En 2008, cuando la historia de Heinz Brücher apareció en Los Andes, todavía era una investigación periodística sobre un crimen ocurrido 17 años antes en Ugarteche. Pero detrás del asesinato del botánico alemán había una trama mucho más extensa: las SS, la ciencia durante el nazismo, el banco de semillas de Nikolái Vavílov y los años que Brücher pasó en Mendoza. Mariana Guzzante siguió esas pistas entonces como periodista de este medio y volvió sobre ellas años después como directora, junto con Camila Menéndez, para dar forma a "Brücher. Crónica botánica inaudita", documental recientemente distinguido en el Festival La Mujer y el Cine (Buenos Aires).
El filme obtuvo una mención especial de la Asociación de Autores de Fotografía Cinematográfica Argentina (ADF) para Mariano Donoso por su trabajo de fotografía, en el marco de este festival. Y próximamente podrá ser también visto en Mendoza. "Mientras la película continúa su recorrido por festivales —acaba de ser seleccionada para el FABariloche— tendrá un preestreno el 1 de octubre en el marco de la Feria del Libro de Mendoza, en el Le Parc. Luego, a partir del 5 de noviembre, estará durante tres semanas en Cine Universidad", nos adelanta Guzzante.
Una historia que necesitaba ser filmada
Pero antes de llegar a la pantalla, estuvo Los Andes. “En 2008, cuando trabajaba como redactora en el diario, un investigador de la Universidad Nacional de Cuyo me acercó la historia de este científico alemán que había llegado a Mendoza en la posguerra, contratado por la Universidad para trabajar con botánica y genética vegetal”, recuerda Guzzante.
La investigación fue revelando una trama cada vez más compleja. Brücher había formado parte de las SS y estaba vinculado con la ciencia desarrollada durante el nazismo. Su nombre también aparecía relacionado con el episodio del banco de semillas de Nikolái Vavílov, uno de los episodios más singulares de la historia de la genética vegetal durante la Segunda Guerra Mundial. Y, finalmente, estaba el crimen. En el verano de 1991, Brücher fue encontrado muerto en su vivienda de Ugarteche. Su cuerpo estaba torturado y amordazado. El asesinato quedó rodeado de interrogantes y nunca llegó a establecerse de manera definitiva una explicación capaz de cerrar todas las preguntas alrededor de su muerte.
Guzzante publicó entonces su investigación en Los Andes, el 21 de diciembre de 2008. La nota reconstruía una historia que excedía ampliamente la dimensión policial del caso y que conectaba la Mendoza de fines del siglo XX con algunos de los episodios más oscuros de la Europa de la Segunda Guerra Mundial. “En ese momento hice una investigación periodística y publiqué una nota, pero la historia quedó dando vueltas“, nos dice ahora. “Tenía algo que excedía largamente el caso policial: hablaba de la ciencia, del poder, de la guerra, de las semillas como recurso estratégico y también de la manera en que ciertas historias pueden permanecer ocultas durante décadas“.
El artículo publicado en Los Andes el 21 de diciembre de 2008.
Continúa: “Cuando empecé a trabajar con Camila Menéndez, vimos que ahí había una película. Camila tenía una enorme experiencia cinematográfica, especialmente en montaje y dirección, y yo aportaba mi vínculo con la investigación y con la historia. Así empezó el trabajo conjunto. Con el tiempo, la película fue creciendo, pasó por laboratorios y mercados internacionales y finalmente llegó a convertirse en nuestro primer largometraje juntas como directoras“, dice, al tiempo que agradece a la UNCuyo, al CCT del Conicet, al Mendoza Film Lab y al programa Cash Rebate, todos fundamentales para que pudiera realizarse.
-¿Cómo recordás ese primer encuentro con la historia y qué te llevó, tantos años después, a volver sobre el caso?
- Recuerdo aquella primera investigación como el descubrimiento de una historia que parecía imposible, pero que estaba ahí, en Mendoza. Eso fue quizás lo que más me impresionó: no era una historia lejana, ocurrida en un archivo europeo o en un escenario de guerra. Este hombre había vivido durante décadas en Ugarteche, había trabajado en nuestra universidad y llevaba una vida aparentemente bastante silenciosa. Cuando escribí aquella primera nota todavía no sabía que iba a volver sobre Brücher tantos años después. Pero la historia quedó abierta. Había demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Quién era realmente ese hombre? ¿Qué había hecho durante la guerra? ¿Qué había traído consigo a la Argentina? ¿Qué relación había entre su pasado y su trabajo científico? ¿Por qué lo asesinaron de esa manera? Y había algo más: cuanto más investigábamos, menos se podía reducir la historia a la figura de un nazi escondido en Mendoza. Aparecía una discusión mucho más amplia sobre la ciencia, la ideología y el poder. Esa dimensión nos resultó especialmente fascinante y, de alguna manera, hizo que la historia siguiera viva durante todos estos años.
El desafío de codirigir un documental
- Tiene todos los condimentos de una gran historia. ¿Cómo trabajaron el guion, de manera que se pudiera ofrecer un retrato completo de los hechos y que a la vez fuera cinematográficamente atractivo?
- Desde el principio tuvimos claro que no queríamos hacer solamente una biografía de Brücher ni un documental histórico convencional. Queríamos construir una investigación. Por eso pensamos la película como una especie de policial poético. El punto de partida es el crimen: aparece el cuerpo de un profesor de botánica asesinado en Ugarteche. Y a partir de ahí empezamos a retroceder en el tiempo, siguiendo pistas que nos llevan a descubrir quién era ese hombre. Primero aparece el científico; después, el pasado nazi; después, la guerra, las semillas, la genética, sus investigaciones y las distintas hipótesis sobre su muerte. Ese mecanismo nos permitía que cada respuesta abriera una nueva pregunta. Para nosotras era muy importante conservar esa sensación de investigación, pero sin afirmar como certezas aquello que la propia investigación histórica no permite demostrar. Hay zonas que permanecen en el misterio, y también queríamos que ese misterio formara parte de la película. El desafío del guion fue encontrar un equilibrio entre la enorme cantidad de información que había y aquello que verdaderamente necesitábamos para construir una experiencia cinematográfica. El archivo, los testimonios, los paisajes, las plantas y las voces tenían que formar parte de una misma narración.
- El documental ya tuvo su estreno en el Festival La Mujer y el Cine en Buenos Aires. ¿Cómo fue la recepción del público?
- Fue muy emocionante ver la película por primera vez en un festival. Una película que durante tantos años había estado en nuestras cabezas, en los archivos, en las conversaciones y en las jornadas de rodaje finalmente comenzaba a existir frente a espectadores. Y fue muy lindo comprobar que las preguntas que nosotras nos hacíamos durante la investigación también podían producir curiosidad en quienes veían la película.
- La Fotografía de Donoso tuvo una mención especial. ¿Qué valor creen que aporta su lente y el paisaje mendocino?
- La mención nos alegró muchísimo. Para nosotras la fotografía nunca fue simplemente una cuestión estética. Mendoza es un personaje de la película. Está la cordillera, está Ugarteche, están los campos, la finca, los espacios donde Brücher vivió y trabajó. Y está también ese universo vegetal que atraviesa toda la historia. Queríamos que la película tuviera una dimensión sensorial: que uno pudiera sentir el territorio, sus contrastes, su belleza y también cierta extrañeza. Mariano encontró una manera muy particular de filmar ese paisaje. La película va y viene entre el archivo histórico, los documentos, los testimonios y esos paisajes mendocinos que parecen guardar algo de la historia. Creo que ahí la fotografía no ilustra la investigación: la continúa por otros medios.
- ¿Cómo fue el proceso de dirigir entre las dos?
- Fue un proceso muy intenso y muy enriquecedor. Camila y yo venimos de recorridos diferentes y, lejos de ser un problema, esa diferencia terminó siendo una de las grandes fortalezas del proyecto. Creo que nos fuimos alimentando mutuamente durante todo el proceso. Camila tiene una mirada profundamente cinematográfica y una enorme experiencia en la construcción audiovisual, particularmente desde el montaje. Yo vengo más del campo de la investigación y del periodismo. Entonces se generó un diálogo permanente entre esos dos lugares: entre la investigación y la puesta en escena, entre la necesidad de entender qué había sucedido y la pregunta por cómo convertir todo eso en una experiencia cinematográfica. Ninguna de las dos quería simplemente ilustrar lo que la otra había investigado. Queríamos encontrar juntas la película. También aprendimos mucho una de la otra. Dirigir de a dos implica discutir prácticamente todo: qué mostrar y qué dejar afuera, cuándo revelar una información, cuándo no explicarla, cuánto silencio necesita una escena, qué imagen tiene que sostener una escena. Pero esas discusiones fueron construyendo la película. Creo que el resultado tiene justamente esa doble mirada.