La subasta había sido un fracaso. Los objetos recuperados del fatal incendio de la mansión Garland no tuvieron mucha acogida en el público. Sumado a esto, el día no ayudaba. Llovía intensamente desde la madrugada y la ciudad de Bruselas era un pantano. Cuando citaron a los clientes a la sala de exhibición de los artículos en remate, solo dos personas acudieron. Los objetos no eran tampoco muy atrayentes. Un escritorio con las patas chamuscadas por las oleadas del fuego, un par de anteojos con marco de oro propiedad del mismo señor Garland, un brazalete de oro blanco con sus aretes de la señora de la casa, un globo terráqueo antiguo escrito en latín, un cuadro envuelto en papel color madera lacrado sin mayor información y un sillón tapizado en fina seda con motivos tribales. El precio de base era por el lote completo. Una vez empezado el remate hubo una sola oferta para que cayera el martillo anunciando que había sido vendido. Solo bastó llenar los papeles y los objetos fueron entregados al nuevo poseedor. El cuadro fue el último en encontrar lugar en la pequeña camioneta del ahora dueño del lote. Era un hombre adusto que se dedicaba a la compraventa de muebles y otros enseres en una humilde vivienda del barrio latino de la capital de Bélgica. Llegó a su casa y, tras acomodar en el garaje los elementos, se dispuso a desenvolver el cuadro que ya le planteaba un interrogante. Con sumo cuidado despegó el lacre y cortó los hilos de la envoltura. Al quitar el papel descubrió que el marco era de madera de olivo, con sus característicos matices verde suave. “Añejo pero entero”, pensó. La pintura mostraba un cielo cargado de nubes flotando, con trazas propias de los cuadros de Vincent. Un trigal de vainas vivas completaba la pradera que se extendía en la perspectiva del paisaje hasta disolverse en el horizonte. Se paralizó un momento shockeado por la sospecha, confundido. Era un cielo tan real que parecía arrancado del mismo cielo. Lo analizó buscando una firma, pero no la encontró. Lo acercó a una lámpara para mirarlo a trasluz y le pareció que las nubes se movían. Lo tomó como un mareo pasajero y siguió en su tarea de búsqueda. En el borde inferior izquierdo se insinuaba una V. El trigo se movió suavemente, como empujado por una brisa, y esta vez estuvo seguro de que no era un mareo pasajero. Asustado, dejó el cuadro y se autoconvenció de que el cansancio le estaba haciendo una mala jugada. Se fue a descansar con la sombra de una duda. A la mañana siguiente despertó con pensamiento fijo en el misterioso cuadro. Lo fue a buscar y advirtió que las nubes en la pintura habían cambiado de posición. El trigo también tenía un tenue brillo en sus amarillos que ayer no estaba. Esperó unos momentos y cargó el cuadro para llevarlo al atelier más prestigioso de la ciudad en busca de algún dato. En el camino tuvo una premonición, o un arrepentimiento, y decidió no mostrar la obra y regresar. La colgó en la sala y todos los días notaba cómo el lienzo cambiaba a veces sutilmente y otras de manera radical. El cielo, con más o menos nubes, más altas, más bajas; el trigo ladeado hacia un lado o hacia el otro, a veces inmaculado, a veces grisáceo. La obsesión superó su temor primario y empezó a soñar por las noches los cielos pintados.
