Aunque parezca lo contrario, es más el vigor que la debilidad la cuestión central en el presente del fenómeno republicano de la Primavera Árabe.
Aunque parezca lo contrario, es más el vigor que la debilidad la cuestión central en el presente del fenómeno republicano de la Primavera Árabe.
Si se advierte que ese proceso ha sido efectivamente una revolución en tanto que generó un cambio objetivo en la historia, el tamaño y extensión de la actual contrarrevolución es la que confirma la magnitud del desafío que enfrentan sus enemigos.
La idea de que este fenómeno iniciado hace más de dos años ha acabado en un fracaso, convincente para muchos a partir de la actual trágica deriva golpista en Egipto, la masacre rutinaria en Siria o los descalabros por las luchas internas de poder en Libia entre otros escenarios, es una simplificación torpe y no necesariamente ingenua.
Apela en principio a la noción discriminatoria de que los árabes por su propia culpa estarían condenados a no poder construir una alternativa a la tiranía. Pero lo más importante es que recorta la visión, que no debería ignorarse, sobre lo que se está disputando realmente en este conflicto y que va mucho más allá del declamado aspecto religioso.
Es verdad que en Egipto después del descalabro de todas las simulaciones, entre ellas la de la construcción de una democracia tutelada desde los cuarteles, se regresó al esquema anterior del poder militar implacable, represor y dueño del presupuesto nacional, que rigió en ese país las últimas seis décadas. Es eso lo que el mundo está viendo en estos días, con el horror de sus consecuencias de montañas de muertos destinadas a desactivar de una vez la movilización callejera.
El golpe que derrumbó al islámico Muhammad Mursi, el primer presidente democrático en la historia egipcia, implica en ese camino un retroceso cuya profundidad puede notarse en el valor simbólico de la liberación esta semana del ex dictador Hosni Mubarak. El cartón se completa con la reaparición alrededor de la actual junta de comandantes de un universo de ex figuras de la pasada tiranía, que vuelven a su realidad como si nada hubiera sucedido.
La presencia en su residencia del déspota caído en 2011 por las marchas populares, tiene todos los tonos de una rehabilitación. Es una provocación que buscaría amontonar en la misma vereda de la cólera a los islámicos de los Hermanos Musulmanes que demandan el regreso al poder de su líder y mandatario y a los laicos que hicieron la batalla desde la calles, dos años antes, para acabar con la dictadura.
Es interesante que parte de la dirigencia del movimiento Tamarod (rebelión), que se instaló como la cabeza de la protesta multitudinaria que terminó con la presidencia de Mursi y que niega que eso haya sido un golpe, avisó que no protestarán contra la liberación de Mubarak.
Esa organización supuestamente juvenil y pro-militar, está intentando resumir el complejo litigio egipcio en un enfrentamiento entre seculares e islamistas, al estilo de lo que sucedió en Argelia dos décadas atrás. Pero, en verdad, se trata de una pelea mucho más pedestre entre una gran parte de la población, religiosa o no, postergada socialmente, que demanda una mejora radical en su calidad de vida y el poder que se lo niega.
Ese vacío es el que arrastró al abismo al mandato del líder de la cofradía musulmana, que no hizo nada durante su breve gestión para aliviar esa deuda social y sacrificó apoyos cruciales. Esa es la contradicción esencial que, si no se cierra, reaparecerá inevitablemente.
Las masacres persistentes en la vecina Siria, que pese a su fiereza no logran acabar con la guerra civil y aplacar la crisis que se inició hace dos años también por cuestiones sociales, son un buen ejemplo de hasta qué punto la sangre muchas veces no funciona como dique.
Túnez, donde comenzó este proceso de rebeliones, puede ser una ventana interesante para observar en qué consiste verdaderamente este conflicto. Allí gobierna el partido Ennahda, una formación islámica moderada cuyo máximo dirigente, el filósofo Rached Ghannouchi, puede descubrirse en el espejo de Mursi.
Aunque la dictadura de ese país cayó en enero de 2011, los tunecinos vienen sosteniendo una serie de durísimas batallas sindicales desde 2008 que se multiplicaron a partir de la recuperación de la democracia.
Eso es porque la gente que logró la caída de la tiranía demandó, como parte del cambio, una mejora sustancial en las formas en que se distribuye el ingreso. Pero, al igual que en Egipto, eso no ha sucedido. De ahí que en Túnez se han multiplicado los paros y protestas. Las huelgas aumentaron 37% en el primer semestre de este año en relación a 2012.
A esas protestas se las intentó fulminar con represión e intimidación, y el asesinato de dos líderes populares, crímenes denunciados también por el gobierno. La gente que se moviliza en las calles de Túnez y pide la cabeza del ejecutivo no difiere de la que puso contra la pared a Mursi en Egipto y tampoco son distintas sus demandas que pasan de largo a la cuestión de fe para centrarse en la mejora de la calidad de vida.
La religión suele sí llegar desde la superestructura porque cuando se la une con la política se convierte en una herramienta de control social. El partido ultraislámico egipcio Al-Nour, rival de los Hermanos y que apoyó el golpe contra Mursi, tiene un amplio poder en el norte más miserable del país, donde aplica un estricto cerrojo religioso que sofoca cualquier desafío.
No es casual que el tunecino Ghannouchi afirme que “la democracia es el mejor sistema ... en ausencia del sistema islámico”.
Tampoco lo es que en las estructuras religiosas más cerriles no existan sindicatos, ni partidos, ni organizaciones sociales. Así se cumple la prerrogativa de mantener el control de la caja, y evitar la interpelación de la ciudadanía al poder, sustancial en las democracias.
Es lo que intentó hacer Mursi en Egipto revoleando el Islam como forma de frenar la furia de una sociedad maltratada, y que ahora intentan hacer los militares por medio de los fusiles, con un resultado que difícilmente sea el que pretenden.