.

Sin embargo el gobierno, luchando por equilibrar el crecimiento económico con el control del estado, a menudo opera con fines contrapuestos. Propietarios de pequeños negocios están sometidos a una rebuscada estructura con pesada supervisión del gobierno, donde la empresa libre a menudo es reprimida por un estado al que le cuesta trabajo dejar que las cosas pasen.

Ese tipo de realidades son mortificantes, en particular para la generación más nueva de cubanos, como José Luis Rodríguez Roig, de 24 años de edad, quien es dueño de una cafetería privada con su padre, la cual vende pizzas, hamburguesas y café.

Para comprar harina, dice Rodríguez Roig, los precios del gobierno con frecuencia son demasiado altos para producir una ganancia. Así que él, como otros cubanos, recurre al mercado negro, lo cual pudiera ponerlo en aprietos.

“Hay trucos aquí y allá, pero la ley no va a cambiar”, explicó, en una fiesta ya entrada la noche en la azotea de la casa de un amigo en La Habana.

Uno de sus amigos no coincidía, argumentando que el gobierno estaba pasando por un cambio, generando una conversación que ahora se desarrolla a lo largo del país.

“¿Cómo no puedes verlo?” insistió su amigo, Alejandro Rodríguez Zaldívar, de 30 años, quien era el anfitrión de la fiesta en la casa de su tía. “Hay una embajada y la gente está empezando a pensar diferente. La generación de mi abuelo fue revolucionaria. La generación de mi padre lo fue menos. Por ahí va la cosa”.

Rodríguez Roig meneó la cabeza y sacó un cigarrillo.

“¿Me preguntó qué cambio veo? Nada”, concluyó, extendiendo su brazo sobre los techos de las casas bajas hacia el mar. “Solo porque haya una embajada por allá, eso no cambia nada”.

Con todo, Cuba es un lugar diferente con respecto a una década atrás, con una incipiente serie de paladares de alto nivel, o restaurantes privados, donde los precios pueden rivalizar con destinos turísticos de mayor opulencia en el Caribe.

Más adolescentes en buena situación tienen una diversidad de opciones de las cuales elegir, incluyendo La Fábrica de Arte Cubano, una ex planta de aceite de maní que exhibe todos los sellos distintivos del Brooklyn chic: ladrillo visto, acentos industriales, incluso una vieja chimenea asomándose sobre el edificio contiguo. El local abierto hace poco, empresa conjunta entre un prominente músico cubano y el estado, es un ejemplo de lo que el estado se está proponiendo alcanzar, ya sea que la juventud se dé o no cuenta.

LAS MAS LEIDAS