8 de mayo de 2014 - 23:51

Interrogantes, alertas y adicciones

Al conversar con los lectores de esta columna, me encuentro con la inquietud de alguien que no sabe si anteponer el artículo masculino o el femenino al sustantivo “interrogante”. Pues bien, este vocablo, cuyo significado puede ser “pregunta” y “cuestión dudosa”, admite su uso en ambos géneros, aunque en el nivel culto es predominantemente masculino: “Su actitud me deja siempre un interrogante sin respuesta”.

Otra palabra que despierta dudas en cuanto a su género es “alerta”. Aquí la respuesta es un tanto más compleja: en primer lugar, puede considerarse este término como una interjección, que proviene del italiano “all’erta” y que servía para instar a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. Así decimos: “¡Alerta! No dejen la puerta sin llave ni descuiden el cierre de las ventanas”. Si esta interjección se sustantiva, es de género masculino: “El centinela gritó un alerta lleno de angustia”.

También puede que el vocablo sea un sustantivo, con los sentidos de “aviso o llamada de atención para prevenirse ante un posible daño o riesgo” y “situación de vigilancia o atención, especialmente en prevención de un posible perjuicio”.

En estos casos y en nuestro país, se puede utilizar en ambos géneros y se consideran correctas las dos formas: “Dieron recién un alerta meteorológico en el centro de la provincia por caída de granizo” y “Las alertas del edificio se mantienen por el riesgo sísmico”.

A estas dos posibilidades, se les añade su valor adjetivo, junto o referido a un sustantivo. En estos casos puede mantenerse invariable o adaptarse al número de aquel: “Los cajeros, precavidos y alertas, miraban al encargado de la seguridad” y “Tengo los ojos y los oídos alerta ante el peligro”.

También puede funcionar adverbialmente, al lado de verbos como ESTAR, PONER, VIVIR, MANTENER, PERMANECER, con el significado de “en actitud de atenta vigilancia”: “Las enfermeras se mantuvieron alerta toda la noche por la eventual llegada de nuevos accidentados”. En estos casos, se usa de modo invariable, precisamente por tener carácter adverbial.

Hablemos de otra cosa: el valor del conocimiento de la etimología de un vocablo; los docentes que enseñan lengua deben tener en cuenta que el conocimiento de la etimología de un vocablo es valioso por muchos factores: en primer lugar, puede ayudar para la ortografía pues nos explica y justifica por qué un término se escribe de un modo y no de otro; en segundo lugar, porque toda palabra fue engendrada en un determinado contexto y, luego, a lo largo de su historia, se fue cargando de acepciones en la medida en que esas circunstancias histórico-culturales fueron cambiando.

Muchas veces, nos es útil a los docentes para clarificar una explicación, como veremos más abajo,  o para entender por qué escribimos un término utilizando cierto grafema y no otro de sonido similar.

Sin embargo, no se deben forzar las etimologías para hacerles decir a las palabras algo falso a fin de justificar una teoría o para apoyar una afirmación que no es correcta. Días atrás, escuchaba en un programa radial unas declaraciones acerca de las consecuencias que conllevan las adicciones; el disertante, para justificar sus afirmaciones, decía que la persona que padece una adicción no puede expresar con palabras un problema y, por ello, lo esconde o disimula haciéndose adicto a algo.

La etimología falsa de ‘adicción’ es la que le hace decir al término “sin” (interpretando esa “a-“ como un prefijo negativo) y “dicción”, como vocablo relacionado con el verbo ‘decir’. Así, pues, la etimología falsa, equivocada y forzada es, al servicio de la teoría de muchos, que “adicción”  equivale a “sin palabras”.

La verdadera etimología latina del término ‘adicción’ es el sustantivo “addictio”’, derivado del verbo “addicere”. Este verbo latino llevaba en su inicio el prefijo y preposición AD que le confería al término el valor de “a, hacia”; por lo tanto, significaba “dedicarse a, entregarse a”.

Por consiguiente, “adicción” es la “entrega al consumo de una sustancia o a la práctica de una actividad”; conserva esa herencia etimológica y, por ello, se construye, por lo general, con la preposición A: “Su adicción a la droga será difícil de corregir” y “Brindan ayuda a quienes desean eliminar su adicción al cigarrillo”. Sucede lo mismo con el adjetivo “adicto/adicta”: “El paciente bulímico es un adicto a la comida” y “Pedro es un adicto al trabajo”.

Muy semejante es, en la pronunciación, el término “adición”; su etimología es también latina, “additio”, que significaba “acción de añadir”; en español, conservó ese significado: “La diferencia es la adición del color claro en el centro”. También significa, asociado a la idea de añadidura, “suma” y, en nuestro país, “cuenta que se abona por lo consumido en un restaurante o establecimiento similar”.

Otras veces, en cambio, nos sorprende la evolución del significado de un vocablo: tal es el caso de ‘maestro’ y de ‘ministro’. “Maestro” proviene del latín “magister”, sustantivo que lleva en su formación el adverbio “magis”, que significaba “más”; por lo tanto, un verdadero maestro es el que lleva a sus alumnos a ser “más”, a construir su verdadera persona, con visión de futuro.

“Ministro” también se relaciona con el latín; era, en esa lengua, un sustantivo “minister’, que señalaba al sirviente, al que realizaba las tareas manuales y que estaba al servicio de sus amos. En el corazón del vocablo, se encontraba el adverbio “minus”, que equivalía a “menos”.

Solamente, con el transcurrir del tiempo, ha pasado a designar al sacerdote de diferentes cultos o al funcionario público, quienes deberían tener conciencia de su misión de estar siempre al servicio de los demás.

El consejo es, pues, no inventar ni forzar etimologías; buscar en diccionarios especializados los étimos originales o, en su defecto, consultar a quienes puedan brindar asesoramiento, con verdadero conocimiento del origen y evolución de los términos.

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