9 de febrero de 2015 - 00:00

Después de China, la nada

Han quedado atrás, y medio olvidadas, las promesas que en 2004 hiciera el entonces presidente Néstor Kirchner anunciando inversiones chinas por 20.000 millones de dólares, pero resurgen cada vez que se informan acuerdos con el gigante asiático, ya que nun

Por Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes

De todo lo prometido, hasta ahora, se pueden contabilizar vagones ferroviarios, que se podrían haber fabricado en talleres argentinos, y los anticipos de reservas en base a un contrato de “swap” que permitieron al Gobierno hacerse de 2.700 millones de dólares para reforzar las reservas del Banco Central. Obvio, es toda plata que se deberá devolver hasta el último centavo.

Esta semana, la presidenta Cristina Fernández volvió a pasearse por Pekín y acordar ciertas pautas de un acuerdo general que se firmó en 2013 pero que, pese a tener aprobación en el Senado, aún no se consigue que lo aprueben en Diputados, donde el gobierno sigue teniendo amplia mayoría.

Este acuerdo contemplaría (lo dejamos en potencial hasta que se conozca oficialmente) más plata para el Banco Central, el comienzo del financiamiento de las represas de Santa Cruz (en realidad recibieron un anticipo de 237 millones de dólares sobre un presupuesto de 12.000 millones), y otras promesas, como financiar Atucha 3.

Quizás el dato más preocupante fue el de la cesión de un predio de 300 hectáreas para construcción de una estación espacial con antena incluida.

Esta estación está en la provincia de Neuquén y figuraba en el acuerdo de 2013 que no está ratificado. No obstante lo cual, ya comenzó su construcción.

Según ha trascendido, el acuerdo contemplaría concesiones de las que no puede gozar ningún argentino, como la de estar exento de todos los impuestos y gravámenes.

Además, la estación será operada por empresarios chinos con personal de esa nacionalidad y en el lugar no podrán tener injerencia las autoridades argentinas. Sólo la Gendarmería debería custodiar externamente el predio.

El acuerdo de libre comercio con China está lleno de asimetrías porque, en principio, ambas economías son esencialmente asimétricas. China basó su crecimiento en el ingreso de capitales: primero japoneses, pero luego, de EEUU, Alemania, Francia y otros países desarrollados.

La tentación era disponer de mano de obra barata y pocas restricciones ambientales. Además, durante más de 15 años mantuvo su moneda devaluada para facilitar negocios a esas empresas que traían tecnología para trabajar con mano de obra muy barata.

Con el tiempo, han alcanzado niveles de desarrollo aceptables en ciertas zonas del país y se podría pensar que los beneficios del sistema han alcanzado en plenitud a 200 millones de habitantes y, con ciertas pautas, a otros 300 millones. Todavía quedan 1.000 millones de habitantes más para completar los beneficios.

China está llena de plata y genera negocios en el exterior con ciertas pautas. En general, en las inversiones donde están incluidos bienes de capital exige que los mismos sean construidos en China, y la empresa cobra en ese país.

También la mano de obra que mandan cobra sus sueldos en su país, o sea, casi no hay movimientos de capital ni derrame sobre las zonas de construcción, como ocurrirá en Santa Cruz. La trascendencia que el gobierno da a este acuerdo se debe a que China es el único que está dispuesto a arriesgar plata a cambio de grandes beneficios.

Todos quieren ver ahora si se podrá vender productos que no sean primarios y lo más posible es que para hacerlo los fabricantes deban asociarse con empresarios chinos y acatar sus directivas. El problema es que es esto o la nada, porque Argentina ya no figura ni en las listas negras. Las actitudes poco elegantes de la Presidente demuestran una parte de las causas.

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