Y un día, el reloj que jamás queríamos mirar marcó la hora. Nadie quería escuchar esas palabras; nadie quería leer esa sentencia de Lionel Messi. Se termina una era, el ciclo más sagrado, transformador y hermoso en la historia de la Selección Argentina. Nuestro segundo D10S anunció su retiro de la albiceleste. El pecho se oprime, pero el corazón explota de pura gratitud: fuimos contemporáneos del milagro. Lo vimos, lo disfrutamos y lo lloramos de alegría. Con la pelota cosida a su botín izquierdo, la Argentina habitó los días más felices de los últimos veintiún años. El fútbol rompió cualquier lógica y este país, siempre aferrado a la épica para curarse el alma, encontró en él su refugio supremo.
Lionel Messi. Postales de una victoria inolvidable de la Selección Argentina sobre Inglaterra.
EFE
Lionel compartió podio con la generación dorada de Manu Ginóbili y el oro en Atenas, con la Davis inolvidable de Del Potro, con la mística de Las Leonas, el brillo de los Leones en Río, y la garra de la Peque Pareto, el Maligno Torres o la ilusión de Franco Colapinto en la Fórmula 1. Sin embargo, no existen adjetivos suficientes para dimensionar lo que este pibe de Rosario provocó en el espíritu colectivo. Leo rompió con el estereotipo histórico del ídolo argentino: lejos del barro, los escándalos y las luces encandiladoras; humilde, solidario, un tipo noble. No necesitó alzar la voz para ser líder. Con trabajo en silencio, paciencia infinita y una resiliencia inquebrantable, nos enseñó que no hay imposible.
Lionel Messi: sólo quería vernos sonreír
Los de la generación maradoniana caímos en la injusticia de señalarlo tras el Mundial 2010 y la Copa América 2011. Le exigíamos el reflejo inmediato del Barcelona sin concederle un solo margen de error. Y el destino, encaprichado en poner a prueba su fe, nos sangró el alma con tres finales perdidas en tres años. Sin embargo, fiel a su estirpe, continuó por el camino del entrenamiento, la entrega y la fe ciega. ¿Qué más buscaba? Ya tenía el mundo a sus pies y vitrinas repletas de Balones de Oro, pero él solo quería vernos sonreír.
Lionel Messi, tras la derrota ante España en la final del Mundial 2026
Captura TV
Y la gloria, al fin, fue justa. La Copa América 2021 rompió el hechizo, el Mundial 2022 nos llevó al cielo, la Finalíssima coronó la fiesta y el bicampeonato de América selló una época irrepetible. El capítulo final no podía ser distinto: un torneo de otra galaxia, con el alma puesta en cada jugada, dejando en el camino a Inglaterra y despidiéndose de pie, subcampeón pero gigante, con medalla de plata y corazón de oro. Nos demostró, en el acto final, que es humano. Y que los más grandes no se miden por la corona, sino por la dignidad del viaje.
Gracias por la emoción. Gracias por la lección. Gracias por ser, antes que todo, profundamente argentino.