"En la montaña éramos hombres viviendo como animales. Acá en la sociedad somos animales tratando de parecernos a los hombres". Una oración le basta a Daniel Fernández Strauch para sintetizar la idea central de su obra.
Regreso a la montaña. Una guía de supervivencia espiritual desnuda la crisis de valores de la civilización actual, en contraste con los rasgos de la comunidad nacida en la nieve inhóspita, allá por 1972, luego de que el Fairchild F-227 que trasladaba 45 pasajeros desde Uruguay a Chile, con previa escala en Mendoza, se estrellara en plena cordillera de los Andes.
Los tripulantes, en su mayoría jugadores de rugby que promediaban los 22 años de edad, fueron recibidos por la montaña con temperaturas de treinta grados bajo cero. Doce personas murieron en la caída; las restantes quedaron a la espera del rescate. La falta de abrigo, los aludes, el hambre y la sed fueron escollos que dificultaron hasta el extremo la supervivencia de los jóvenes uruguayos a más de cuatro mil metros de altura.
Nueve días después del choque, el servicio aéreo suspendió la búsqueda del avión a causa de los malos resultados obtenidos. Las víctimas, enteradas de la noticia y sin más armas que el deseo irrenunciable de vivir, comenzaron a planificar su propia salvación. "El mayor obstáculo éramos nosotros mismos. Si no hubiésemos creído que lograríamos salir, seguramente, ahora seguiríamos ahí", reflexiona Daniel.
La desesperación llevó a los sobrevivientes a tomar como alimento los cadáveres de sus compañeros para obtener fuerzas. Los jóvenes Nando Parrado y Roberto Canessa ejecutaron la expedición final; cruzaron la cordillera a pie y terminaron con 72 días de sufrimiento. La construcción de confianza, el respeto, la organización colectiva y el trabajo en equipo edificaron las bases de una travesía extraordinaria.
Una perspectiva diferente
Más de 40 años después la tragedia sigue tan viva como en aquel entonces. Libros, películas, documentales, entrevistas y conferencias han honrado su memoria.
Sin embargo, Daniel Fernández Strauch redescubre la experiencia en un nuevo significado. Su trabajo despliega un conjunto de críticas lúcidas y profundas de los problemas estructurales de nuestra era: la esclavitud del hombre ante la maquinaria económica, el consumismo exacerbado, el lado oscuro del culto al liderazgo, el desierto espiritual y las máscaras sociales, sólo por mencionar algunas.
El testimonio de Strauch no ahonda en detalles del sufrimiento vivido en la montaña; confronta las diferencias entre dos realidades, la de "allá arriba" con la de "acá abajo".
"Temo que estemos haciendo de nuestro mundo un lugar tan inhabitable como el que teníamos en la cordillera de los Andes", advierte el autor.
Fernández Strauch habla con la autoridad de quien encuentra plenitud en las circunstancias más desfavorables que puedan imaginarse. Las altas cumbres vieron surgir la denominada 'sociedad de la nieve', ejemplar por donde se la mire, pequeña en número pero indestructible ante todo tipo de adversidades. En ella todavía vive un mensaje que trasciende generaciones y que despierta una gran cantidad de admiradores en todo el mundo.
El escritor uruguayo brindó más detalles de su libro, "Regreso a la montaña. Una guía de supervivencia espiritual", en diálogo con Cultura.
- ¿Buscaste desarrollar una mirada distinta a todo lo que ya se habló sobre el accidente?
- Los hechos estaban muy bien relatados en "Viven". En el libro "La Sociedad de la Nieve" había una parte más nuestra, el testimonio de los dieciséis sobrevivientes.
Pero siempre en base a la historia, los hechos, lo que sentimos y vivimos. Si escribo un libro, no quiero que sea igual a eso, pensé. Pretendía cambiar el enfoque y ver que me dejó a mí la montaña; comparar nuestra vida de allá arriba con la de acá abajo. En cuarenta años el mundo cambió y estoy convencido de que lo hizo para mal. Quise tratar de abrirle los ojos a la gente, mostrar hacia dónde vamos. Esa era básicamente la idea.
- ¿En qué momento preciso tomaste la decisión de escribirlo?
- Cuando se cumplieron treinta años del accidente volví a Chile por primera vez. Llegué al aeropuerto de Santiago y allí vi a toda la prensa internacional, las cadenas de televisión más grandes del mundo. Me pregunté: ¿A la gente le sigue interesando la historia? Justo habíamos lanzado la página "Viven". Empecé a dar conferencias y luego nació la Fundación. Me di cuenta de que ayudaba a muchas personas.
En Mendoza tuve un correo muy lindo de alguien que estaba al borde del suicidio. Me fue a escuchar a una conferencia y se dio cuenta de que podía salir de su problema. La idea del libro era llevar eso mismo al papel; aprovechar para profundizar cosas que las charlas no me daban el tiempo de hacer.
- En tu libro hablás mucho sobre la crisis existencial que vive la civilización. ¿Cuál sería la alternativa sociopolítica y económica al modelo actual?
- Yo solo no puedo hacer nada. Si nos sentamos dos o tres empezaremos a tratar de lograr algún cambio y a medida que se vaya agregando más gente vamos a poder dar más pasos. Las mayorías tienen que cambiar de mentalidad. Llegó el momento en el que no tenemos que mirar más para el costado. Debemos juntarnos, ser mayoría y ahí sí podremos cambiar al mundo.
Hace cinco o diez años, cuando hablaba con las personas, pensaban que era un lírico o un loco, pero ahora encuentro mucha más gente que está de acuerdo con las ideas que intento transmitir. Las nuevas generaciones, tan criticadas, son las que están cambiando. Se dan cuenta de que pueden tener protagonismo y reconstruir el mundo en el que vivimos. Son las más interesadas en nuestra historia. Es paradójico, porque no habían nacido cuando ocurrió la tragedia.
- ¿Tenés algún recuerdo o imagen que simbolice tu experiencia en la montaña?
- Sí, en el alud, cuando estuve prácticamente muerto. Ese instante en el que estás pasando de un mundo al otro, te marca. Te pasa la película de tu vida, lo lindo que es vivir. "Esa noche, atrapado en el hielo, descubrí que estaba preparado para morir. No hubo llanto alguno ni resistencia frente a lo que parecía inevitable.
Me encontré aprisionado por una espesa capa de nieve que impedía cualquier oxígeno... Esos últimos instantes de vida estaban colmados de una paz probablemente imposible de explicar a aquellos que jamás han logrado librarse del ajetreo de las responsabilidades cotidianas", relata Daniel en las primeras líneas de su libro.
- ¿Considerás que es necesario pasar por una experiencia de duro sufrimiento y dolor para desarrollar una visión más espiritual de la vida?
- Yo creo que pasar por una situación de este tipo te hace abrir los ojos y ver muchas cosas que antes no veías. Transmitirlas es tratar de que la gente no tenga que verse sometida a un sufrimiento así para darse cuenta de esas cosas.
- En el libro hablás de la experiencia del silencio y la importancia de adentrarnos en nosotros mismos para conectarnos con nuestra naturaleza. ¿Qué idea tenés de Dios? ¿Sos creyente?
- Provengo de una familia católica. Lo que sí cambié fue mi idea del "Dios de la estampita" por el Dios que conocimos en la montaña. Con él logré una relación distinta; hablaba todos los días. El director de la Escuela Agrícola Jackson, de los Padres Salesianos, me preguntó: "¿Hace cuánto que no te confesás? "Hace como veinte años", le respondí. "¿Para qué voy a hablar con un intermediario si hablo con el dueño del circo todos los días?". Tengo una fe muy grande. Esa fe me salvó en la montaña, de la enfermedad de mi señora y del accidente de mi hijo.
- ¿Tenés algún recuerdo de Mendoza?
- El año pasado estuve dando algunas charlas. Tengo el mejor recuerdo de Mendoza. Todas las veces que estuve la encontré cada vez más linda. Para mí es una maravilla, sobre todo la gente.