13 de julio de 2014 - 00:00

José “Pepe” Mujica: “Soy desagradecido: a los ochenta años ya tendría que creer en Dios”

Cerca del fin de su mandato, el ex guerrillero hace un balance en la tranquilidad de su chacra en las afueras de Montevideo. Adquirió notoriedad por impulsar la regulación de la marihuana, el matrimonio igualitario y la despenalización del aborto.

Fue florista, guerrillero, estuvo preso más de 13 años y ahora, con casi 80, José Mujica es el presidente de Uruguay. Pero fue por impulsar leyes como la regulación de la marihuana, el matrimonio igualitario y la despenalización del aborto que alcanzó fama mundial.

“Creo que nosotros fuimos sensibles a una manera de pensar que tiene el mundo nuevo, los jóvenes”, dice en su chacra en Rincón del Cerro, en las afueras de Montevideo, pocos meses antes de que acabe su gobierno.

“Mi generación, cuando iba a los bailes, íbamos de traje azul o negro, zapatos de charol en punta, y de corbata; si no, no te dejaban entrar. A las nuevas generaciones ni se les ocurre. A los políticos les cuesta registrar esos cambios tácitos que se van dando sin que nadie se los proponga”.

Mujica ha conquistado al mundo con un discurso llano y una vida simple, despojada. La legalización de la marihuana lo catapultó, a él y a su pequeño país de tres millones de habitantes, a la fama.

Durante su mandato, aceptó además acoger en Uruguay como “hombres libres” a seis presos de la cárcel de Guantánamo y decidió dar refugio a 120 sirios, más de la mitad niños que escapan de la guerra civil.

Este presidente inusual sabe -sin duda alguna- que ha tenido una vida extraordinaria y siente hoy que tiene un mensaje que transmitir.

“Soy desagradecido, ya tendría que creer en Dios. Porque he pasado tantas luces y sombras y estoy al borde de los 80 años”, apunta. “Yo nunca me arrepiento de lo que he vivido. Porque si no hubiera vivido eso no hubiera aprendido tanto. En la vida se aprende mucho más del dolor y las derrotas que de la bonanza”.

De joven vendía flores en los barrios de clase media alta de Pocitos y Punta Carretas y más tarde en el más humilde de El Cerro, donde conquistaba a las viejitas que homenajeaban a sus muertos.

Fue militante primero del Partido Nacional (centro) y luego pasó a ser guerrillero, uno de los más activos del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro.

-¿Qué evaluación hace de la lucha armada de los años '60 y '70 ahora como presidente?

-“La guerra es un recurso bárbaro, prehistórico. Porque cualquiera sea la causa de la guerra siempre el costo peor lo pagan los más débiles y los que tienen menos responsabilidad en las cuestiones de la guerra”.

Por su lucha armada, durante la dictadura (1973-85) Mujica pasó años aislado en una celda -sin más compañía que roedores y una rana-, y sufrió todo tipo de torturas y vejaciones.

-¿Cómo se hace para sobrellevar tanto sufrimiento?

-“Hay que ser primitivo, en el sentido inteligente del término. El hombre es un animal muy fuerte. Yo me inventé mil cosas para tratar de subsistir. Lo peor fueron los nueve años de soledad, de los cuales estuve siete en que no me dejaban leer. Tuve que inventar una serie de disciplinas: me levantaba, caminaba, no sé cuántos kilómetros hacía para cansarme. Después dedicaba unas horas a imaginar herramientas que construía en mi cabeza. Tuve momentos muy malos, me estaba trolando (volviendo loco) un poco y ahí un psiquiatra me trató. No me sirvió para nada, pero me autorizaron a leer libros de ciencia y a escribir. Empecé a repasar química, física, biología, y a escribir. Y me salvé. Quizás en el fondo soy un hombre de fe. Nunca dudé de que cuando saliera iba a seguir militando, nunca, en ningún momento, tuve duda de que iba a salir”.

Mujica se ha hecho famoso además por su prédica contra el consumismo en la cumbre la Tierra en Río de Janeiro (2012) y en la Asamblea General de la ONU (2013).

-¿Por qué su discurso caló tan hondo?

-“Porque pega en el clavo. Yo no descubrí nada. Esto es de una evidencia que rompe los ojos. Pero hay una impotencia de los países centrales que viven pensando en los intereses del Estado nacional, de quién va a ganar las elecciones que vienen”.

Madruga y se queda en la chacra hasta media mañana, cuando sale hacia su oficina en la céntrica Plaza de la Independencia. Generalmente, vuelve tarde en la noche a su casa.

“Yo no hago una apología de la pobreza ni de que el mundo tiene que volver a la época de las cavernas. Estoy contra la frivolidad y contra la tontería, eso es otra cosa. Porque no hay cosa más valiosa que la libertad”.

-¿Qué papel cree que va a tener después?

“El de todos los viejos. Dar consejos que nadie les da pelota”.

"Lucía me hizo la vida posible"

Siguiendo un camino polvoriento, se llega a una finca simple y pequeña a las afueras de Montevideo, donde vive Mujica y su mujer, la también ex guerrillera Lucía Topolansky, con Manuela, la ya famosa perra de tres patas.

-"¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?"

“Sí, lamento. Me dediqué a cambiar el mundo y se me fue el tiempo”, responde el presidente, quien se encuentra ya casi al final de su mandato (2010-2015) en el que alcanzó una popularidad inusitada, similar a la de una estrella planetaria".

Aunque sólo lleva cinco años casado con Topolansky, empezaron a salir poco antes de que él cayera preso por segunda vez en 1972. Mujica no volvió a estar libre hasta 1985. Pocas horas después estaba militando de nuevo y se reencontraba con Lucía Topolansky.

“Menos mal que encontré a Lucía. Nos apoyamos psicológicamente y encajamos, pero ella es mucho más ordenada, tiene más cultura del hogar que yo. Tiene una arquitecta frustrada adentro. Vive siempre organizando cositas. Me ha hecho la vida posible”, afirma.

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