Fue uno de los presidentes más populares de Brasil, el niño que sorteó el hambre, el metalúrgico que gobernó el mayor país de América Latina y ahora es un investigado por corrupción convertido en todopoderoso ministro: a Luiz Inacio Lula da Silva nunca le gustaron los papeles secundarios.
A sus 70 años, el carismático mandatario (2003-2010) que seducía al mundo al frente de un gigante emergente y lleno de ambiciones vuelve a Brasilia, aunque en el camino se haya erosionado el histórico 80% de popularidad con el que había cumplido dos mandatos. La presidenta Dilma Rousseff, su sucesora y heredera política, que se debate en una crisis sin fin, lo nombró ministro Jefe de la Casa Civil, una cartera que articula el conjunto de la acción gubernamental.
Pero el propio Lula atraviesa sus días más oscuros, convertido en el protagonista de un thriller judicial de guión indescifrable. En menos de dos semanas, la policía allanó su casa, la Fiscalía de San Pablo solicitó su prisión preventiva tras denunciarle por lavado de dinero y su causa podía acabar en manos del juez estrella de lucha anticorrupción y referente de la marea opositora, Sergio Moro.
En el punto de mira, sus supuestas relaciones con constructoras implicadas en el multimillonario fraude que desangró a Petrobras y convulsiona a Brasil. Mostrando el arrojo del que hizo su sello, el expresidente no sólo afirma sentirse víctima de una persecución, sino que horas después de ser llevado a declarar mandó el primer aviso: “Si querían matar a la serpiente, no le golpearon en la cabeza, le pegaron en el rabo, y la serpiente está viva como siempre estuvo”, declaró.
Nacido en el árido noreste del país en octubre de 1945, Lula conoció desde la cuna lo más dramático de la pobreza que azotaba a casi un tercio de los brasileños.
El séptimo hijo de un matrimonio de analfabetos fue abandonado por su padre con siete años, antes de que la familia emigrara a la prometedora capital industrial de Brasil, San Pablo.