—No creo que las cosas dejen de ser nunca una anécdota, sobre todo si te pasaron en la vida. Lo que podemos hacer después es ponerle cierta carnadura, un poquito de especias, de maquillaje, para que se conviertan en algo que le interese a más personas que las que pueden estar en la sobremesa de un asado en tu casa.
Yo no busco hacer gran literatura, sino contar cosas muy cotidianas y que esas cosas le puedan interesar a la gente. Cada vez que veo que en la sobremesa de un asado algo que cuento funciona, sé que por ahí puede tener cierta suerte con desconocidos.
Antes de su presentación en la provincia, Casciari habló con Los Andes sobre el oficio de contar, la relación con el público y los límites de convertir la vida propia en literatura.
Gentileza Prensa Hernán Casciari
“Al principio de todo hay 27 letras”
—Tu trabajo pasó del libro al escenario y también terminó llegando al audiovisual. ¿Cómo definís hoy tu oficio?
—Yo escribo libros, entonces, si escribo libros, soy escritor. Después los cuento, soy narrador; después los adaptan al cine, entonces ¿qué soy? Después me subo al escenario... y así podemos estar toda la vida.
Pero al principio de todo hay 27 letras. Es todo lo que hay. Todo lo demás es parafernalia, incluso el libro. Antes de sacar un libro ya estás contando. Antes de subirte al escenario tenés que escribir lo que vas a decir. Antes de ir a la tele o antes de hacer una película, está en el teclado.
Yo tengo una relación muy directa con el teclado. Después hay muchas otras aristas, pero me parece que son secundarias: son formatos.
—Cuando empezaste a contar tus textos frente al público, ¿esa reacción inmediata modificó de alguna manera tu forma de escribir o de construir una historia?
—Yo escribo desde muchísimo antes de tener ningún tipo de repercusión. Creo que seguiría escribiendo si mi vida hubiera pasado por otro lado, si no hubiera tenido suerte dentro de mi oficio.
Este oficio lo tengo desde siempre. Nunca quise ser otra cosa, nunca supe ser otra cosa. Tengo recuerdos de los seis años en donde ya era escritor en mi cabeza. No era una fantasía de algún día ser escritor: para mí ya era escritor. Era un pelotudo que no sabía ni leer, pero para mí ya era escritor.
Nunca involucraba mi placer el hecho de que a otros les gustara lo que hacía.
—Varias de esas historias terminaron después convertidas en películas o producciones para plataformas. ¿Qué relación tenés con esas adaptaciones?
—Yo escribí unos cuentos y después alguien vino, me pidió los derechos y es otra gente la que hace todo eso.
Por ejemplo, por El mejor infarto de mi vida vino la gente de Disney y me dijo: “Esta historia me gusta mucho”. Pero yo nunca la escribí para que pasara algo en una plataforma. Nunca dije: “Ahora voy a escribir una historia para que venga un productor audiovisual y la lleve”. Yo la escribí.
Los límites de contar la intimidad
—Muchas de tus historias tienen familia, infortunios, vergüenzas y gente real. ¿Alguna vez pensaste: “Esta historia es buenísima, pero no tengo derecho a contarla”?
—Muchísimas veces. El derecho a contar algo tiene que estar consensuado con las personas que participan en esa historia.
Cada vez que cuento una historia que tiene que ver con mi madre, con mi papá, con mi hermana, con mi mujer, con mi hija o con mis amigos, ellos lo saben antes de que yo publique. Por ejemplo, yo nunca hablé de mi suegro en ningún lado y podría escribir 14 libros con las historias. Pero ellos no quieren ningún tipo de exposición y yo no voy a forzar a nadie.
Y jamás voy a contar ninguna historia donde quede mal una persona cercana a mí. El que queda mal en mis historias soy yo solamente.
—¿Ese es entonces tu principal filtro a la hora de decidir hasta dónde contar tu intimidad?
—Sí. No exponer a personas que no quieren ser expuestas. Nada más.
El público, el ego y una nueva etapa
—Después de tantos años en el oficio, ¿qué sentís que hacés especialmente bien y qué preferís directamente no hacer?
—Lo que más me gusta conseguir, y siento que más o menos voy por ahí, es el cambio de clima. Me gusta mucho como usuario, como espectador y como lector.
Me gusta ir de la emoción al humor muy rápidamente, a veces en un solo párrafo. Eso es lo que busco hacer siempre.
Las cosas que no sé hacer prefiero no hacerlas. Todo lo que tiene que ver con el cine y el audiovisual, por ejemplo, no sé hacerlo. Podría meterme, pero no soy bueno en eso, no me interesa. Entonces no me meto. Tampoco es que quiero aprender o hacer un curso de audiovisual.
—Tu trabajo ha tenido una enorme aceptación. ¿Cómo te llevás hoy con las devoluciones del público, la crítica y el elogio?
—Depende mucho del momento. Hubo épocas de juventud en donde eso me sorprendía y me alimentaba. Después hubo otras en donde me envanecía y hacía que el ego creciera, y eso no era bueno.
Y hubo un momento en que empecé a entender que no era tan importante ni la crítica ni el elogio. Ninguna de las dos cosas funciona bien.
Ahora no estoy pendiente de eso como estaba antes, pero en absoluto. Estoy en otro planeta.
—¿Tiene que ver con la madurez del oficio?
—No. Es la edad. La edad y las ganas de estar haciendo otra cosa. No me importa tanto.
—Para quienes vayan a verte con “Parece mentira” en Mendoza: ¿qué pueden esperar esa noche?
—No tengo idea. Los recitales de cuentos los decido en el hotel cuando llego. Es una sorpresa incluso para mí.
Alguna cosa que me haya pasado en Mendoza voy a hacer. Y después depende de cómo esté, de mi estado de ánimo. Si estoy medio triste porque extraño a mi hija, que vive en Barcelona, contaré algún cuento de eso.
Depende de cómo esté yo.
“Parece mentira” se presentará este jueves 8 en el Teatro Mendoza, con un recital de cuentos que Casciari define según el momento, el lugar y hasta su propio estado de ánimo.
Gentileza Prensa Hernán Casciari
Quizás allí esté buena parte de la lógica de Casciari: no escribir buscando el formato ni contar buscando el aplauso. Primero aparece una historia. Tal vez en una sobremesa, frente a un teclado o en algún recuerdo familiar. Después vendrán el libro, el escenario, una película o una plataforma.
Al principio, como él mismo dice, siguen estando apenas 27 letras.