Cuando éramos niños, nos gustaba entretenernos con juegos lingüísticos en los cuales los participantes hablábamos una especie de jerga entendida únicamente por los que compartíamos el juego. Dos entretenimientos de esa índole podían ser hablar en “jeringoso” y usar las palabras con las sílabas en orden invertido. Sin saberlo, estábamos ejercitando formas de la “criptolalia”, concepto que se define como aquella “alteración de la lengua hablada para que los mensajes emitidos de este modo no puedan ser entendidos más que por los que poseen el código”.
Para los jóvenes, el vocablo “jeringoso” carece de significado conocido, tanto como el juego al que alude. Una rápida búsqueda en el diccionario de la Academia nos arroja un resultado negativo; pero otra de las obras académicas, el Diccionario de americanismos (2010), nos brinda la definición exacta que nos evoca perfectamente la naturaleza de aquel juego: “Manera lúdica de hablar en la que se intercala entre cada una de las sílabas de una palabra, otra formada por la consonante ‘p’ más la vocal de la sílaba anterior”. Incluye, además, la locución adverbial “en jeringoso” que explica la definición anterior en relación con la manera de hablar. También, para los que validan todos los contenidos con la consulta a Wikipedia, es dable advertir la inclusión del vocablo en su Wikcionario con la siguiente explicación: “La jerigonza, jerigonzo, jerigoncio, jeringoso o jeringozo son variantes lúdicas del habla, en las que se intercalan sílabas entre medio de una palabra, en forma reiterada. Originalmente, se denominaba ‘jerigonza’ a cualquier lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender, pero con el tiempo su significado varió a la modalidad específica de intercalación.
Además del entretenimiento, también puede usarse como un modo de codificar el mensaje, de forma que otras personas cercanas a los hablantes, no acostumbradas a esta forma de hablar, no consigan entender lo que los hablantes dicen. Estas variantes se dan como juego o entretenimiento en países de habla castellana, como España e Hispanoamérica”.
Lo más interesante es que, también, el lingüista Oscar Conde, doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires, docente de lenguas clásicas y especialista en lunfardo, incluye este tema en su obra Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos. En el capítulo 11 de esta obra, nos dice: “Esta clase de juegos idiomáticos, habitualmente atribuidos a los niños, es usual en muchísimos idiomas”. Para ilustrar esta afirmación, nombra el “largonji”, “el louchebén” y el “javanais”, en francés; el “farfallino”, en italiano; el “korakístika”, en griego, y el “Pig Latin”, en inglés, con sus correspondientes diferencias y ejemplos. Luego, nos explica: “En español, el procedimiento de la jerigonza –denominada en la Argentina ‘jeringoso’, en Venezuela ‘hablar con pe’, en México ‘hablar en efe’– se rige por una clave sencilla: el agregado, detrás de cada sílaba, de otra formada por una consonante (siempre la misma) y la vocal precedente. La forma más extendida en Hispanoamérica es la que utiliza una p (‘nopo quieperopo’ por ‘no quiero’), aunque también existen variantes con f (‘mifi afamifigafa’ por ‘mi amiga’), como la mexicana, y hasta con s (‘tosomesemoso unsu casafese’ por ‘tomemos un café’). En esta categoría, se incluye el ‘gasó’, más conocido como ‘rosarigasino’, inventado en los años veinte por un conocido trío de cómicos rosarinos y, según tradición oral en Rosario, usada en la Unidad Penitenciaria 6”. El mecanismo del ”'gasó” consistía en el agregado de la sílaba “–gas–” después de la vocal tónica de la palabra que se pretende transformar, y la repetición, después de ella, de la misma vocal, para luego completar con el resto del término. Así, “película” era “peligasícula” y “bailarín” era “bailarigasín”.
¡Qué divertido era jugar a invertir el orden de las sílabas de una palabra! Ese juego infantil es un fenómeno habitual en el lunfardo, fenómeno que se conoce como “vesre”, de modo que queda evidenciado, en el propio vocablo, lo que él define: “Metátesis silábica, consistente, por lo general, en la inversión del orden de las sílabas de una palabra”. Esto nos lo dice el ya citado Conde, en su Diccionario etimológico del lunfardo. Después de esta definición, incluye la expresión “hablar al vesre” como equivalente a servirse permanentemente de la inversión silábica de los términos que se usan.
Entendemos que “vesre” es nada más que el vocablo “revés”, pero con el orden silábico invertido.
El significado de la mayor parte de las voces vésricas resulta obvio: “trompa” por “patrón”; “dorima” por “marido”; “gotán” por “tango”; “feca” por “café”. Nos dice Conde que el hablante solamente usará el vesre en el marco de un repertorio muy acotado, pues hay formas que resultarían impronunciables, como “guaa” por “agua” o “lojre” por “reloj”; por otro lado, cuando se invierten las sílabas de una palabra, el vocablo resultante no es un exacto sinónimo del término original, ya que se opera una restricción en su significado. Un ejemplo de esta última afirmación es “cheno”, vesre de “noche”; nos dice el mencionado estudioso del lunfardo que, cuando un porteño habla de la “cheno” no se refiere casi nunca a la hora del día, sino al ambiente nocturno. Otro ejemplo que brinda el autor son “jabru”; vesre de “bruja”, no significa “hechicera”, sino “esposa”.