Brasil tuvo una balanza comercial favorable de U$S 19.700 millones en 2015, con una caída de las importaciones de 24,3% y una disminución del intercambio comercial, que pasó de U$S 454.260 millones en 2014 a U$S 362.596 millones el año pasado. Lo importante no es eso. Lo decisivo es que las exportaciones industriales pasaron de 48.5% del total en 2014 a 51,9%, en 2015, y los productos manufacturados treparon de 35,6% a 38,1%.
La crisis brasileña es estructural y orgánica, política, económica y fiscal. En términos históricos es irreversible. Implica el agotamiento definitivo del mecanismo de acumulación sustentado en la estrategia de industrialización sustitutiva, surgida en la década del 30 por iniciativa de Getulio Vargas, impulsor del más completo proceso de industrialización de América Latina.
El real se ha devaluado 70% en los últimos tres años, y coincide con un alza de 10% anual en los costos industriales chinos. La diferencia de costos entre la industria brasileña y la china es hoy solo 10% favorable a la segunda, mientras era de 35% a 40% en 2012. La depreciación cambiaria le ha permitido a la industria brasileña recuperar posiciones en el mercado doméstico. Perdió 7,2 puntos porcentuales en el consumo interno de los últimos 5 años. Y en esa etapa, la producción nacional disminuyó un porcentaje similar, sobre todo en máquinas-equipos, metalurgia, plásticos, neumáticos.
Más allá del corto plazo, lo que define la capacidad exportadora brasileña no es el tipo de cambio sino el “costo Brasil”, que le impone una diferencia negativa de 30% a 40% respecto a sus competidores. La antigüedad promedio de los bienes de capital de la industria brasileña es 17 años (en EE UU es de 5), y la productividad manufacturera es nula o negativa desde hace 6 años.
Sucede cuando ha irrumpido en el capitalismo una nueva revolución industrial, que eleva cualitativamente la productividad de todos los factores (PTF), y reduce el plazo de obsolescencia de los bienes de capital, que es 18 meses o menos.
EEUU es el principal mercado para las exportaciones industriales de Brasil (la Argentina es el segundo). Y allí Brasil no compite por precio, sino por calidad y contenido tecnológico. Por eso el efecto competitivo de la devaluación del real se experimenta solo en el mercado interno. La clave del superávit comercial es el boom de las exportaciones agroalimentarias. Los agronegocios exportaron U$S 88.220 millones en 2015, con un saldo favorable de U$S 75.150 millones.
Para aumentar sostenidamente las exportaciones industriales en los próximos 10 años es preciso modificar la matriz productiva y dejar atrás la estrategia de sustitución, profundizando la internacionalización de la industria mediante su incorporación a las cadenas globales de valor.
El crecimiento potencial de Brasil es hoy 2% anual y sería 1,5% en 2017. Es una perspectiva de depresión estructural de largo plazo. El núcleo del debilitamiento de la tasa potencial es la contracción de la actividad manufacturera, que cayó 8% en 2015 y 3,2% en 2014, mientras que los bienes de capital se derrumbaron 25,1%. Se prevé una nueva contracción de 4,6% en 2016. Este es el proceso de desindustrialización de Brasil.
A partir de 2003, la economía brasileña se ha transformado en parte inescindible de la acumulación global, y sus opciones son las del sistema mundial, no las de los años 30 o 40, cuando se transformó en el primer país en desarrollo que logró completar el proceso de industrialización sobre la base de la estrategia sustitutiva. La crisis brasileña es una transición histórica y la única salida es hacia adelante. CC