Ni el acordeón maullante de los italianos, ni Lugones, gozaron de los favores consagratorios del tango. En el lugar del acordeón italiano se aquerenció un pariente alemán (el bandoneón); y en el sitial del poeta cordobés, centro y figura del canon literario y moral de la Buenos Aires de aquellos años, surgieron hombres de una pronunciación francesa más defectuosa, de un latín menos riguroso, pero de almas gigantes y de una poética canyengue y refinada.
Ricardo Ostuni, prestigioso investigador del género, en su obra “Tango, voz cortada de organito” se encargó de escudriñar el tema. Allí trae a colación dos opiniones rioplatenses. Una, del ensayista uruguayo Daniel Vidart para quien el injerto de los organitos y de los acordeones venidos de Italia hicieron llorón al tango y abrieron el camino a la elegías con cornudos y minas espiantadas.
La otra opinión proviene de este lado del río: es de Borges. Él se lamentaba, como recordará el lector, de que el tango perdiera su coraje original en manos de un llanto decadente y hasta inverosímil para un guapo de las orillas de fines de siglo. Borges distinguía, anota Ostuni, un tango criollo y otro “maleado por los gringos”.
A continuación, el autor a quien seguimos advierte que “lo singular de estos juicios es que olvidan que los tangos primitivos, los que exhibían esa felicidad de pelear porque sí nomas y la valentía chocarrera del arrabal –los “tangos pendencieros” según el cuño feliz de Borges- fueron también compuestos en su gran mayoría por los primeros inmigrantes italianos o por sus descendientes”.
En rigor de verdad la objeción de Ostuni no alcanza a Borges quien, en su “Evaristo Carriego” destaca irónicamente que los “criollos viejos” que engendraron el tango “se llamaban Bevilacqua, Greco o De Bassi”. Apellidos claramente italianos que efectivamente corresponden a los de compositores del tango de antigua data.
Los “tanos” se quedaron en el tango. Algunos de ellos conservaron sus apellidos, otros los acriollaron, incluso también hubo quienes los afrancesaron, pero siempre siguieron firmes tocando, escribiendo y bailando durante el transcurso del siglo.
Más nombres ilustres
Habiendo enunciado ya, algunos apellidos italianos que protagonizaron la época de génesis y formación del tango, podemos recordar algunos otros nombres, ya posteriores, que honran el mismo origen.
Amleto Vergiatti, nació en Parma. Supo llamarse Enrique Alvarado, pero fue conocido con un nombre ya querido por todos: Julián Centeya, el hombre gris de Buenos Aires. Llegó con su familia desde Italia. Su padre, periodista anarquista, fue perseguido por sus ideas políticas y decidió viajar a América. Más tarde recordaría el poeta, en su poema “Mi viejo”:
"Vino en Conte Rosso
fue un espiro
tres hijos, la mujer, a más un perro
como un tungo tenaz cinchó de tiro
todo se lo aguantó: hasta el destierro"
Luis César Amadori, el prolífico letrista y hombre de cine (e incansablemente envidiado por haber llevado al altar a la bella Zully Moreno) nació en Pescara.
Mario Battistella, comparte el mismo origen. El autor de “Cuartito azul” -entre otros cientos de tangos- había nacido en Verona. De estos pagos era oriundo también uno de los mejores vocalistas de la historia de nuestro género: Alberto Marino, “La voz de oro del tango”, cuyo nombre verdadero era Vicente Marinaro.
Sabemos que Ignacio Corsini se crió entre Almagro y la Provincia de Buenos Aires, pero lo cierto es que este cantor criollo había nacido en Sicilia, pese a que portaba un apellido oriundo de Italia del norte.
Para no agotar al lector apenas recordaremos que fueron descendientes directos de italianos, los hermanos De Caro, Armando y Enrique Santos Discépolo, Vicente Greco, Ernesto Ponzio, Pascual Contursi, Roberto Firpo, Juan Maglio “Pacho”, Francisco Canaro, Francisco Lomuto, Carlos Di Sarli, Juan D’Arienzo, Astor Piazzolla, Pedro Maffia, sólo por nombrar caprichosamente algunos.
Más allá de la cercanía con un nacimiento familiar en la península itálica, la sangre italiana inunda la historia del tango. La sola mención de los apellidos corrobora el jucio: Francini, Pugliese, Manzione Prestera (apellido de Homero Manzi), Biaggi, Ruggiero, De Ángelis, D’Arienzo, D’Agostino, y un largo etcétera.
Las letras
La inmigración italiana brindó al tango, músicos, cantores y letristas, y también representó un tópico frecuente de su poética. Buenas, no tan buenas y también de los otras, lo cierto es que son numerosas las letras de tango inspiradas en el inmigrante italiano y su mundo. Revisemos algunos versos emblemáticos:
"Con el codo en la mesa mugrienta
y la vista clavada en el suelo,
piensa el tano Domingo Polenta
en el drama de su inmigración.
Y en la sucia cantina que canta
la nostalgia del viejo paese
desafina su ronca garganta
ya curtida de vino carlón."
Los versos son de Nicolás Olivari y pertenecen al tango “La violeta” escrito en 1930. En él, se narra el drama que llegaba “encerrado en la panza de un buque”. Sigue cantando el poeta:
"Canzoneta de pago lejano
que idealiza la sucia taberna
y que brilla en los ojos del tano
con la perla de algún lagrimón...
La aprendió cuando vino con otros
encerrado en la panza de un buque,
y es con ella, metiendo batuque,
que consuela su desilusión."
También se ocupó el tango del tema del ascenso social del inmigrante y el sueño del hijo profesional ("M´hijo el dotor", diría Florencio Sánchez) En 1930 se conoció esta obra que luego grabó Gardel. La pieza, de Guillermo Del Ciancio, se llama "Giuseppe el zapatero" y describe el asunto, en versos que poco honran la letrística tanguera, pero significan un testimonio de la época:
"E tique, taque, tuque,
se pasa todo el día
Giuseppe el zapatero,
alegre remendón;
masticando el toscano
y haciendo economía,
pues quiere que su hijo
estudie de doctor."
El lugar que encontró el "tano" para meditar sobre su pena fue el "cafetín", ese reducto sórdido y gris al que aluden numerosas obras.
Cátulo Castillo por ejemplo, en su tango "La Cantina", puso de música una tarantela que alegró un barco, pero hizo a su tango, profundamente triste:
"Se ha dormido entre jarcias la luna,
llora un tango su verso tristón,
y entre un poco de viento y espuma
llega el eco fatal de tu voz.
Tarantela del barco italiano
la cantina se ha puesto feliz,
pero siento que llora lejano
tu recuerdo vestido de gris."
Su papá, José González Castillo, había recordado en "Aquella cantina de la ribera" en 1926, la desdicha del amor perdido detrás del océano:
"Pero hay en las noches de aquella cantina
como un pincelazo de azul en el gris,
la alegre figura de una ragazzina
más breve y ardiente que el ron y que el gin".
En los versos del gran Homero Expósito retorna en 1947 la imagen poética del barco, el lirismo de la pena asfixiante del pasado y la distancia. Recuerdos del hombre que ahoga sus penas en el vaho del alcohol de un… "Cafetín" (1947)
"Bajo el gris
de la luna madura
se pierde la oscura
figura de un barco.
Y al matiz
de un farol escarlata
las aguas del Plata
parecen un charco.