Olvídense de Madonna. Imposible apartarse de esa Eva marginal de Perlongher. O esa mujer de Walsh. O la Santa de Tomás Eloy Martínez. Queda claro: Evita vive y su mito violenta los límites de lo humano.
Olvídense de Madonna. Imposible apartarse de esa Eva marginal de Perlongher. O esa mujer de Walsh. O la Santa de Tomás Eloy Martínez. Queda claro: Evita vive y su mito violenta los límites de lo humano.
Pero acá no vamos a hablar de “La razón de mi vida”, ni del supuesto cuento de hadas de la muchacha de Los Toldos que conquistó a Perón, tampoco de sus desvelos políticos, su lucha por los derechos de la mujer, sus vibrantes escenas del balcón.
Por el contrario, esta es una historia de pasillos fríos, mesas de disección, agujas y algodones, rubias muñecas de cera, archivos militares secretos, oscuros adoradores, tumbas apócrifas y lejanos cementerios.
Para hablar del cadáver de Eva Duarte hay que respirar hondo. Porque -se sabe- es EL cuento de terror de la historia argentina, ése que comienza el 26 de julio de 1952, la tarde helada en que murió, y se prolonga en el insólito periplo del cadáver de la Jefa Espiritual de la Nación ordenado por los militares que derrocaron a Perón.
Entre los testimonios de historiadores, escritores y periodistas, del mismo médico que embalsamó el cadáver (el español Pedro Ara) y hasta del jefe de inteligencia del Ejército que la ocultó (el teniente coronel Moori Koenig), ese cuerpo vuelve para dialogar con el presente y contar daños y trajines.
Y lo hace una vez más a través del cine. Porque, luego del documental de Tristán Bauer -basado en una investigación de Miguel Bonasso- y llamado “Evita: la tumba sin paz” (1997), ahora el director mendocino Pablo Agüero (sí, el realizador de 31 años, que ganó el Premio del Jurado en Cannes 2006 por su corto “Primera nieve”, el autor de “Salamandra” y “77 Doronship” que desde hace años vive en París) reabre la cripta y proyecta su propia “Evita”, un filme en clave de thriller político.
La primera desaparecida
A Pablo Agüero no lo inhibe el hecho de que el personaje haya sido tan abordado, y asegura que el foco de su próxima película es “el cuerpo y sus avatares, filmado al estilo del cine negro de los años 1950”.
-¿Cuál ha sido tu fuente para elaborar el guión?
-El guión se basa en una investigación exhaustiva que realicé durante cinco años, para reconstituir por primera vez la historia real y completa del cuerpo de Evita. En paralelo hice un trabajo de adaptación que implica licencias de ficción.
-¿En qué etapa se encuentra la produccción?
-En la de casting y financiamiento. Hace unas semanas el guión recibió dos premios: un premio internacional de desarrollo, en el festival de Amiens y el Grand Prix de guión de Francia.
Cierto, desde hace meses Agüero busca el cadáver perfecto: “Se busca actriz de entre 20 y 35 años, delgada, de menos de 1,65 de altura, para rol protagónico”.
Y es casual pero curioso el hecho de que, a poco de leer ese anuncio, encontremos un texto escalofriante en el archivo de la Fundación Eloy Martínez. Un texto que tiene todo que ver: la entrevista de TEM a la esposa del coronel Moori Koening (el oscuro encargado de desaparecer el cuerpo), donde deja entender su pasión necrofílica por Eva.
-¿Cuál es tu vínculo personal con el tema?
-Intentando comprender la fractura política y social de nuestro país, intentando comprender también el horror de la dictadura y de las desapariciones de cuerpos humanos, llegué a la historia de esta primera desaparecida, Evita.
Es para mí una de las historias más fascinantes y cinematográficas que existen. También entra en juego una relación puramente emocional con Evita, con su voz, que no sabría explicar.
La durmiente
A horas de fallecer, el anatomista español Pedro Ara se abocó a momificar el cuerpo de María Eva Duarte.
Por eso fue trasladada al edificio de la CGT (la central sindical), donde ya se había montado un laboratorio extraordinario. Perón mismo encargó la tarea: Ara, que gozaba de prestigio forense por desarrollar la ‘parafinación’ para la conservación de cadáveres, acordó con él un monto de 100 mil dólares.
Para Ara, la primera dama embalsamada significó mucho más que fama: incluso narró esa experiencia en el libro “El caso Eva Perón” (1974).
Antes de trasladarla a la gran sala del Ministerio de Trabajo y Previsión donde sería velada, Ara puso unas pastillas en el féretro y dio instrucciones estrictas para que nadie abriera la caja, ni tocara el cadáver a lo largo de las dos semanas en que iba a estar expuesto bajo una tapa de cristal. “...Una muñeca de pelo rubio”, escribió después el Borges antiperonista.
No hubo caso. Perón abrió para acomodarle la cabeza y prenderle un broche. Otros frotaron el cristal para desempañarlo. Ara montó en cólera. Y puso término a uno de los funerales más multitudinarios y conmovedores del siglo XX, dejando kilométricas filas de devotos que todavía no habían llegado a ver los restos de una Eva sacralizada.
Bajo el más estricto secreto, con custodia permanente, el anatomista siguió manipulando a la muerte. Un año después, le informó a Perón de que el embalsamamiento había sido completado “sin haber tenido que sacar las vísceras ni romper ningún tejido”. Se rumoreaba que se había vuelto loco, que se había enamorado...
La instalaron en una capilla provisional en el salón de actos de la central sindical. El 26 de julio de 1953, las multitudes peronistas organizaron un desfile de antorchas para conmemorar el primer aniversario. El viudo dijo: “parece dormida”.
El misterio
El secuestro del cadáver ocurrió en noviembre de 1955, dos meses después del golpe que derrocó a Perón. El teniente coronel Moori Koenig estaba entonces a cargo del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIDE) y fue el encargado de esconderlo de los ojos del pueblo, sobre todo de los militantes peronistas; cosa de que no se conviertiera en talismán de la resistencia, condenada a partir del golpe a silenciar su bandera política.
Así, clandestinamente, sacó el féretro del segundo piso de la CGT, donde se encontraba desde su funeral. ¿Qué hacer con él?, se preguntaba la llamada Revolución Libertadora, que colocó como presidente a Aramburu. El cuerpo de Eva no se corrompía, pero corrompía al régimen.
Entonces empezó un derrotero fantasmal: se dijo que el cadáver circuló en el furgón de una florería, que estuvo en las oficinas de la SIDE en Viamonte y Callao, que permaneció un tiempo detrás de la pantalla del cine Rialto, en el edificio de Obras Sanitarias, y que fue a parar a la casa del mayor Arandía, hasta que una noche mató a tiros a su propia esposa embarazada alucinando con un ladrón de la muerta.
¿Tuvo Moori Koenig una desenfrenada pasión necrofílica por Eva? “Tenía locura con el cadáver. Llegó a parar el féretro en su despacho y manosearlo, entre otras bajezas. Se dedicó, incluso, a mostrárselo a sus visitantes. Hasta que uno de ellos, la recordada cineasta María Luisa Bemberg, corrió espantada a comentarle el hecho a su amigo, jefe de la Casa Militar, el capitán de navío Francisco ‘Paco’ Manrique”, detalló el periodista Sergio Rubín, quien escribió “Secreto de Confesión: Cómo y por qué la Iglesia ocultó el cuerpo de Eva Perón durante 14 años”.
En cuanto a Moori Koening... Aramburu decidió echarlo, en junio de 1956. Cinco años más tarde, Walsh lo entrevistó con la idea de obtener información sobre el paradero del cadáver que lo había enloquecido. Para entonces ya nada sabía, pero sin quererlo inspiró uno de los cuentos más geniales de la literatura argentina: “Esa mujer”.
Volvamos: la misión de dar cristiana sepultura al cadáver recayó en coronel Héctor Cabanillas, quien se percató de que la militancia peronista seguía sin descanso los puntos de ocultamiento. Con urgencia, el cuerpo debía salir del territorio argentino.
Entonces aparece un personaje clave: el capellán de la unidad de Granaderos a Caballo, Francisco Rotger. Rápidamente, el plan se iba cerrando con la colaboración de la Iglesia.
Operación traslado
La difunta María Maggi de Magistris (el falso nombre con el que sepultarían a Eva Duarte) fue embarcada en el buque “Conte Biancamano”, con destino a Génova.
Fue enterrado en el cementerio Mayor de Milán, en una tumba que sería custodiada por la Compañía de San Pablo, la comunidad religiosa a la que pertenecía el capellán Rotger.
Giussepina Airoldi, una laica consagrada, puso flores frescas en esa tumba durante los 14 años en los que el cuerpo estuvo desaparecido. Con el encargo, le dijeron que allí yacía “una bondadosa mujer italiana que había muerto en la Argentina a raíz de un accidente automovilístico y deseaba ser enterrada en su tierra natal”.
El regreso
La búsqueda del destino de ese cuerpo está relatada magistralmente en la novela “Santa Evita”, de Tomás Eloy Martínez. El único que sabía dónde estaba era Cabanillas, el primer entrevistado del novelista.
El 29 de mayo de 1970, Montoneros secuestró y asesinó a Aramburu. Ese año la búsqueda se reactivó: “Evita está en Italia, pero no sé dónde y si lo supiera no se los diría”, dijo Aramburu al comando.
Lanusse sintió la presión y finalmente pactó con Perón la entrega del cadáver en Madrid, que debía ser organizada por el mismo Cabanillas.
Curioso destino: tras 14 años, Eva embalsamada fue entregada en Puerta de Hierro a Perón, Isabel Perón y José López Rega. Y allí permaneció (también a expensas de los delirantes rituales de López Rega que pretendía trasladar a Isabel la energía de Eva) hasta octubre de 1974.
Ese año, Montoneros secuestra el cadáver de Aramburu para obligar a Isabel a trasladar el cadáver a Buenos Aires y hacerlo reposar en la cripta de Olivos junto a Perón.
La historia acaba con un nuevo golpe, en otra tarde fría de invierno: el 22 de julio de 1976, la dictadura ordenó el entierro de Evita en la Recoleta.
Ahí está: a 200 metros del portón principal de entrada al cementerio de la Recoleta, en la bóveda de la familia Duarte, bajo una gruesa plancha de acero a seis metros de profundidad, con la seguridad de una bóveda bancaria. Dicen que está sentada.