—Esta es la tercera vez que vuelvo a Mendoza y ya sí ahora para terminar, porque terminamos acá. Es la última vez que vamos a salir de Buenos Aires. Vamos a llegar a Mendoza, así que para mí también es una forma de cerrar bien. Poder sacar la obra de la ciudad donde siempre estamos, más allá de que salimos en gira muchas veces, poder hacer algunas funciones fuera de nuestro ámbito más local es bueno, ¿no? Porque da la posibilidad a gente que no la vio, de zonas cercanas, de que puedan volver a verla. Así que sí, estamos ya en la final.
—Tercera vez en Mendoza y siempre han tenido buena repercusión de público.
—Sí, sí, muy buena. Por eso también volvemos. Hubiéramos querido hacer más plazas de las que fuimos; nos ha ido muy bien, como en Córdoba, Rosario. Pero bueno, ya es más complicado volver a proyectar una gira cuando estás terminando, y es una obra que se vio mucho, la recorrimos por el norte, por el centro, por el país. Pero antes de terminar hay una oportunidad más de verla en una ciudad que sabemos que es teatrera también.
—¿Qué te parece que tiene la obra para que la gente responda así?
—Primero no es una obra que tengas que ser erudito para verla. Si bien quienes hablan son un erudito de las letras y un hombre de la ciencia, uno podría llegar a pensar que es una obra compleja, y no es así. La obra versa sobre temas que nos convocan a los seres humanos en distintos momentos de la vida: preguntas e interrogantes que nos hacemos, como si hay o no un Dios. Son dos posiciones muy distantes, como lo pueden ser la ciencia y la religión, y sin embargo encuentran un denominador común en la posibilidad de dirimir esas diferencias. Eso me parece un mensaje muy importante en un mundo tan convulsionado, donde las ideas muchas veces se radicalizan demasiado y llevan a no encontrar una posibilidad de respuesta. Estos dos hombres, más allá de la enorme diferencia, tienen ese deseo de hablar y de darle tiempo y desarrollo a las ideas. Entonces la gente se va a encontrar con la posibilidad de escuchar a dos personalidades muy opuestas, que están en lugares muy distintos, que se paran frente a la vida de manera muy distinta, y que sin embargo se encuentran para acercar alguna posición y, sobre todo, rescatar lo que es la humanidad, más allá de las diferencias.
—Uno de los ejes de la obra es la controversia entre la ciencia y la fe, ¿no?
—Sí. Curiosamente, históricamente, hay muchos científicos que tienen cercanía con la religión. No es el caso de Freud, que era un ateo confeso. Sin embargo, la obra te lo acerca y lo descubrís también en sus lugares más vulnerables. La obra se ubica en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, el año en que él muere, en Londres. Había escapado del nazismo, lo perseguían, le habían quemado sus libros; hermanas de él murieron en el Holocausto. Él nunca se enteró, porque murió ese año, cuando empezaba la guerra. Y esto es un condimento importante. Un mundo que siempre ha estado en guerra, siempre ha sido belicoso. De hecho hay un libro muy lindo que se llama ¿Por qué la guerra?, una pregunta que le hace Albert Einstein [a Freud], otro personaje que yo abordé también. Es muy interesante el intercambio epistolar, porque además Einstein lo consulta para internar a un hijo que tenía problemas psiquiátricos, y se establece ahí un vínculo bien interesante. Pero lo que veo es que la obra transcurre en un borde donde parecía que el mundo se terminaba. El comienzo de la Segunda Guerra y todo el ascenso del nazismo. Y sin embargo estos dos hombres, en un momento tan crítico a nivel mundial, se toman ese tiempo para discutir cosas más profundas: interrogantes humanos muy nuestros, preguntas muy esenciales. Todo eso está en la obra, y también se transita en muchos momentos a través del humor. No es una comedia, pero tiene un condimento humorístico que también tenía Freud: la importancia del humor que le daba a sus sesiones psicoanalíticas, ¿no? Él desarrolló una filosofía a propósito del humor, y eso la obra también lo tiene. La gente lo disfruta mucho.
—Tengo entendido que hiciste los dos personajes, tanto el de Freud como el de Lewis.
—Sí, sí, porque en la primera versión, que se hizo hace 14 años, yo hacía el personaje de Lewis. Así que es una obra que conozco muy, muy bien.
—¿Y cambia algo para vos el hacer uno o el otro personaje?
—De todo. Sí, cambia todo, porque uno defiende cosas diferentes. Una cosa es lo que uno piensa como ciudadano, como ser humano, y otra lo que es la obra: cambia el 100% si sos uno o si sos el otro. Lo interesante es poder abordar personalidades muy destacadas, en las letras Lewis y en la ciencia Freud. A mí son dos personajes que me fascinó hacerlos, abordarlos, conocerlos y meterme un poco en ellos.
—Y vos, como ser humano, ¿de quién te sentís más cerca?
—Claramente de Freud. Hubo un momento de mi vida en que estuve muy vinculado a la vida religiosa, después los años me fueron llevando... A mí me pasa el camino inverso al que le pasó a Lewis, porque Lewis era también ateo y un día se convierte al catolicismo. Lo cuenta así: dice que estaba en el sidecar de la motocicleta de su hermano, tuvo una visión y ahí se convierte. Había sido un seguidor importante de Freud. Y Freud lo convoca a su casa para discutir. Más allá de que no se sabe si ese encuentro realmente existió, pudo haber existido tranquilamente: a Freud le gustaba juntarse y discutir con gente que pensara distinto a él. Y eso también deja una enseñanza importante. Alguien que tenía el conocimiento, la sabiduría, la capacidad de Freud, ponerse al servicio de la discusión y escuchar otros pensamientos, habla muy bien de él. Se sabe que lo hacía en Londres; en Londres no vivió mucho, porque murió, apenas un año y cuatro meses, pero se sabe que lo hacía. Antes vivía en Austria, no sé si ahí lo hacía. Pero de ahí saca el autor la idea de que pudo haber sido tranquilamente una reunión verdadera.
—El vuelco al catolicismo de Lewis es tal que tiene también esos encuentros con Tolkien, de donde salen El señor de los anillos y Las crónicas de Narnia...
—Eso se menciona en la obra también. Hay cierto dejo de ironía cuando Freud lo expone a Lewis; hablando de Tolkien dice: "el hombre que escribe fantasía". Pone la religión en el lugar de una fantasía, de una creencia como en un cuento; no le da a la religión otra entidad que la categoría de cuento, ¿no? Y esa es una de las razones por las cuales Lewis se envalentona y argumenta que hay un lugar donde la fe no se puede argumentar más que en la creencia. Sin embargo, Freud todo el tiempo lo está tratando de llevar a que le justifique, a que le diga de dónde toma que hay una existencia de Dios. Él dice: "Dios no se puede comprobar científicamente". Es el pensamiento claramente científico: lo que no se puede comprobar, no existe como tal. Pero bueno, uno diría que nunca podrían llegar a encontrarse, de tan distintos que son. Y sin embargo la obra, a través de este posible encuentro, hace que sea posible el diálogo.
—Hace un rato mencionabas que el Freud de la obra es un Freud en su momento terminal, por el cáncer. ¿Es difícil construir ese personaje en ese lugar?
—Bueno, depende de cómo se mire. Para mí, como actor, son construcciones fascinantes; primero porque es fascinante la personalidad de Freud, y abordarla desde la actuación me resulta muy claro. Después, hay aspectos que uno quiere transmitir de manera bastante cercana. Por ejemplo: él tuvo un cáncer que lo torturó gran parte de su vida, ¿no? Y que eso también llegue a la gente, que la gente asuma el lugar que él atravesaba, con un dolor físico inconmensurable, como era tener esa enfermedad en la boca. En esos años, los años 30... quince años tuvo el cáncer. Treinta y tres operaciones le hicieron, una recomposición del maxilar superior y el paladar. Todo eso está presente en la obra, en la forma en que él habla. Me gusta acercarle eso a la gente, para que tome dimensión de su personalidad: a pesar de esa terrible enfermedad, él seguía atendiendo y seguía escribiendo. Por eso digo: no es que sea más o menos difícil, es fascinante. Para uno, como actor, poder acercarle a la gente un personaje de esa envergadura es muy gratificante, porque la gente de verdad lo disfruta.
—Corriendo la sintonía de la charla, hace muy poco se estrenó la película Barreda, en la que encarnás a otro personaje fascinante. ¿Qué impacto tuvo en vos ese papel?
—Sí, es así. La película sigue estando en el top 10 de las más vistas de Prime Video a casi un mes y medio de haberse estrenado, y eso no es tan frecuente. Estuvo en el octavo lugar a nivel mundial. Eso hay que destacarlo, porque es una producción nuestra que ha tenido un recorrido internacional muy, muy importante. Y acá en Argentina sigue, creo que ayer estaba en el puesto ocho. Es muy gratificante para nosotros. Es una película completa, una película dura.
—Un personaje que fascina pero para el lado monstruoso…
—En este caso es abordar a un hombre de un narcisismo extremo y de todo el desastre que hizo con su familia, ¿no? Un femicida que fue ponderado como una especie de héroe en los años 90. Eso es lamentable, pero hay que destacarlo en el mal sentido: lo mal que estábamos como sociedad para ponderar algo así. Y lamentablemente todavía hay mucha gente que lo sigue ponderando, lo cual habla de que en el trabajo de toma de conciencia todavía hay mucho por hacer. Pero a mí me resultó fascinante abordar esa temática, y sobre todo poder darle voz a esas mujeres que fueron masacradas, y de las que siempre se habló desde el lugar que él erigió como la verdad absoluta, porque no quedó nadie para decir lo contrario. Eso fue un trabajo de mucho tiempo que hicieron los guionistas, y en la promoción y en el trabajo desde el grupo de actores y actrices trabajamos mucho para reconstruir algo de lo que pudo haber sido esa familia y de lo que fueron esas mujeres, que nunca tuvieron la oportunidad de dar su punto de vista. La película se está viendo y genera también un debate que creo que la sociedad se debía.
—Además pareciera un personaje oportuno para la época que estamos viviendo…
—Sí, porque los números de los femicidios siguen siendo atroces. Estamos muy, muy lejos de llegar a un estadio donde uno diga: "Bueno, no hay más femicidios". Estamos muy lejos. Entonces poner en valor estas historias, para que se valoricen las mujeres, el lugar real que ocupan, que es central en el desarrollo de todos nosotros, a mí me produce orgullo. Porque es una película que, insisto, tiene un punto de vista totalmente distinto a cómo lo tomó, sobre todo, el periodismo. Y ver cómo la película sigue generando debate, discusión, a casi un mes y medio del estreno, también habla de esto que digo. Aunque lamentablemente hay todavía posiciones a favor de un personaje así.