Soledades blancas
Pocos paisajes hay más alucinantes que el de un salar. Ese desierto blanco, enceguecedor, sembrado de leyendas, conforma el escenario de “El salar”, novela que la colección “Los Raros” decidió reeditar. Allí, Burgos desgrana el cielo puneño y el día a día del poblador relegado, esclavo del patrón, la contrapartida del egoísta y materialista habitante citadino que sólo viaja al norte para aprovecharse de esa cotidianidad.
“Yo experimenté una gran alegría, en medio de aquella soledad, al ver la inmensa pampa relumbrante del Salar Grande. Era una estepa helada, casi completamente circuida de cerros morados, azules. Allá, allá, el cerro Vicuñayoc; lejos, lejos, el Acay, emponchado; el puntiagudo Chañi, blanco; las cresterías del nevado Cachi y todos, todos los picos de la Cordillera Real, que miran al Pacífico. Aquella inmensa pampa reverberante me daba la impresión de la soledad, del frío eterno, de la muerte”.
En sintonía con la renovación de la literatura regional gestada alrededor de 1940, que tiene su epicentro en el grupo salteño “La Carpa” (integrado por Manuel J. Castilla, Juan Carlos Dávalos, Raúl Aráoz Anzoátegui, José Ríos, Néstor Saavedra, José Fernández Molina, entre otros hombres de la cultura), el trabajo literario de Fausto Burgos se distancia del primer regionalismo, ése que insistía en la visión de un paraíso perdido recuperado por una memoria netamente paisajística. Es decir, se abría un regionalismo sin fiebres nacionalistas y sin gauchos mitológicos.
La ruptura fundamental que se propone con respecto al regionalismo tradicional es, claramente, la preocupación social. La injusticia y la desigualdad no son indiferentes al narrador, pese a que ese abrazo derrape hacia el paternalismo. “Para ganarme el corazón de Chutuska y de Rosario, yo pensé en ir a trabajar humildemente allí. Viento de salar; viento huracanado y cortante; frío de salar, frío terrible. Hambre, sed de salar, compañeros de la muerte”.
La necesidad de hablar de eso (los problemas de los trabajadores, de la región, las tensiones de los tiempos de modernización) aparecen en los títulos de las obras: "El gringo", de Fausto Burgos, o "La ciudad de barro", de Alejandro Santa María Conill; colecciones de cuentos como "Cuesta arriba", del mismo Burgos, "Cuentos mendocinos", de Ponce o "Cuentos andinos", de Miguel Martos, todo esto para la prosa de ficción, y el florecimiento de un género heredero de las "tradiciones" y artículos de costumbres característicos del romanticismo, que cuaja en títulos como "Tierra nativa" (1928), de Pedro Corvetto, "Anécdotas mendocinas" (1936), de Lucio Funes, "Mendoza legendario" (1953), de Exequiel Ortiz Ponce o "Por los caminos de entonces; cuentos, relatos y leyendas" (1943), de Narciso Sosa Morales, que dan cuenta de esta “atención predominante prestada tanto al paisaje humano como natural de la región, en un intento de captación realista y fiel, privilegiando en algunas ocasiones el costado social, en otras, lo político y en otras, lo costumbrista y folklórico”.
Claro que dentro de la narrativa mendocina también estas líneas se conectan con la llamada “literatura de inmigración”, que no sólo da cuenta de la presencia italiano-española, sino de otras etnias, como la sirio-libanesa o la rusa.
Marta Castellino, en su obra “Fausto Burgos: su narrativa mendocina”, completa su biografía y expande: “Aunque su espíritu aventurero lo llevó a realizar numerosos viajes, siempre volvió a la tierra sanrafaelina, para dedicarse a su labor docente y literaria. En su copiosa obra, Burgos rescata y plasma literariamente ‘actitudes, costumbres, peculiaridades lingüísticas, caracteres toponímicos, nombres de plantas, de animales, de vientos, con minuciosidad que salva del olvido una extensa área de nuestro acervo folclórico’”.
Entre gringos y criollos
Fausto Burgos llegó a San Rafael en 1918 junto a su esposa, la artista plástica María Elena Catullo. El escritor tucumano había estudiado en la Universidad de La Plata, había ejercido la docencia y ya contaba en su experiencia viajes por todo el país y por el mundo. “Viajero incansable y escritor prolífico –afirma Alejandro Fontela–, sus cuentos aparecidos en casi todos los diarios del país constituyen un verdadero inventario del regionalismo, que abarca desde Cuyo a la Puna, incluyendo su tierra natal. Desmañado e instintivo en su escritura, sus desórdenes más evidentes, como la utilización descarnada del léxico regional, son compensados por la realidad y la fuerza emotiva que adquieren sus cuadros”.
Porque si bien nuestros regionalismos son más idiosincráticos que lingüísticos, no hay duda de que la temperatura verbal cambia al pasar de un medio ambiente a otro, ya sea que nos encontremos en los áridos y multicolores cerros del Noroeste, en la llanura, en la selva misionera o en el conurbano bonaerense, donde el habla se rarifica y descontractura con rapidez.
Fuera de los moldes del costumbrismo, resulta interesante aquel autor que opera sobre el imaginario regional con un criterio integrado a los rumbos cosmopolitas, como lo hicieran, por ejemplo, Juan L. Ortiz y Francisco Madariaga en el ámbito del Litoral.
Precisamente aquí, fue Fausto Burgos quien marcó ese territorio. Su bibliografía es vastísima: La sonrisa de Puca-Puca (1926), Cuentos de la Puna (1927), Coca, chicha y alcohol (1927), Cachi Sumpi (1928) son las más prestigiosas compilaciones de sus cuentos, algunos de los cuales (“El choike blanco”, “Abejitas del monte”, “Buey viejo”) figuran en numerosas antologías del género.
Así, de pronto, sin concesiones a ninguna regla literaria, irrumpe el paisaje y especialmente sus seres –hombres y animales– en las narraciones del autor.
Las tintas de su tiempo
Jorge B. Rivera menciona a Burgos en relación con una de las principales publicaciones del siglo XX: “Una revista como Leoplán, ‘magazine popular argentino’ que se vendía en 1936, ofrecía por ejemplo un nutrido material literario de excelente calidad, integrado por obras de autores nacionales y extranjeros, antiguos y contemporáneos. En sus páginas, especialmente entre los años 30, 40 y comienzos del 50, aparecieron textos originales de Benito Lynch, Julio Ellena de la Sota, Bernardo Cordón, María Alicia Domínguez, Germán Drás, Mateo Booz, Vicente Barbieri, Eduardo Mallea, Alfonso Ferrari Amores, W. G. Weyland, Nicolás Olivari, Héctor P. Blomberg, entre más, conformando –junto con textos de Pirandello, Balzac, Eça de Queiroz, Gorki, Chesterton, Stevenson, Marc Orlan, Daudet, O’Flaherty, Hawthorne, etc.– un plan de lecturas variado y singularmente económico, que contó en su época con un sólido y entusiasta respaldo popular”. En su lista figuraba el autor de “El salar”.
Puede que hoy resulte difícil de transitar esa prosa plagada de adjetivos erizados y giros castizos. Dice Beatriz Sarlo: “Recorre a las obras un tono de tragedia: la muerte del arriero por la tozudez del patrón resume el carácter inevitable que, en muchos de estos relatos desde Dávalos a Burgos, tienen la muerte y la derrota”.