16 de febrero de 2015 - 00:00

La inflación sigue siendo el enemigo escondido

Mientras se suceden reclamos de diversos sectores por la falta de competitividad, el Gobierno sigue generando suba de precios mientras frena la economía.

Por Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes

Después de la muerte de Néstor Kirchner, una camada de tecnócratas se apoderó de los conceptos económicos del gobierno y puso a disposición de Cristina Fernández de Kirchner una serie de argumentos seductores que, lógicamente, la presidenta compró con entusiasmo.

Los argumentos se basaban en una serie de pensamientos, supuestamente, de un modelo inventado que se simplificaba con la denominación de “marxismo keynesiano”, con perdón de Marx y de Keynes. Sus bases eran que las reservas del Banco Central no debían estar guardadas y debían ser utilizadas para hacer políticas sociales o de desarrollo. También servían para pagar los vencimientos de deuda sin complicar al Tesoro.

Los mayores exponentes eran Axel Kicillof y Mercedes Marcó del Pont, aunque su escuela estaba llena de gente que venía estudiando esto. Ellos convencieron a Cristina de que la emisión monetaria era una actitud virtuosa que permitía el crecimiento a través del consumo y que la inflación no era por la emisión sino por efecto de la puja distributiva entre los “grandes monopolios” o “grupos concentrados” que querían apoderarse de esa mayor monetización aumentando los precios.

A partir de esta ficción teórica, con bastantes antecedentes de fracasos estrepitosos, no sólo en Argentina sino en otros países, la inflación comenzó a galopar desde 2010 con su lógica de crecimiento en espiral mientras el gobierno congelaba el valor del dólar como ancla para contener la inflación.

De esta manera se fue consumiendo la ventaja competitiva que tenía el tipo de cambio y el impacto fue sobre las economías regionales.

El gobierno no valoraba el proceso porque estaba engañado por los altos precios de la soja y las exportaciones de autos a Brasil. Pero a fines de 2013 el proceso no sólo ya había agravado todo sino que la suba del precio del dólar a nivel global impactó, llevando a la baja los precios de la soja y otras materias primas. También complicó a Brasil ; las dos locomotoras que tenía el gobierno, dejaron de tirar.

Sin los arietes tradicionales y con la inflación creciendo como un dragón que se va consumiendo todo lo que encuentra, el gobierno optó por una política restrictiva. No quiere que el dólar crezca, mientras en el mundo todas las monedas se devalúan ante un dólar cada vez más fuerte.

Esto nos pone en una situación de apreciación del tipo de cambio como en la convertibilidad, pero en un escenario más grave. En aquel entonces no había inflación y el proceso fue más lento.

Hoy los actores de la vitivinicultura se pelean por precios que no alcanzan porque la inflación destruyó la rentabilidad y el capital de las pequeñas empresas mientras aportaba un anabólico adictivo al consumo. En enero se batió el récord de consumo de argentinos con tarjetas en el exterior y cada vez será más conveniente para los consumidores pero letal para la producción.

El misterio está en el veneno de la inflación. No puede ser que los argentinos hayamos caído nuevamente en la indolencia de aceptar otra vez este proceso nefasto a cambio de migajas, mientras se pone en riesgo la vida de las empresas y el empleo de los trabajadores.

El gobierno está buscando en el fondo de la lata del mundo y encontró a China, que no hará ningún favor sino un negocio fenomenal, como el que hace cualquiera que tiene plata con un desesperado que le pide ayuda. Mientras tanto recurre a métodos tradicionales de ajuste que terminan ralentizando el ritmo del nivel de actividad.

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