También otras como ¿se puede observar una “primera elección” desde la infancia?, ¿los padres y docentes pueden ayudar a desarrollar las elecciones vocacionales desde pequeños y en la adolescencia?. Profundizando en este tema, se advierte que la respuesta no es fácil, ni tampoco única para todos los niños y jóvenes cuyas trayectorias vitales son particulares, recorridas con influencias variadas, desde las historias escolares, juegos y un sinfín de experiencias que van colaborando en la formación de intereses y disposiciones para ciertas áreas o ámbitos del saber.
Para empezar, hay que romper con algunos mitos, entre ellos: “la vocación aparece en una determinada edad”, “la vocación es una y para siempre”. Hoy se concibe a la elección vocacional como una construcción, no aparece como algo puntual; cada proceso es único y hay diversas maneras y momentos en los que se manifiesta en cada persona. Puede que algunos recuerden una inclinación marcada hacia ciertas actividades desde la infancia, mientras que otros cristalicen en la adolescencia preferencias cercanas a algún ámbito del conocimiento. Aun así, no se piensa en una vocación cerrada y “para toda la vida”, sino abierta a cambios y a nuevas elecciones, incluso en la etapa adulta.
No obstante, respondiendo a los primeros interrogantes de la nota, padres y docentes pueden estar atentos y advertir en la infancia todo lo que despierta interés especial en el niño de una manera constante; también a las habilidades y capacidades que van evidenciando en juegos y en la escuela; los objetos que generan mayor curiosidad, placer, a los que le dedica su tiempo. Pueden observar si es creativo, solidario, divertido, comunicativo, si prefiere callar, hablar, construir, dirigir, defender a otros, jugar al fútbol, cantar o investigar, entre otras cosas.
El juego siempre muestra los intereses de un niño. Es evidente que los niños seleccionan los juguetes que les gusta, descartando los que no les interesan y cuando juegan con ellos los emplean de distinta manera. Los niños que rompen sus juguetes, generalmente para ver que hay dentro, demuestran curiosidad y afán de exploración; otros niños los cuidan con esmero, los adornan y llegan a conservarlos hasta que son mayores; hay quienes los intercambian con sus amigos y hacen canje de los mismos, entre muchas posibilidades. El juego es el aprendizaje de la vida, es el ensayo necesario para la vida adulta que puede mostrar de una manera clara y sencilla la inclinación de una persona. También en esta etapa los niños se dedican a imaginar, a jugar a “ser grande” y se desarrollan todo tipo de roles, de médico, cantante, bombero, maestra etc. aprendiendo así a conocerse jugando y a poner en práctica algunos incipientes intereses.
Algunas teorías psicológicas afirman que “La infancia es el mejor momento para descubrir vocaciones”, porque el niño aún no ha desarrollado prejuicios que lo confundan. Es la etapa en la que se conecta con sus deseos y con gustos que genuinamente le provocan placer. Desde esta mirada, trasladar ese placer a un trabajo sería una manera de elegir.
No obstante, si bien desde la infancia puede haber registro de indicadores vocacionales de cada niño en función de los juguetes que seleccionan para jugar, el modo de hacerlo y la forma en que se relacionan con los demás, se debe tener especial cuidado en padres, familiares y maestros en no “etiquetarlos” a partir de estas observaciones. No siempre lo que interesa de niño coincide con una futura ocupación o carrera, ya que los juegos infantiles son claramente espacios para el ocio, para el disfrute y para el desarrollo de habilidades para la vida. Los clásicos “yo te veo ya médico”…. “siempre pensé que serías….” suelen acotar los espacios de libertad para analizar luego variadas opciones que se descubren más tarde.
En algunos casos, quedarse en el “mandato infantil” de las elecciones de esta etapa puede obstaculizar el crecimiento, el despliegue del análisis de nuevas y diversas posibilidades. Precisamente durante la adolescencia los jóvenes tienen como tarea el desarrollo de su identidad vocacional, y en esa construcción influyen nuevos aspectos o factores para la elección vocacional, algunos de ellos son: un renovado concepto de sí mismo, ampliados intereses y habilidades, múltiples experiencias de aprendizaje en contacto con áreas o campos ocupacionales a las que han accedido a través de las asignaturas de la secundaria, conocimiento e información de roles ocupacionales a través del acercamiento a otros adultos, dada la ampliación de sus vínculos sociales.
En los procesos de orientación vocacional se suelen trabajar preguntas como las siguientes: ¿desde cuándo empezaste a pensar en la carrera?, ¿por qué has elegido esa profesión/ocupación?, ¿qué has mantenido y qué has cambiad desde tus primeras elecciones?, de lo que se desprende una reflexión sobre los intereses de la infancia y la adolescencia, tomando conciencia de la dirección principal de sus esfuerzos y qué es lo que más valor ha tendido para ellos en su vida.
La elección de una carrera es un tema relevante y complejo para cada joven, ya que en esta elección se recuperan de modo significativo experiencias de las etapas vividas hasta el momento: infancia y adolescencia, integrando de una manera creativa estas valiosas informaciones para proyectar sus expectativas a futuro.
¿Hay intervenciones que favorecen el desarrollo vocacional?
Una pauta a tener en cuenta es trabajar en la toma de decisiones a nivel familiar y escolar. El aprender a tomar decisiones es una parte muy importante de la preparación para la elección vocacional y se puede formar desde la infancia y adolescencia en la elección de juegos, de deportes, de actividades extraescolares. La elección de la escuela secundaria y su orientación, si bien es un tema complejo a esa edad puede ser acompañada a través del análisis y selección de alternativas posibles, preparando para el análisis de opciones futuras. Por otro lado, hoy es un imperativo integrar la orientación vocacional al currículum tanto de la escuela primaria como secundaria.
Históricamente, la orientación ha sido una tarea anexa o separada del proceso de enseñanza y aprendizaje de la escuela; no siendo concebida como un proceso constitutivo del enseñar y el aprender. En la actualidad existe consenso en considerar la orientación vocacional estrechamente vinculada al proceso educativo.[1] En este modelo, la orientación se contempla como un concepto que impregna todo el currículum, interrelacionada con el proceso de aprendizaje, de tal modo que hay varios actores en la orientación: padres, docentes, profesional orientador, cada uno con roles propios.
Los padres se constituyen en los primeros orientadores, brindando confianza y apoyo al desarrollo de su hijo propiciando el despliegue de capacidades e intereses. Los docentes proporcionando experiencias de aprendizaje que acercan a los estudiantes a diversos ámbitos del saber. Los orientadores, acompañando el proceso desde su rol profesional.
En síntesis, en la elección vocacional es importante la tarea de cada joven de recuperar en su historia personal hitos o momentos significativos, juegos infantiles, experiencias diversas educativas, elecciones previas. Es necesario también en este momento rescatar la pasión vivida en algunos aprendizajes, el placer de ciertas experiencias, las satisfacciones y logros obtenidos, componentes esenciales para que la elección se realice con motivación, deseos, ilusión, expectativas de desarrollo y realización personal. De esta manera, elegir se convierte un paso más en la tarea del joven de crecer y de ser, cada vez, más protagonista de su vida.
[1] Recordamos que la orientación vocacional es un derecho, explicitado en la Ley de Educación Nacional N° 26.206, como uno de los objetivos de la educación secundaria (Cap. IV, Art. 30, inciso h) y un derecho de los alumnos sujetos de la misma (Cap. VI, Inciso g).