21 de marzo de 2015 - 00:00

De refranes, meses y meteorología

Quienes han compartido mis últimos días de docencia en las aulas universitarias, saben de mis inquietudes paremiológicas, esto es, del ansia de estudiar locuciones, refranes y paremias propios de nuestra provincia y, la mayor parte de las veces, de toda la Argentina.

Como conclusión de ese estudio, riguroso y lento, por cierto siempre abierto a nuevos aportes, publiqué en forma conjunta con todo un equipo de trabajo la obra “Con sabor a Mendoza”, presentada en dos tomos, en diferentes ediciones de nuestra Feria del Libro.

Al volver una y otra vez a ese trabajo, me gusta agrupar el material encontrado, según la afinidad de su contenido; así, a veces, hemos hablado en esta columna de los refranes que aluden al mundo animal; otras, los hemos agrupado por la alusión a las comidas; hoy lo haré por la referencia que a la meteorología se hace en estas formas del saber ancestral: el viento, la lluvia, los truenos, las nubes, las tormentas, el sol, las estaciones son fuente permanente de acuñamiento de refranes que perviven en el habla popular. Veamos algunas muestras, su significado y su aplicación a situaciones de la vida cotidiana:

“Si pasás agosto, vivís otro año”: En Mendoza, agosto es el mes en que más se sienten los efectos del zonda, viento cálido y seco, que muchos problemas, incluso la muerte, provoca a cardíacos y a asmáticos. De eso da cuenta este refrán, conocido sobre todo por las personas de mayor edad: significa que quien es capaz de soportar las inclemencias de este mes puede tranquilamente vivir otro año.

En otros lugares del mundo, también este mes ha sido crucial para la salud, para los cultivos y para la vida en general; así, hallamos manifestaciones como “En agosto, frío el rostro”; “No estés al sol sin sombrero, ni en agosto ni en enero”; “Bueno es agosto para azafrán, miel y mosto”; “Quien en agosto ara, riqueza prepara”; “Lluvias en agosto: miel y mosto”; “En agosto está el secreto de los doce meses completos”.

“Año de nieves, año de bienes”: Este refrán, de origen español, tiene una estructura bipartita, en la cual se contraponen los elementos más importantes, “nieves” y “bienes”.

El primer sustantivo indica la riqueza hídrica para todo el año; el segundo, la fecundidad de la tierra y la prosperidad de la vida si hay agua suficiente.

Además de la contraposición de esos dos elementos, el oído del pueblo ha jugado con la rima asonante y con la permuta de los fonemas iniciales de cada sílaba: una vez /n/, otra vez /b/.

“Cayó piedra sin llover”: Esta expresión es usada para indicar la llegada de alguien que no ha sido invitado a participar de una reunión o que no es bienvenido.

¿Por qué la analogía? La caída de piedra como fenómeno meteorológico, cuando no va acompañada de lluvia, suele ser muy dañina y es muy temida por los campesinos. El diccionario de la Real Academia registra la variante “a secas y sin llover”, con el valor de “sin preparación ni aviso”.

“Siempre que llovió, paró”: La similitud de un mal o de un período negativo está dada con el fenómeno meteorológico de la lluvia; la experiencia popular indica que siempre, por prolongado que sea el fenómeno pluvial, hay un término para él. Análogamente, cualquier época poco propicia tiene un término, por lo cual no se debe perder la esperanza.

Afín a este refrán es el que dice “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”; según el “Refranero multilingüe” del Centro Virtual Cervantes, el usuario puede hacer cambios para lograr efectos cómicos, como en “No hay mal que cien años dure ni cuernos que lo aguanten”.

“Venirse el cielo abajo”: En general, se alude a la inminencia de una fuerte tempestad. No solamente se usa en Mendoza: la heredamos de España y su raigambre se encuentra en la expresión latina “imbre caelum ruere”, cuya traducción es, precisamente, “precipitarse el cielo por el aguacero”.

En sentido metafórico, puede aludirse a un gran alboroto o ruido extraordinario, como su precedente latino “fractus orbis illabi” (“deslizarse, roto, el mundo”).

“Sobre llovido, mojado”: Con esta expresión se alude a la sobreabundancia de problemas. Se usa en Mendoza con elisión de la “d” en “mojado”:

“Sobre llovido, mojao”. Los diccionarios académicos lo registran con variantes: el de americanismos como “llover tieso y parejo”, para señalar una racha de mala suerte; el “Integral del español de la Argentina” como “llover sobre mojado”, para indicar que una desgracia sucede inmediatamente después de otra; el de la Real Academia consigna la misma expresión con el valor de “venir trabajos sobre trabajos. Sobrevenir cuidados o preocupaciones que agravan una situación ya molesta”.

“Ofende el sol”: La locución alude a un sol extremadamente inclemente y a un tiempo de calor excesivo. Es una expresión hiperbólica que se origina entre las acciones de causar ofensas y el rigor con que el sol sobrecalienta, es quemante, rajante. En los dos casos, las personas resultan perjudicadas. Las variantes que se oyen, sobre todo en zonas rurales, son “hiere el sol” y “pega el sol”.

“Que te garúe finito": Esta locución, registrada en los diccionarios de lunfardo, significa que el enunciador ha dado por finalizada una conversación o un encuentro con una persona. Si bien no le desea el mal, hay un tono despectivo subyacente en la expresión de que lo acompañe la garúa, llovizna fina, pero persistente y molesta.

“A las palabras se las lleva el viento”: Se alude al carácter efímero de la palabra oral, que es liviana y capaz de desaparecer pronto, como algo leve llevado rápidamente por el viento.

Se origina en la vieja expresión latina “Verba volant, scripta manent” (“Las palabras vuelan, los escritos permanecen”), en donde se contrapone la fugacidad e inseguridad de lo que solamente se pronuncia frente a la pervivencia de los escritos. Se registra alguna variante para este refrán, como “A las palabras se las lleva el viento y a las personas, el tiempo”.

“Que te parta un rayo”: Todos conocemos el poder destructor de un rayo; por lo tanto, desearle a alguien que un rayo lo parta o destruya es echarle una maldición.

Hagamos una asociación entre la palabra “rayo’ y su equivalente en latín “fulmen”; de este último vocablo derivan “fulminar” y “fulminante”: el significado que da el diccionario académico para estos términos se vincula con “lanzar rayos eléctricos”; pero, además, el diccionario da una serie de sentidos asociados con la desaparición abrupta e instantánea: dicho de la luz excesiva, significa “herir o dañar a alguien o algo”; en relación con una enfermedad, significa “causar muerte repentina”: “Tuvo un cáncer fulminante”.

Si lo referimos a una persona, aludiremos a que desahoga su ira hiriendo a otro con palabras duras: “Me dolió su respuesta pues me ofendieron sus palabras fulminantes”.

También, se puede “fulminar” con la mirada, ya de ira, ya de amor: “Su mirada fulminante la intimidó”. En un proceso de acusación, “fulminar” equivale a “condenar”: “Con tales pruebas, la defensa fulminó al acusado”.

“Echar (alguien) rayos”: con esta locución se quiere indicar que una persona manifiesta gran ira o enojo, a través de sus acciones o palabras. Podría, quizá, enumerar otras paremias y locuciones relacionadas con la meteorología; en lugar de hacerlo, cierro con dos pensamientos condensados en paremias, no mendocinas sino de carácter universal, por la reflexión que encierran; invito al lector a desentrañar su mensaje: “La fortuna es un montoncillo de arena: un viento la trae y otro se la lleva” y “Cuando hay una tormenta, los pajaritos se esconden, pero las águilas vuelan más alto”.

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