Hemos crecido escuchando que el fútbol está en el ADN de los argentinos. Pasión popular, creo ha sido la frase más usada para referirse a este deporte que forma parte de nuestra cultura (conjunción de acuerdos sociales -tangibles o tácitos- que ayudan a definir la identidad de un país, de una región o de una ciudad) y que por ende pertenece al pueblo.
Primero porque el fútbol se ha convertido en un negocio gracias a que hay una masa indefinida de gente que lo ha puesto en un lugar muy importante de su vida y eso hace que un aficionado del fútbol se siente con derecho a opinar, a criticar, a respaldar. Porque ha defendido a su equipo, porque lo ha gozado, porque lo ha padecido, porque lo ha llorado, porque lo ha mantenido.
Para ellos, cada vez que pagan una entrada, hay cosas en juego más profundas: la identidad, la cultura, los sentimientos, la pasión, la camiseta, la manera de ser, la manera de estar, la manera de vivir, la manera de entender el mundo, que para ellos pasa más por lo visceral que por lo racional.
No entiende entonces cómo puede ser que un grupo de dirigentes decidan en un escritorio qué debe pasar y qué no en un certamen. Que se siga jugando con la pasión de los hinchas para enriquecerse de forma espuria. Cómo puede ser que este juego, porque para ellos es un juego y no un deporte (la diferencia es que en el primero no hay dinero de por medio), tenga una faceta que supera una pelota que rueda y que es nada más y nada menos que billetes en el banco.
El fin de semana pasado volvió a tener a los árbitros como protagonistas en las definiciones. A Gimnasia le anularon un gol en el partido frente a Estudiantes de Río Cuarto que hubiera significado el empate y lo habría puesto al Lobo en carrera para haber definido el ascenso a la B Nacional en un partido final frente a Central Córdoba de Santiago del Estero. Como el Lobo no había tenido un buen desempeño, los simplistas aseguran que no hay nada de qué quejarse.
Es como justificar que a uno le roben el auto porque no lo guardó en una playa.
El árbitro y sus ayudantes (porque muchas veces son estos últimos los que toman decisiones que tuercen el destino) están ahí para que se haga justicia, para eso se los capacita. Son humanos, es real, pero sus sentencias deben ser lo más ajustadas a la realidad y no dejar lugar a la sospecha.
Ya demasiado tenemos con la justicia en el país, donde los jueces van y vienen con fallos en los que están involucradas personas.
También hubo varios fallos sospechosos en el partido en el que Central Córdoba de Santiago del Estero le ganó a Defensores de Villa Ramallo, el que había llegado con una esperanza al Norte, pero al que le demostraron que soñar era una quimera.
La semana anterior, el claramente perjudicado había sido Independiente Rivadavia, al que le anularon un gol frente a Deportivo Riestra, equipo muy comprometido con el descenso por los puntos que le descontaron el día que ascendió debido a que los hinchas entraron al campo de juego.
¡Oh casualidad! Esta semana Riestra volvió a quedar en el ojo de la tormenta por la actuación del árbitro en el partido frente a Aldosivi, equipo que fue derrotado y perdió la punta del certamen.
“Hicieron lo que tenían que hacer. A nosotros nos critican, nos dan palos, pero de los árbitros no habla nadie. En este país hay una corrupción terrible.
Acá hay cosas dentro de la cancha que ustedes no la ven porque están afuera”, dijo Roberto Brum, uno de los jugadores de Aldosivi, haciendo referencia a polémicos fallos en Almagro 2-Flandria 1 y en San Martín de Tucumán 3- Brown de Madryn 0, resultados que obligaban a Aldosivi a ganar.
“En esta categoría hay un poder futbolístico por encima de todo. ¿Quién lo tiene? No lo sé, sé que nosotros no lo tenemos, Estudiantes de Río Cuarto no lo tiene, ¿quién lo tiene? Ojo, Central Córdoba es un equipo que juega bien, nosotros no le pudimos ganar, fuimos perdiendo. Pero es la realidad, y está pasando en otras categorías también. Vi partidos del Nacional B, dos manos dentro del área de Flandria que no cobraron penal, por ahí hay muchas situaciones de presión que los árbitros no saben manejar”, dijo más o menos en la misma línea Marcelo Fuentes horas antes de que la dirigencia de Gimnasia le comunicara que no seguiría al frente del plantel mensana. No hay que olvidar que Fuentes venía de ser técnico de los santiagueños y debe conocer algo de esto.
Es importante que los protagonistas comiencen a hablar, se animen a sacarse el casete que han tenido durante años. Llegó la hora de que los que se rebelen ahora sean los dirigentes.
“Si decimos algo seguro que nos perjudican”, es la frase recurrente que uno escucha en los estadios.
No hablar los hace cómplices de todas las cosas que el mundo del fútbol ve que pasan. Eso deberían tenerlo en cuenta. Y el hincha debe también despertarse, darse cuenta que no se puede dejar más que se juegue con su amor. Sin hinchas en las canchas, el negocio irá directo al fracaso y no habría posibilidades de negociados. Porque sin público para consumirlo, el producto no tiene razón de ser.
Nadie ganó una lucha quedándose sentado y, por su salud, el fútbol argentino necesita de gente dispuesta a instalarse en las trincheras.