—Aparte de ser cantautor, juglar, intérprete, por tus letras y tu música uno, como público, te puede considerar un poeta. ¿Cómo es tu relación con la poesía y la literatura?
—Siempre ha sido muy cercana, toda mi vida. Por suerte tuve esa posibilidad. Desde muy chico empecé a leer cosas inadecuadas, te podría decir… para mi edad.
—¿Como cuáles?
—En un principio yo hurgaba en la biblioteca de mi viejo, que tenía cosas muy específicas, pocas, pero en aquella época, supongo que por una cuestión generacional, había una afición por la literatura. Así que desde chico, a los 11, 12 años, yo ya me leía a Jorge Amado, Jubiabá, no me voy a olvidar más de ese libro. Después Dostoievski, que era la literatura que había en ese momento en las bibliotecas de los adultos. Pobre, yo lo atosigaba a mi viejo porque desconocía el significado de muchas palabras. Imaginate, un pibe de 11 leyendo a semejantes escritores, con las dificultades que implicaba entender. Te cuento una anécdota que a veces la cuento también en público. Mi viejo era contador, entonces estaba todo el día con su visera, su lámpara y sus libracos de Debe y Haber de los negocios para los que trabajaba. Yo iba con el libro y con el término que desconocía a preguntarle qué quería decir. Y claro, me bancó una semana, dos semanas, y después un día me dijo: "Mirá, acá tenés la respuesta a todas tus dudas, a todos los interrogantes", y me regaló un diccionario. Y me propuso un juego, algo extraordinario, que yo creo que me abrió la cabeza. Me dice: "No busqués inmediatamente el significado de la palabra. Escribila en un cuadernito y escribí lo que vos creés que dice la palabra, y cuando terminás la página, el capítulo, vas, leés y averiguás si acertaste." Así que yo escribía todas las palabras que desconocía y les inventaba el significado. No pegaba una, claro. Pero eso fue lo que hizo mi viejo: me hizo inventar. Sobre cada término me dio la posibilidad de pensar un contenido. No pegué una, pero inventé.
—¡Qué buena estrategia la de tu viejo!
—Siempre estuve muy ligado a la literatura. Intenté estudiar; yo vivía en Paso del Rey y a los 17 me fui a vivir a Capital, cerca del Mercado Spinetto, para seguir la carrera que pretendía en ese momento, Letras. Ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras, pero no alcancé ni siquiera a terminar… Creo que terminé las materias de primero, una de segundo y algunas de tercero, llegué a los tumbos. Siempre digo: el artista se llevó por delante al estudiante, y ahí quedó la carrera. Pero bueno, también quedó el artista.
—Y en algún momento le entraste a los versos, a la música y a la canción. ¿Cómo fue ese proceso?
—Mirá, yo era un tipo pretencioso, como todo pibe, como todo joven, y quería escribir y escribir bien. ¿A quiénes quería emular en ese momento? Mi viejo tenía sus aficiones, sus apetencias literarias, y yo fui heredero de eso. Yupanqui estaba en primer lugar, porque para él era el más grande artista de nuestro país y del mundo. Y después descubrí algunos libritos: poemas de Pablo Neruda, de García Lorca, de Goytisolo, que fueron mis poetas de cabecera. Intentaba emularlos, imaginate, a los 15 años. "Para cobrar altura", la zamba, es de esa época, de mis 15 años. La canté en Cosquín, ganó y me valió la posibilidad maravillosa de que Alma García, una poetisa tucumana, me escuchara y me hiciera conocer a Mercedes Sosa, a Yupanqui. Le sorprendió que un pibe escribiera una cosa como "Para cobrar altura".
—Vos naciste al reconocimiento público en un momento en que la canción tenía valor como herramienta de conciencia y de lucha...
—Ustedes los mendocinos lo saben bien. Ahí nació el movimiento del Nuevo Cancionero, con Matus, Tejada Gómez y, bueno, la Negra Mercedes Sosa.
—¿Qué ocurrió con la canción popular de aquella época a esta? ¿Sigue teniendo ese valor de crear conciencia?
—Yo creo que sí, todavía lo tiene, pero en pequeños nichos. Hay propuestas que tienen que ver con el rap, con la cumbia, con el rock; todavía hay un nicho de jóvenes músicos que expresan, en principio, la problemática generacional por la que transcurren sus vidas hoy. Aquel movimiento, el del Nuevo Cancionero y el de los cantautores en América, estaba más bien ligado a la problemática social en general. Había un matiz ideológico que hacía que muchos medios hegemónicos señalaran aquello como "canción revolucionaria". En realidad la canción lo que hacía era acompañar algunas propuestas, algunos movimientos que sí lo eran, que eran revolucionarios y populares. Lamentablemente esa propuesta, no digo que se fue quedando en el camino, pero muchos de los que hacíamos esa canción —perdoname que me incluya— fuimos perdiendo terreno. Algunos han quedado con una vigencia notable, extraordinaria, como el caso de Silvio, el caso del Nano Serrat. Después vinieron otras figuras. Hoy, como demostración de que esa propuesta todavía existe, te diría que hay algún ejemplo en el rap, como Wos, como Trueno. Yo compartí con él la canción "Tierra Zanta", que tuvo un éxito muy grande a nivel nacional y mundial.
—¿Tenés expectativa de que vuelvan a tener vigencia ese tipo de canciones?
—Yo entiendo que sí, porque en realidad es la sociedad en sí misma, el consciente o el inconsciente colectivo, el que le da el empujón a sus emergentes. Los artistas no nacen de un repollo, sino que son emergentes de una presión popular que los impulsa a escribir desde esa presión. O sea: qué es lo que pasa alrededor, y el artista lo toma. Como dije el artista no nace de un repollo; nace de una compulsa, de una presión, como emergente de una situación colectiva. Y eso es lo que lo hace auténtico. Ojalá que alguno de estos pibes tome esa posta. Que se den cuenta de que, más allá del éxito de la convocatoria, de los millones de vistas en las plataformas sociales, hay una razón, y que ellos son los portadores de esa razón.
—¿No sentís que también hay un deterioro de calidad producido por la irrupción descarada del mercado, de la industria de la musical?
—Sin ninguna duda. Pero también sugiero que habría que considerar que en su momento estos medios y estas plataformas económicas, comerciales, de las que tanto nos quejamos, también pusieron su apuesta en lo que hacíamos nosotros, enemigos justamente de ese sistema. ¿Qué quiere decir? Que no les importa: mientras produzca dinero, no les importa. Y eso es lo peligroso del sistema. Así como en algún momento yo llenaba cinco Luna Park en pocas horas, hoy lo puede hacer Wos, lo puede hacer Trueno. Entonces es cierto lo que decís, este manoseo cultural que sufre toda la sociedad, porque hay un grupo de empresarios que se da cuenta de que hay que apoyar esto porque les va a dar dinero. Bueno, en su momento lo hicieron por nosotros. Creo que el trabajo, justamente, es demostrar que lo que se hace en pos de la conciencia, del inconsciente colectivo y en favor de esa cultura también puede llegar a ser interesante. Alguna vez lo logramos. Podríamos intentarlo de nuevo, ¿no? Los tipos que apuestan en favor del envenenamiento de las tierras para producir más alimentos, del envenenamiento de las aguas… esos también van a desaparecer. No se dan cuenta, son imbéciles: lo que están haciendo es desaparecer a la humanidad del planeta, pero ellos también son parte de la humanidad. Sí, también hay que trabajar para concientizarlos.
—Has venido muchas veces a Mendoza. Supongo que habrás hecho también muchos amigos acá… Los tengo, sí, los tengo todavía. Tengo queridísimos amigos allí. Algunos están bien, otros no están tan bien, algunos están maltrechos, como dice el poema que canta Ana Belén. Hay amigos que están bien y otros que están maltrechos. Pero están ahí. Lo importante es llegar, golpear la puerta y saber que te van a contestar.
Víctor Heredia, escritor
Aunque su nombre está indisolublemente ligado a algunas de las canciones fundamentales de la música popular argentina, Víctor Heredia también construyó, desde hace más de dos décadas, una obra literaria propia, atravesada por la memoria, la injusticia social, la identidad y la necesidad de contar las historias de quienes suelen quedar al margen.
Su recorrido incluye novelas como Alguien aquí conmigo, Rincón del Diablo, Mera vida y Los perros. En ellas aparecen la dictadura y sus heridas, los secretos de los pueblos, la marginalidad, la pobreza, la violencia y las vidas de personajes enfrentados a situaciones límite. En Alguien aquí conmigo, por ejemplo, la memoria de un joven secuestrado y torturado durante la dictadura se convierte en una forma de resistencia frente al olvido. Los perros, en tanto, lleva la mirada hacia quienes sobreviven en un basural y encuentran en la literatura una posible salida de la exclusión.
A esa narrativa se suman Aquellos soldaditos de plomo, su primer libro de poesía, y La canción verdadera, un ensayo sobre la canción latinoamericana. También publicó Taki Ongoy. Las lágrimas de América, donde revisita históricamente su célebre obra sobre la conquista y el exterminio de los pueblos originarios.