11 de mayo de 2020 - 14:58

La educación poscuarentena y en pandemia: el reencuentro en otra escuela

Compartimos la palabra de Alejandro Castro Santander, escritor, investigador y docente.

Alejandro Castro Santander es también Director del Observatorio de la Convivencia Escolar (Universidad Católica de Cuyo y miembro de la Cátedra UNESCO de Juventud, Educación y Sociedad (UCB, Brasil), quien inicia este jueves 14 de mayo el Ciclo de Encuentros Virtuales de Medios en la Educación.

Junto a filósofos, sociólogos, antropólogos, epidemiólogos, pedagogos, economistas, etc., que abundan en reflexiones sobre esta nueva y desafiante realidad, encontramos un niño dibujando un monstruo verde con una palabra en grandes letras que dice:  “Muere”; bancos transmitiendo optimismo a través de un mensaje que alienta a vencer el virus “entre todos”; videntes que decían saber meses e, incluso, años antes, que 2020 sería un año de gran dolor para la raza humana; gurúes y coaches de lo obvio; pesimistas orgullosos porque “y nos fue mal”; los paranoicos junto a los eternos “está todo controlado”, “vamos bien”. Se construyen neologismos acordes a la sobreabundancia de información como infodemia (OMS), infoxicación (Alfons Cornella), o todo lo contrario, con la palabra desinfodemia, expresiones adecuadas en español que por su extendido uso ya no es necesario entrecomillar.

Experimentamos un aislamiento obligatorio que ha modificado rutinas y hábitos. Pero en seres sociales como nos reconocemos los humanos, este aspecto toma una especial relevancia. Nos hemos quedado sin poder frecuentar nuestros lugares de encuentro y sabemos que lo digital no alcanza a suplir lo complejo de la afectividad expresada en un abrazo.

Nos vamos acostumbrando al valor de la distancia "física" en esta crisis. Sin embargo, la OMS insiste en que ese distanciamiento no es bueno que sea también "social", ya que es fundamental para nuestra salud mantenernos comunicados, conectados, continuar ciberconviviendo sin importar las distancias. La soledad física no es dañina si nos sentimos acompañados.

El futuro

En el caso de las escuelas como ámbitos de encuentro, tendremos que analizar en cada una la nueva situación que deberemos construir. Las escuelas son muy distintas a otras instituciones y distintas entre ellas. Ese regreso no será como dejamos todo, ya que deberá ser paulatino, sin contactos físicos, muy aséptico, combinando lo presencial con lo virtual en casa. Entonces, el hábitat que reciba a estos estudiantes que han visto rota su normal convivencia, debe ser rico en afectos, muy motivador y estratégicamente contenedor. Con un número reducido de alumnos, será momento de hacer rendir mejor el encuentro educativo, de atender a cada uno gestionando convenientemente tiempos y espacios. Para muchos niños será una aventura, para nosotros, un gran desafío.

Hoy tenemos en este quiebre de la normalidad, la posibilidad de incluir esos aprendizajes que se han rechazado por muchas décadas: habilidades personales y sociales que sabemos que necesitamos para la vida con uno mismo, los otros y todo lo otro que nos rodea. La música, la plástica, la actividad física.

Prioricemos las primeras semanas de reencuentro con charlas distendidas entre docentes y estudiantes. Ayudemos a expresar esas historias que todos han experimentado y que será oportuno compartir. Recreos con más tiempo para digerir el aislamiento y la inactividad prolongados.

Hoy

Recordemos aquellas cosas que la pedagogía y la psicología nos han enseñado que no cambian ni es prudente modificar, pero tampoco regresemos a la normalidad en aquello que reconocemos, hace décadas, que ya no funciona. Cuestionemos esa escuela vieja, sin anticuerpos, con brechas tecnológicas, didácticas, de capital cultural y presupuestario que la distancia y el desencuentro hicieron más visibles porque ya estaban allí y, seguramente, se verán agudizadas.

Hoy no nos sirven gurúes ni profetas, desconocemos qué pasará en el regreso. Recibimos un fuerte golpe que nos mostró que todos somos incompetentes en algo. Necesitamos ser humildes para reconocer que “no sabemos” pero estamos aprendiendo. Corregir de manera idónea y compartida los errores, para seguir avanzando hacia una educación que es injusto e indigno que no sea de calidad.

El tiempo es el que nos dirá si necesitábamos sacudones fuertes en nuestra soberbia y egoísta humanidad, como para salir de nuestra imprudente “normalidad” y provocar aprendizajes y respuestas categóricas.

Pero si existe algo de lo que no deberemos dudar es que la respuesta, siempre, será educativa.

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