Próximo a cumplir tres años de su mandato constitucional de cuatro, el presidente Javier Milei no deja de sorprender por su conducta disruptiva, abundante en descalificaciones e insultos, especialmente cuando sale al cruce de críticas a su política o al permitirse disentir en materia ideológica con opositores locales o extranjeros.
Quienes avalan ese estilo sostienen que constituye una forma auténtica frente al relato tradicional de la política en el país, plena en propuestas mayormente inviables, conducentes al hartazgo popular por la desgastada dirigencia. Valoran en Milei, en cambio, un estilo directo, sin intermediarios, para comunicar decisiones y perspectivas de la gestión.
Aun reconociendo que un modo frontal y más accesible puede servir para transparentar una gestión de gobierno y acercar a la población ideas y mecanismos, lo que no se puede dejar de lado es la actitud irrespetuosa e invasiva que Javier Milei mantiene amparándose, claro, en la divergencia ideológica que tanto ejerce como estrategia política.
En tal sentido, lamentablemente la reciente visita a España alcanzó el grado de papelón. Sus agravios hacia el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fueron un claro insulto a la institucionalidad. Serán los españoles, con el voto, quienes dirán muy pronto si optan por un cambio de orientación ideológica en su país. No hay dudas de que Sánchez transita por un sendero de fuertes cuestionamientos que hacen prever un cambio de rumbo, pero hubiese correspondido que Milei sólo se expresara a favor de sus amigos y candidatos.
Esa intolerancia lo llevó a la torpeza de pretender tener una audiencia con el Rey, Felipe VI, sin que nadie le advirtiera que el protocolo de la Corona establece que un jefe de Estado puede verse con el monarca luego de haber sido recibido por el Jefe del Gobierno, en este caso Sánchez. Obviamente, ese paso Milei nunca lo hubiese dado.
Y como broche de oro para su repertorio agresivo destrató a una periodista española que le consultó sobre los efectos de su visita entre los sectores de derecha a los que adhiere en plena campaña electoral. Lamentable, porque no es habitual que la dirigencia política de España protagonice ese tipo de incidente con representantes de los medios.
Se puede llegar a coincidir, por lo tanto, con quienes señalan que el trato descalificador, los insultos y el tono burlesco marcan una visión intolerante, en la que el conflicto constante es como un elemento necesario para dejar en claro propósitos y objetivos.
No debería ser esa la actitud permanente, porque la poca vocación de diálogo y aceptación del disenso suelen conducir a visiones erróneas de la realidad de una sociedad. Y, peor aún, al descrédito total en los mecanismos de la convivencia republicana, que debe contener al sano disenso como elemento sustancial.