31 de enero de 2014 - 01:00

El diagnóstico de Freud sobre las pesadillas de Hitler

Hablaremos hoy de los sueños perturbadores de un niño que, al crecer, encarnó la mayor pesadilla del siglo XX. Un pequeño nacido a las seis y media de la tarde del 20 de abril de 1889, en Austria, cerca de la frontera con Alemania y al que dieron por nombre Adolf Hitler.

Fruto del tercer matrimonio de un funcionario de aduanas,  Alois Hitler, sólo él y su hermana Paula llegaron a la adultez, sobre un total de seis hermanos.  Sus padres eran parientes, por lo que debieron obtener el permiso del Papa para contraer matrimonio. La madre, Klara Pölzl, fue sirvienta desde los 16 años en la casa de su primo Alois y, tras dos matrimonios, éste la desposó.

Adolf se caracterizó siempre por ser muy amable con las damas y mimado por ellas hasta el último momento de su vida. La primera de estas mujeres, su madre, lo adoraba y malcrió en extremo. Por otra parte, su padre lo golpeaba brutalmente y maltrataba a diario. En cuanto a Paula, la joven poseía problemas psicológicos y Hitler se encargó de ocultarla siempre, llegando incluso a obligarla a cambiar de apellido.

El niño Adolf sufría terribles pesadillas cada noche, con imágenes que seguían afectándolo durante el día. Monstruos, caídas en abismos, persecuciones, etc. que lo llevaban a desear su propia muerte, tan sólo con seis años. A esto se sumaban conductas impropias para su edad y una rebeldía en incremento, alimentada por la conducta hostil de su progenitor. El médico de la familia era el doctor de origen judío Ernest Bloch quien, preocupado por su joven paciente, decidió consultar a un especialista, nada más y nada menos que a Sigmund Freud.

Entonces, según un estudio realizado hace algunos años del que fue parte John Forrester, uno de los más prestigiosos estudiosos de Freud y su obra, el padre del psicoanálisis recomendó en 1895 que el pequeño Adolf fuera internado en un instituto de salud mental para niños, existente en Viena.

Conocemos estos datos gracias a que el doctor Bloch dejó constancia en varios escritos sobre la consulta realizada a Freud. Pero Alois Hitler se negó a internar a su hijo y, lejos de cambiar su conducta, siguió humillándolo en público y maltratándolo, alimentando al monstruo.

La psicóloga polaca Alice Miller está convencida, probablemente como muchos, de que el futuro aberrante de miles de personas se selló durante los años de infancia de Hitler. El trato que recibió de su padre habría contribuido a desarrollar un ser "…incapaz de experimentar empatía, sediento de odio…", señala Miller.

Por su parte, el historiador español David Solar considera que el dictador tuvo una doble personalidad y que ésta se manifestó a lo largo de toda su vida: "… pocos personajes en la historia han sido más implacables y feroces que Hitler y muy pocos los que, a la vez, poseyeran esa capacidad de disimulo, una segunda personalidad, que le hacía parecer como un pequeño burgués sonriente e inofensivo en sus relaciones sociales, en el trato con sus secretarias o en las audiencias a grupos de niños que, de vez en cuando, lo visitaban en la Cancillería (…) Cuando ya todo se derrumbaba a su alrededor, cuando los soviéticos se hallaban a las puertas de Berlín y los angloamericanos en el Elba, esa doble personalidad seguía manifestándose en toda su dramática dimensión…".

Para terminar los dejamos con un dato interesante: Adolf Hitler nunca olvidó al médico de su familia. Así, cuando en 1938 Alemania invadió Austria, dio órdenes precisas de preservar la vida de Ernest Bloch, otorgándole un salvoconducto para huir a Suiza, gracias al cual consiguió emigrar a Estados Unidos. El doctor Bloch falleció en 1945 en Nueva York, lejos de los campos de concentración y de las pesadillas que finalmente su pequeño paciente hizo realidad.

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