8 de junio de 2014 - 00:00

En la negación de la desigualdad

Hace algún tiempo, publiqué un artículo titulado “Los ricos, la derecha y los hechos”, en el cual describo los esfuerzos políticamente motivados para negar lo obvio: el marcado incremento en la desigualdad en Estados Unidos, en especial hasta arriba de la escala del ingreso. Es probable que no sorprenda saber que encontré mucha negligencia estadística en sitios elevados.

Ni tampoco sorprenderá enterarse de que no ha cambiado mucho. No solo los sospechosos habituales siguen negando lo obvio, sino que siguen expresando los mismos argumentos ya refutados: de hecho, no está aumentando la desigualdad; está bien, está subiendo, pero no importa porque tenemos mucha movilidad social; de cualquier forma, es algo bueno, y cualquiera que sugiera que es un problema es un marxista.

Lo que podría sorprender es el año en el que lo publiqué: 1992. Lo cual me trae a la refriega intelectual más reciente, desencadenada por un artículo de Chris Giles, el editor de economía de The Financial Times, en el que ataca la credibilidad del libro “Capital in the Twenty-First Century”, por Thomas Piketty. Giles dice que Piketty cometió “una serie de errores que sesgan sus conclusiones” en su trabajo, y que, de hecho, no hay evidencia clara de que esté aumentando la concentración de la riqueza. Y, como casi todos los que han seguido tales controversias al paso de los años, pensé: “Y aquí vamos de nuevo”.

Como era de esperar, a Giles no le ha ido bien en las discusiones subsiguientes. Los supuestos errores eran, de hecho, el tipo de ajustes a los datos, normales en cualquier investigación que descansa en diversas fuentes. Y la aseveración crucial de que no hay una tendencia clara a un incremento en la concentración de la riqueza se basa en una falacia conocida, una comparación de manzanas con naranjas de la cual han advertido de tiempo atrás los expertos, y que yo identifiqué en ese artículo de 1992.

A riesgo de dar demasiada información, presento el problema. Tenemos dos fuentes de evidencias tanto para el ingreso como para la riqueza: encuestas en las que se le pregunta a la gente sobre sus finanzas e impuestos. Estos datos, si bien son útiles para rastrear a los pobres y la clase media, restan importancia, notoriamente, a los ingresos elevados y a la riqueza; en términos generales, porque es difícil encuestar a suficientes multimillonarios.

Así es que los estudios del uno por ciento, del 0,1 por ciento y así sucesivamente dependen, principalmente, de los datos fiscales. La crítica de The Financial Times, no obstante, compara estimaciones más antiguas de la concentración de la riqueza basadas en los datos fiscales, con las más recientes basadas en encuestas; esto produjo un prejuicio automático contra encontrar una tendencia ascendente. 

En resumen, ya se desacreditó este intento más reciente por desacreditar a la noción de que nos hemos convertido en una sociedad vastamente más desigual, y se debió haber esperado eso.

Hay tantos indicadores independientes que nos indican un marcado aumento en la desigualdad, desde los precios por las nubes de los bienes raíces elegantes hasta los mercados en auge de mercancías lujosas, que cualquier cosa que se diga en cuanto a que no está aumentando la desigualdad tiene que basarse en el análisis erróneo de los datos.

Y, con todo, persiste la negación de la desigualdad, por prácticamente las mismas razones por las que persiste la negación del cambio climático: existen grupos poderosos que tienen un fuerte interés en rechazar los hechos o, por lo menos, crear confusión y dudas. En efecto, se puede tener la seguridad de que se repetirá en forma interminable la idea de que “las cifras de Piketty están todas equivocadas”, a pesar de que esa aseveración se vino abajo rápidamente al analizarla.

Por cierto, no estoy acusando a Giles de ser un sicario de la plutocracia, aunque hay varios autoproclamados expertos que encajan en esa descripción. Y no debiera considerarse que el trabajo de nadie esté más allá de la crítica. Sin embargo, en problemas cargados políticamente, los críticos del consenso deben ser conscientes de sus propios errores; necesitan preguntarse si realmente buscan la honestidad intelectual o si, de hecho, actúan como troles, desacreditadores profesionales de devociones liberales. (Es raro decir que no hay troles en la derecha que desacrediten devociones conservadoras. Es chistoso como funciona eso.)

Esto es lo que hay que saber: sí, la concentración tanto del ingreso como de la riqueza en manos de unas cuantas personas ha aumentado enormemente en los últimas décadas.

No, la gente que recibe ese ingreso y es dueña de esa riqueza no es un grupo siempre cambiante: las personas se mueven con bastante frecuencia de la parte de hasta abajo del uno por ciento hasta arriba del siguiente percentil y viceversa, pero las historias de los mendigos a millonarios y de éstos a aquéllos son raras; la desigualdad en los ingresos promedio al paso de múltiples años no es mucho menos que la desigualdad en un año dado. No, los impuestos y los beneficios no cambian grandemente el panorama; de hecho, desde los grandes recortes fiscales en 1970, se ha provocado que aumente la desigualdad con mayor rapidez.

Este panorama hace que algunas personas se sientan incómodas porque sustentan demandas populistas para aumentarles los impuestos a los ricos. Sin embargo, no es necesario convencer de ideas buenas bajo pretextos falsos. Si el argumento en contra del populismo descansa en aseveraciones falsas sobre la desigualdad, se debería considerar la posibilidad de que los populistas tengan razón.

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