Eran sacerdotes la mayor parte de los letrados de la época, por lo que tuvieron una importante participación en el Congreso de 1816. Para la religión, la revolución planteó una serie de problemas a resolver.
El rol del clero en la revolución
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Entre los 29 congresales que firmaron el acta de la Independencia en Tucumán hace 200 años se cuentan 10 religiosos, lo que nos permite concluir de forma certera que en aquella época formaban parte de la élite política y que tenían un rol en la sociedad muy distinto al de nuestros días.
Historiadores expertos en el tema que participaron del Congreso del Bicentenario de la Independencia Argentina fueron consultados al respecto y dieron sus consideraciones sobre su participación en este momento clave para nuestro país.
“Como los sacerdotes eran la mayor parte de los letrados, es decir, los que tenían estudio, era obvio que ellos iban a ser los representantes, los que iban a poner la voz y la letra escrita en todos los procesos de la representación política”, explicó Gabriela Tío Vallejo, doctora en Historia y profesora asociada en la cátedra de Historia de América en la Universidad Nacional de Tucumán.
Para ella, es necesario contextualizar que el clero en esos años era un sector mucho más importante de lo que puede ser hoy en la sociedad. “Todas las familias de notables tenían por lo menos algún miembro del clero, si querían tener un hijo con formación se lo mandaba a estudiar teología”, aclaró. Ella enumeró además otros momentos claves en los que participaron, como la Junta Grande y la Asamblea del año XIII.
En palabras de Valentina Ayrolo, doctora en Historia e investigadora independiente del Conicet, “formaban parte de la élite política del momento y se incluyen en el proceso revolucionario de la Independencia, aunque anteriormente muchos de ellos habían sido refractarios al proyecto revolucionario”.
Su preocupación, para ella, estaba centrada en incluir a la Religión Católica en el nuevo Estado que se creara luego del proceso de la Independencia. “Buscaban que continuara esa tradición que venía desde la época colonial, en la cual la Iglesia Católica articulaba a la sociedad”, subrayó.
A pesar de esta creencia, en algunos casos sus visiones estaban divididas. “Pero la mayoría se pliega para defender esta idea y que haya una supervivencia de estos principios religiosos a pesar de todo”, recalcó.
En tanto, para Roberto Di Stéfano, doctor en Historia Religiosa por la Universidad de Bolonia en 1998 e investigador independiente del Conicet, “que haya participado el clero es completamente lógico y previsible, desde que su función como estamento era ser guía de los pueblos y custodiar la pureza de la fe y la obediencia a las normas religiosas. En una comunidad política que era a la vez una comunidad religiosa, los fieles eran a la vez súbditos (luego ciudadanos); lo extraño habría sido que no participaran”.
Y explicó: “No hay una ‘Iglesia’ que apoya o deja de apoyar a la revolución. Hay clero que participa, en el caso del Río de la Plata por la revolución porque es la única posibilidad. Quien no está de acuerdo se va o se calla para que no lo maten, como bien ocurrió durante el motín de Álzaga de 1812”, expuso, y describió que en los territorios controlados por los realistas pasaba al revés: “Se calla quien está a favor de la causa ‘patriota’, o lo matan”.
Tal como manifestó, en la sociedad colonial era lo normal que los eclesiásticos actuaran en la vida pública porque eran los letrados por excelencia, los que administraban la circulación de ideas. “Eran lo que hoy llamaríamos intelectuales”, aseguró.
Una serie de problemas
Di Stéfano planteó en su exposición en el Congreso una serie de problemas que supuso para la religión la revolución.
Algunos de ellos se detallan a continuación: “La revolución rompe con el lazo religioso del orden colonial, que es su razón de ser fundamental. La legitimidad de la Corona desde la conquista se funda en la expansión de la religión. Por eso se dice desde antes de la revolución que han pasado tres siglos y América sigue siendo un continente de misión”, explicó.
Para él, la sujeción al monarca implica un lazo religioso. “La afirmación de la soberanía del pueblo implica su desacralización y pone en manos de la sociedad la construcción del nuevo orden. A la vez presenta el problema de la definición de la ciudadanía: rompe con la identificación entre ciudadano y fiel. Esa ruptura se acelera por la temprana diversificación religiosa.
Las consecuencias se irán poniendo en evidencia con el correr de los años”, señaló.
Por otra parte, el historiador mencionó que al tocar parte del edificio del orden colonial se mueven otras piezas “que muchos habrían preferido no tocar”. “El desmantelamiento parcial de los mecanismos coercitivos -Inquisición, control de las libertades de opinión y prensa- permite la emergencia de un anticlericalismo atávico, bastante visible durante los siglos coloniales”, remarcó.
Un tercer problema que surgió fue que la nueva concepción de la soberanía no admitía instituciones extraterritoriales capaces de establecer normas y juzgar sobre la base de ellas a los ciudadanos. “En este caso está Roma, los superiores de las órdenes regulares, la Inquisición, el Tribunal de la Santa Cruzada”, precisó el experto.
Por otra parte, los cambios estructurales introducen modificaciones en la religión (secularización), que se adapta a ellos como puede. “Redefinición de la soberanía y de la ciudadanía, diversificación religiosa, construcción del Estado, que implica entre otras cosas: tendencia a la monopolización de la recaudación tributaria, a la monopolización de la producción de normas y de la administración de justicia y a pensar al ciudadano como ser humano libre, lo que entra en conflicto con el voto de obediencia de los regulares”, detalló.
En tanto que “la revolución altera el antiguo lugar del clero sin proporcionarle a cambio otro claro y satisfactorio. La ‘carrera de la revolución’ abre espacios que compiten con ese lugar del clero: producción, control y circulación de ideas y símbolos, ejercicio de liderazgos locales y de nuevas formas de autoridad (civiles, militares, intelectuales)”, expuso.
Además, este proceso trae consigo el desmantelamiento de la geografía eclesiástica. “Altera el ejercicio de las jurisdicciones eclesiásticas, obstaculiza la pastoral e impide la recaudación de tributos. El ejercicio del patronato genera problemas entre las nuevas entidades políticas autónomas”, dijo.
Por último, mencionó que la revolución cambia la metrópoli religiosa y crea el problema de las relaciones con la Santa Sede. “Con la que no se sabe cómo funcionar”, cerró.
Perfiles
Gabriela Tío Vallejo. Es doctora en Historia por el Colegio de México. Se desempeña como profesora asociada en la cátedra de Historia de América en la Universidad Nacional de Tucumán, es miembro del Instituto de Investigaciones Históricas Ramón Leoni Pinto (UNT) y del Comité Académico del Doctorado en Ciencias Sociales de la UNT.
Valentina Ayrolo. Es doctora en Historia por la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne, investigadora independiente del Conicet y profesora adjunta de la cátedra de Historia Argentina I (Siglo XIX) de la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Roberto Di Stefano. Obtuvo el título de licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires y el de doctor en Historia Religiosa por la Universidad de Bolonia. Es investigador independiente del Conicet y del Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani" de la Universidad de Buenos Aires.