6 de noviembre de 2017 - 00:19

El nuevo Guillermo se va perfilando como heredero del viejo Bianchi

Barros Schelotto supo cómo frenar la intensidad de un River herido y como modelo planteó la pausa antes que el vértigo al estilo del Virrey.

Sin Juan Román Riquelme ni Fernando Gago, quien manejó los tiempos de Boca fue su propio entrenador. Ya no es visible su presencia dentro del campo de juego, cuando sus intervenciones en las protestas o reclamos ante el juez o los árbitros asistentes provocaban una reacción inmediata del hincha contrario.

Fueron aquellos los momentos en los que el Boca copero sacó a flote una complejísima semifinal en la Copa Libertadores 2004. Ahora, Guillermo Barros Schelotto le agregó a su poder de influencia una impronta de DT que ya pasó su etapa iniciática.

Empieza a verse el molde de una formación con sello personal, al estilo de las que solía conformar su maestro Carlos Bianchi. Es éste un equipo que cambió el vértigo de Ricardo Centurión por la pausa de Edwin Cardona. Hoy, inclusive, el colombiano es el Román que el mellizo supo tener como compañero aunque nunca como amigo.

Y por éso, la lectura previa al superclásico fue la de un discípulo del Virrey en estado puro.

¿Cuánto jugó el efecto Lanús en River? Mucho, más que nada por la necesidad de recuperar el vínculo afectivo con el público y encima en casa.

De ahí que el puntero de la Superliga se plantó firme con un ritmo más cercano al de la lentitud que a la intensidad.

Un planteo táctico a la espera de saber cómo provocar la necesidad del adversario. Circulación de pelota en sentido lateral y triangulaciones en corto para salir desde el fondo y así evitar la presión alta del local. Mucha confianza para trabajar sobre sendos laterales de la cancha y búsqueda de los volantes interiores antes que del pelotazo a los puntas.

Aquí es donde la mano del DT se observa claramente: excepto los dos marcadores centrales - Goltz y Magallán - el resto tiene la libertad de acompañar la acción colectiva y hasta puede intercambiar espacios para sumar en la proyección ofensiva.

De un 4-3-3 se podía pasar a un 4-1-4-1 con naturalidad, más allá de que la expulsión de Cardona produjio un reacomodamiento para fortalecer la zona del enganche.

En silencio, Barros Schelotto está bianchizándose respecto de cómo dotar a sus dirigidos de una mentalidad fuerte. Los números lo avalan: un título y ocho triunfos en fila.

Y si encima se suma de a tres por segunda vez consecutiva en el Monumental, el romance con el hincha se va consolidando hasta vaya a saberse qué punto.

La próxima Copa Libertadores será la medida y Boca - así -  parece estar preparado para volver a encontrarse con una vieja amiga.

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