7 de febrero de 2013 - 02:02

Encuentro en Aguascalientes

Todos los mundos, el mundo. De Vincent van Gogh a Frida Kahlo hay un universo entero, que el escritor (¿vocacional?) Armando Macchia describe con pasión, humor y clase. “Sus esqueletos se juntaron en Aguascalientes”, y con ello, también el despojo de sus

Vincent van Gogh se cortó una oreja y se la envió a Magdalena Frida Kahlo.

La  rebelde Frida estaba triste cuando recibió el paquete con la oreja, en esa tarde de abril en que el cielo estaba tan despejado como para divisar a tiro de ojo los montes azules que rodeaban el valle de Anahuac.

Por poco se la lleva la Pelona en aquel septiembre del año en que cumplió dieciocho, cuando viajaba junto al novio desde la ciudad de México hacia Coyoacán, en uno de los atestados camiones de transporte público, cuando en una intersección de calles un pesado tranvía arremetió contra el vehículo, arrastrándolo hacia una pared y reventándolo en mil pedazos.

Un pasamano del tranvía atravesó a la joven Frida de un lado al otro a la altura de la pelvis saliendo por la vagina. Así, completamente desnuda, el cuerpo ensangrentado y extrañamente cubierto de oro en polvo que tal vez algún pintor distraído transportaba descuidadamente, en ese acto surrealista perdió la virginidad, la alegría y la juventud.

Desde entonces, burlada, ultrajada, desintegrada, la vida se transformó en un manantial de horrores físicos, de lápices tajados, de huesos atornillados por hierros retorcidos. Entre la luz asombrada, mas allá de la pisada de los vivos, el corazón de poblados visitantes, el rostro de cejas de leopardo, la espalda como una rama encendida, todo su cuerpo, toda su vida, comenzó a prepararse para la muerte.

En el barrio de Coyoacán, barrio de callecitas empedradas y faroles en las esquinas, donde alguna vez en la noche de Todos los Santos, Hernán Cortés ahogó en una tina a la compañera Doña Catalina. En ese mismo lugar, sobre uno de los cristales de la ventana de su cuarto, Frida echaba un poco de vaho y con un dedo dibujaba una puerta, por la cual salía imaginada con su gran urgencia y atravesaba el llano que se divisaba a lo lejos, hasta perderse en el interior de la tierra.

Cuando Frida recibió la oreja se olvidó de Diego Rivera (su segundo accidente), de León Trotsky, de su amante parisina Jaqueline Lambas, de la fotógrafa mejicana Tina Modotti y de todos los numerosos amoríos.

Se cortó el dedo chico del pie y a cambio, se lo envió a Vincent. Este entonces se cortó un párpado y se lo remitió a Frida. Ella se cortó una mano y se la giró al pintor. Y en ese intercambio prolongado de sus trozos anatómicos, de besos de sangre, de amores trastornados, ambos se fueron despojando de sus cuerpos.

Sus esqueletos se juntaron en Aguascalientes una tarde de verano en que la ternura suspiraba de placer. Caminaron con pasos musicales tomados de la mano por las calles empedradas, interrumpiendo las horizontales sombras de los postes de luz, espantando las asambleas de insectos y el incansable aleteo de las mariposas. Un perro vagabundo los siguió. Y los gatos solteros los observaron inquietos desde los tejados.

Entraron en La Taberna del Coyote, se ubicaron frente a una ventana y ante el espanto del mesero, ordenaron dos vasos de tequila.

Luego de cada trago que empinaban, el mesero trapeaba el brebaje del piso bajo las osamentas.

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