20 de septiembre de 2014 - 00:00

Gran Bretaña respira: Escocia se queda

En una votación récord, en la que participó el 85% del electorado, se impuso el “no” a la independencia, por 54,5% a 46,5%. Incidieron promesas de Cameron de más competencias y recursos, sumadas al temor a perder bancos y la libra como moneda.

Escocia rechazó la independencia por un margen amplio y optó por seguir en el Reino Unido tras la promesa de recibir más facultades y ventajas económicas, un desenlace recibido con alivio por Londres, Madrid y Bruselas.

“Estamos muy felices de que Escocia siga estando con nosotros”, dijo el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, contrario a la consulta independentista que en su país pretende celebrar el gobierno de Cataluña.

El “no” logró en Escocia casi 400.000 votos más -2.001.926 de votos versus 1.617.989-, con una tasa récord de participación del 84,59% de los 4,3 millones de electores registrados.

“Estoy decepcionado, pero las cosas seguirán como estaban, así que tampoco va a cambiar mi vida”, dijo Danny Trench, de 23 años, camino al trabajo en Edimburgo.

Se trata de una diferencia superior a la que auguraban la mayoría de los sondeos, un extremo que confirma la tesis de “la mayoría silenciosa” contra la independencia que esgrimían los unionistas frente al fervor de la campaña independentista.

“Ha llegado la hora para nuestro Reino Unido de unirse e ir hacia adelante”, dijo el primer ministro británico conservador David Cameron en un discurso a la nación ante su residencia de Downing Street.

“El debate ha quedado zanjado, por una generación y quizás, como dijo Alex Salmond, para toda la vida”, agregó

Cameron defendió la decisión de conceder a Escocia la posibilidad del referéndum porque el Partido Nacional Escocés (SNP) ganó las elecciones de 2011 con mayoría absoluta y la independencia en su programa. “Amo el Reino Unido, pero también la democracia”, dijo Cameron.

Poco antes, Alex Salmond, jefe del gobierno regional, líder de los independentistas y del SNP, reconoció su derrota. “Es importante decir que nuestro referéndum fue un proceso pactado y consentido, y Escocia ha decidido por mayoría que en este momento no va a ser un país independiente”, dijo Salmond en Edimburgo.

Los independentistas contaban con una amplia victoria en Glasgow, la ciudad escocesa más poblada, donde el Sí se impuso pero por tan sólo un 54,5% frente al 46,5%.

El debate sobre poner punto final a 307 años de historia común ha levantado pasiones.

El temor al impacto económico de la separación, alimentado por el traslado a Londres del domicilio social de bancos como Royal Bank of Scotland en vísperas del referéndum o la posibilidad de no poder seguir usando la libra, acabó frenando la opción independentista.

“No creo que los escoceses quieran estar en el Reino Unido pero tuvieron miedo de cosas como el cambio de divisa. Y no los culpo. Soy brasileña, y cambiar de moneda es horrible, te acuestas con una cantidad de dinero y al día siguiente tienes otra”, dijo Andreia Rodrigues, de 38 años, empleada de una cafetería.

En vísperas del referéndum, Cameron, su aliado gubernamental liberal demócrata Nick Clegg y el líder de la oposición laborista Ed Miliband, se comprometieron por escrito a iniciar el proceso de ampliación de competencias ayer mismo.

Alivio en la UE, al menos hasta el próximo referéndum

Bruselas. Con el “no” a la independencia en Escocia, la Unión Europea (UE) respira aliviada, al menos hasta las próximas consultas, la que quiere organizar Cataluña y en especial la que prometió David Cameron sobre la permanencia del Reino Unido en el bloque comunitario.

"Confieso: el resultado me alivia", reaccionó el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz. 
El resultado del referéndum escocés "es bueno para una Europa unida, abierta y fuerte", declaró en tanto el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso.

“Hay una ola de alivio en las cancillerías europeas ya que se temía un efecto dominó europeo”, estimó Jérémy Dodeigne, investigador de la Universidad Católica de Lovaina.

El resultado del referéndum escocés aleja, en efecto, la incertidumbre institucional que planteaba una victoria del “sí”. Los dirigentes europeos aseguraban que con una independencia, Escocia dejaría de ser miembro de la UE y hubiese tenido que presentar un proceso de admisión al bloque, con la necesidad de que todos los Estados miembros aprobasen su incorporación, una perspectiva incierta.

Esta eventualidad planteaba una situación inédita para el bloque, que no tiene nada previsto en sus tratados para casos similares. Pero el efecto dominó no está totalmente despejado, primero con Cataluña, que busca organizar una consulta secesionista el 9 de noviembre, y luego con el referendo prometido por David Cameron para 2017 sobre la permanencia del Reino Unido en la UE.

“El ‘no’ no va a desalentar a los catalanes”, estima Dodeigne. Ayer, el Parlamento catalán aprobó una ley que dará un amparo, que el gobierno regional espera sea legal, para poder organizar la consulta del 9 de noviembre, que Madrid considera inconstitucional.

Salmond renunció pero entró en la historia

Londres. Alex Salmond, orondo y de rostro engañosamente afable, colocó a Escocia muy cerca de la independencia pero rozar el sueño acabó con su carrera.

Este ex funcionario y ex economista del Royal Bank of Scotland, de 59 años, dimitió ayer como jefe de gobierno regional escocés, al día siguiente del referéndum.

“Creo que al partido, al Parlamento y al país les vendrá bien un nuevo liderazgo”, dijo, añadiendo que ha sido “el privilegio de mi vida” desempeñar el papel de jefe del gobierno regional escocés.

El separatista que sacudió Londres e hizo soñar a los nacionalistas de todo el mundo hablaba siempre enfáticamente de su proyecto para su nación de 5,3 millones de personas, un futuro lejos de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte, lejos del Reino Unido.

Salmond tenía la intención de “liberar a los escoceses” de tres siglos de Unión; romper “las cadenas” que unen Edimburgo a Westminster, el parlamento británico en el que tuvo un escaño desde 1987 hasta 2010; presidir “uno de los pequeños países más ricos del mundo”. Un país al modo socialdemócrata escandinavo, miembro de la UE y la OTAN, pero sin armas nucleares. Rico como Noruega y Suiza, gracias al oro negro del petróleo del Mar del Norte y al oro ámbar, el whisky.

Frente a los unionistas -que ayer se burlaban de su sueño y hasta hoy le temieron-, pregonaba: “Nuestra hora ha llegado, nada puede detenernos”.

Sus partidarios elogiaban su determinación y habilidad política. Sus opositores lo consideraban arrogante, misógino, con una propensión a la grandilocuencia.

Sin embargo, los medios de comunicación británicos, a los que a menudo exasperó, coincidieron en ver en él uno de los políticos más talentosos de su generación.

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